Jesús Castro vivió en 2014 uno de esos comienzos profesionales que parecen sacados de un guion. El actor gaditano pasó de ser prácticamente un desconocido a convertirse en uno de los rostros más reconocibles del cine español gracias a El Niño, la película de Daniel Monzón que se convirtió en uno de los grandes fenómenos cinematográficos de aquel año. Su interpretación le valió, además, una nominación al Goya como Mejor Actor Revelación y le abrió las puertas de nuevos proyectos.
Sin embargo, aquella explosión de popularidad no tuvo una continuidad tan sencilla como podía parecer. Castro encadenó trabajos como La isla mínima o Mar de plástico, pero llegó un momento en el que las oportunidades comenzaron a escasear. Lejos de abandonar la profesión, decidió buscar nuevos caminos al otro lado del Atlántico. México terminó convirtiéndose en una segunda oportunidad profesional y también en el escenario en el que su vida personal dio un vuelco.
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Doce años después de aquella irrupción, Jesús Castro ha echado la vista atrás durante su visita a Y ahora Sonsoles, donde ha explicado cómo vivió aquellos primeros meses de fama. El salto desde el anonimato hasta convertirse en una cara habitual de las revistas y los carteles publicitarios fue difícil de asimilar para alguien que ni siquiera había recibido formación como actor. “El Niño fue un shock, yo no entendía nada, parecía una broma”, ha recordado.
Su llegada a Madrid terminó de hacerle comprender la dimensión que estaba alcanzando su debut. “Llegué a Madrid y literalmente todas las avenidas grandes estaban con mi primer plano del cartel de El Niño”, ha contado entre risas. “Ahí, mi cara... yo no entendía nada”. La película supuso un punto de inflexión y le permitió continuar trabajando durante varios años. Pero la industria audiovisual, reconoce, no ofrece una trayectoria constante.
Cuando el teléfono dejó de sonar
Después de una primera etapa marcada por el éxito, Castro tuvo que enfrentarse a uno de los momentos más habituales y complicados para cualquier intérprete: la falta de oportunidades. “El teléfono tardó mucho en dejar de sonar, estuve viviendo de esto muchos años y no me faltó el trabajo”, ha explicado. Hasta que llegó un parón que le obligó a tomar decisiones. “Hubo un momento en el que hay este parón que todo actor y toda persona en general sufre. No soy de quedarme parado y me fui a México a seguir”.
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La marcha también estuvo relacionada con su situación familiar. En plena crisis económica, sus padres necesitaban apoyo y él decidió ayudarlos. “Vino la época de crisis donde no había mucho trabajo. Mi padre es constructor y mi madre es ama de casa. Necesitaban una ayuda y yo se la brindé”, ha relatado.
Su filosofía ante la incertidumbre profesional se resume en una frase: “Yo no soy de tirar la toalla”. Castro considera que la profesión que eligió exige aceptar los altibajos y continuar trabajando cuando las cosas no salen como uno espera. “El trabajo discontinuo no es para siempre. Lo gestiono con las mismas fuerzas y dando por hecho que estoy en una profesión muy difícil”, ha asegurado. Según sus propias palabras, “solo el 8% vive de ello” y él consiguió mantenerse durante “nueve o diez años”.
Su decisión de trasladarse a Latinoamérica terminó abriendo una etapa completamente diferente. En México, además de continuar desarrollando su carrera, conoció a Camila Canto, modelo mexicana ocho años menor que él. La relación avanzó hasta convertirse en un proyecto de familia y el pasado mes de marzo llegaron sus mellizos, Mateo y Martina. El nacimiento de los pequeños convirtió aquel momento en uno de los más importantes de su vida.
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“No tengo palabras, pero sí mucho amor que darle a mis bebés”, escribió entonces el actor. También dedicó unas palabras a Camila: “Mi compañera de vida y quien me enseña cada día a ser mejor. Tu fortaleza inspira. Te admiro, te amo y os cuidaré hasta el fin de mis días”.
La paternidad que lo desbordó
Durante su entrevista con Sonsoles Ónega, el actor también ha hablado con sinceridad de las dificultades que acompañaron a los primeros meses como padre. La llegada de dos bebés a la vez, las noches sin dormir y la distancia de España terminaron pasándole factura. “Demasiadas olas en muy poco tiempo de playa”, ha resumido. “Fueron demasiadas cosas, tanto de los niños, las complicaciones, como el hecho de ser padres; como digo, ahí nadie viene con un manual de instrucciones”.
Castro reconoce que la situación llegó a sobrepasarle. “A mí me sobrepasó bastante el no dormir, el encargarte de los dos, también tienes que ser buena pareja, buen padre, buena persona... estar en un país lejos de tu casa”. Ambos bebés, al nacer de manera prematura y sufrir algunas complicaciones en el parto, tuvieron que permanecer durante un mes en el hospital. “Fue un mes, pero se me hicieron muchos años de mi vida. Fue duro no tener a nadie de mi familia en ese momento”, ha admitido.
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Aun así, quiso vivir la paternidad de una manera plenamente implicada. “En ese momento agradecí no estar trabajando porque dedicarme a ellos es lo mejor que me ha pasado, y yo quería involucrarme en ser padre de verdad”. No quería limitarse a aparecer en fotografías: “No quería llegar y decir ‘qué bonitos son’ y echarles tres fotos y ya”.
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