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Álvaro Pascual, neurólogo: “Sentirse solo es tan nocivo para la salud, para el bienestar y para la supervivencia como fumar en exceso”

El experto propone tratar los vínculos sociales, el propósito vital y el sueño como verdaderas “medicinas”

El neurólogo Álvaro Pascual habla sobre la soledad no deseada. (Montaje)

Que el ser humano necesite de los demás para sobrevivir no es una novedad, pero la neurociencia confirma una dura realidad: la soledad no deseada no es una simple pena pasajera ni un malestar emocional abstracto. Es una epidemia silenciosa con un impacto biológico devastador. Sentirse aislado cuando se anhela la compañía modifica directamente la arquitectura de nuestras redes neuronales y dispara el deterioro cognitivo a velocidades alarmantes.

El neurólogo Álvaro Pascual-Leone, catedrático en la Facultad de Medicina de Harvard y director médico del Centro Wolk de Salud Cerebral en Boston, lo ilustraba así durante una entrevista en Aprendemos Juntos (BBVA): sostener en el tiempo la vivencia de la soledad no deseada resulta tan perjudicial para la salud y reduce la esperanza de vida en la misma medida que fumar un paquete de cigarrillos al día.

La clave no es estar solo, sino “sentirse solo”

El especialista marca una distinción fundamental que a menudo se pasa por alto: estar solo en una estancia no constituye un problema si la persona no se percibe aislada. La verdadera amenaza surge con la soledad no deseada, esa vivencia subjetiva que puede experimentarse incluso rodeado de gente.

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Pascual-Leone argumenta que la razón biológica de nuestro cerebro es estar conectados, “empatizar, resonar y hacer cuerpo” lo que viven los demás. “Si eso es así, el gran riesgo para la función del cerebro es no sentir esa conexión”, explica el neurólogo. “Eso es lo que se llama soledad”, añade.

Una mujer sentada en soledad revisa la pantalla de su móvil. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando ese aislamiento rompe la misión del cerebro, el impacto biológico es inmediato: “Sentirse solo altera la función del cerebro mismo”, advierte el experto. Esta vivencia bloquea la comunicación entre áreas neuronales y, en consecuencia, “mina la eficacia de los sistemas de plasticidad” e incapacita al organismo para responder al entorno.

El cerebro como “freno”

Pero ¿por qué a veces nos cuesta tanto empatizar o conectar con los demás? Para entenderlo, el neurocientífico desmonta uno de los grandes mitos sobre nuestra mente: la idea de que un cerebro brillante es aquel que “enciende” más zonas al pensar. En realidad, la clave está en cómo nos frenamos.

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“Muchas veces pensamos que el cerebro nos permite hacer cosas porque se activan partes”, subrayó el catedrático, cuando lo cierto es que la inmensa mayoría de la energía se gasta en “inhibir cosas, no en activarlas, sino en controlar lo que se ha inhibido”. De hecho, más del 90% del consumo energético cerebral se destina a este autocontrol invisible: bloquear pensamientos e impulsos no deseados para focalizarse en lo relevante.

Un hombre camina por un sendero. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esta capacidad de “poner el freno” resulta decisiva para procesar el entorno social. Si las redes de inhibición se desequilibran o frenan en exceso, pueden bloquear circuitos esenciales como las neuronas espejo, que son las encargadas de descifrar la intencionalidad ajena, comprender las emociones del otro y permitir una empatía fluida. Sin esa empatía, la desconexión se profundiza.

El estilo de vida como prescripción médica

Esta profunda vulnerabilidad del cerebro ante el aislamiento obliga a transformar radicalmente cómo entendemos la salud mental. En patologías neurodegenerativas como el alzhéimer, donde los diagnósticos suelen llegar hasta 15 años después de los primeros cambios neuronales, la prevención personalizada es la única vía.

Dormir adecuadamente, mantener una nutrición equilibrada y asumir nuevos retos cognitivos son pilares fundamentales para proteger las redes cerebrales. Sin embargo, el verdadero motor que articula y multiplica su eficacia es evitar la soledad no deseada y cultivar un propósito vital bien definido. No se trata de simples “consejos de bienestar”, concluye el experto, sino de verdaderas medicinas que deben prescribirse con dosis, seguimiento y rigor para proteger el órgano que nos permite ser quienes somos.