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Una invitada revela el estricto protocolo para visitar a la familia real británica: desde cuatro cambios de ropa al día hasta un vestuario de caza

Una excompañera del colegio del príncipe Eduardo pasó un fin de semana en palacio y tuvo que renovar su armario

La visita a la familia real británica. (Twitter @RoyalFamily)

Entrar en una de las residencias de la familia real británica no solo implica cruzar las puertas de un palacio. También supone cumplir un protocolo que alcanza hasta el más mínimo detalle del vestuario. Ahora, una antigua invitada de la Casa Real ha desvelado cómo fue pasar unos días en Sandringham cuando apenas tenía 14 años y las sorprendentes exigencias que tuvo que cumplir para estar a la altura de la ocasión. Un relato que ha despertado una enorme curiosidad entre los seguidores de la monarquía británica.

La protagonista es Tanya Rose, fundadora de la agencia de viajes de lujo Mason Rose, quien ha recordado aquella experiencia durante su participación en el podcast Style DNA, presentado por la diseñadora Amanda Wakeley. Tal y como recoge el Daily Mail, Rose fue invitada en 1979 por quien entonces era su compañero de colegio en Gordonstoun, el príncipe Eduardo, para pasar cuatro días en Sandringham junto a Isabel II y el resto de la familia real. Aquella visita, lejos de parecer unas vacaciones, vino acompañada de un estricto código de vestimenta que obligó incluso a su familia a renovar por completo su armario.

Aunque han pasado casi cinco décadas desde entonces, la anécdota permite conocer cómo era la vida privada de la familia real británica y el nivel de detalle con el que se preparaban este tipo de encuentros. Desde los conjuntos necesarios para cada momento del día hasta una divertida metedura de pata en plena cena con el entonces príncipe Carlos, la experiencia de Tanya Rose ofrece una imagen mucho más cercana de puertas adentro de una de las monarquías más observadas del mundo.

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Así era el protocolo de vestimenta en palacio

Según explicó Tanya Rose en el podcast Style DNA, acudir como invitada a Sandringham implicaba mucho más que preparar una maleta. Al ser la única persona ajena a la familia real durante aquella estancia de cuatro días, recibió instrucciones muy concretas sobre cómo debía vestir en cada momento.

Quién es quién en la casa real británica: del rey Carlos, el más tardío de la historia, al polémico príncipe Andrés.

“El código de vestimenta incluía cuatro vestidos largos, cuatro conjuntos para el desayuno, cuatro conjuntos para el té, ropa de caza, una chaqueta Barbour y botas Wellington“, recordó. El problema era que su familia no estaba acostumbrada a ese tipo de protocolo. “Yo no crecí así, no tenía ese tipo de ropa, así que tuvimos que salir a comprarlo todo”, explicó.

Uno de los recuerdos que más cariño guarda de aquella visita tiene como protagonista a su madre. Para la primera cena le prestó un collar de perlas de imitación comprado en los grandes almacenes Fenwick. La pieza llamó la atención de Isabel II, que le preguntó con curiosidad: “¿Es una joya familiar?“. Rose respondió con elegancia: ”Bueno, me la regaló mi madre“, evitando revelar el verdadero origen del collar.

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Los nervios y el despiste con Carlos III

Más allá del protocolo, Tanya Rose también recordó cómo fueron sus primeras horas junto a la familia real. La joven confesó que estaba completamente intimidada al encontrarse rodeada por Isabel II, la princesa Margarita, la princesa Ana y Lady Susan Hussey, siendo la única invitada que no pertenecía a la familia.

La anécdota con Carlos III. (Foto AP/Kirsty Wigglesworth, pool file)

“Estaba absolutamente aterrorizada“, admitió. Sin embargo, destacó el papel que desempeñó Isabel II para hacerla sentir cómoda desde el primer momento. Según explicó, la difunta monarca percibió inmediatamente su nerviosismo y comenzó a bromear e incluso a imitar a uno de sus ayudantes de cámara para romper el hielo. “La Reina fue tan encantadora porque sabía que estaba nerviosa. Era absolutamente adorable conmigo”, recordó.

La estancia dejó también una anécdota que, décadas después, sigue recordando con humor. Durante una cena formal estaba sentada entre el entonces príncipe Carlos y el duque de Edimburgo cuando confundió el salero con el azucarero al servirse el café.

“Quería azúcar y pensé que aquello era azúcar”, explicó entre risas. Después de añadir dos cucharadas, fue el propio Carlos quien se dio cuenta del error y no pudo evitar comentarlo con sorpresa: “¡Qué cosa tan extraordinaria! Acabas de ponerle sal al café“.