Carmen Martín pisó por última vez una escuela en el año 1950. Tenía 6 años y, cuando quiso darse cuenta, la posguerra ya la había dejado a ella y a toda una generación fuera de las aulas. “Yo no pude venir a la escuela por las circunstancias de la época, porque desde que nacieron mis hermanos ya no pude ir”, recuerda. Fue justo el mismo año cuando se abrió la Junta Nacional Contra el Analfabetismo, una iniciativa del Ministerio de Educación que consiguió que en 1970 el porcentaje de población analfabeta se redujese al 9%. Pero Carmen no estuvo entre ellas. “Me arrepiento, pero tenía que cuidar hijos y luego a mi marido”, cuenta.
En la actualidad, hay 842.702 personas analfabetas en España, lo que supone un 1,7% de la población. Son los más mayores, los que han tenido que esperar toda una vida para poder ir al colegio. Según el INE, el perfil del analfabetismo en España es mayoritariamente de edad avanzada: la mayor parte de los casos son personas mayores de 65 años. Más de la mitad de las mujeres analfabetas tienen entre 65 y 84 años y la mayor concentración se ubica en la franja de edad de 81 a 92 años. Muchos de ellos, al igual que Carmen, han esperado a que la casa estuviese vacía para hacer la matrícula por primera vez. “Se te hace muy difícil empezar a esta edad, pero hay que hacerlo”, destaca.
Carmen Martín es alumna del Centro Público de Educación para Adultos Joaquín Sorolla en Madrid (CEPA). Estos centros de la Consejería de Educación son totalmente gratuitos y están destinados a “cualquier persona adulta que quiera completar su formación o, en muchos casos, comenzar”, explica Miriam Martínez Díaz, directora del centro. “Ahora tienen la oportunidad de venir y hacer lo que no pudieron en su momento; son un tipo de alumnado superagradecido, no faltan nunca y aprecian muchísimo el trabajo de los profesores”, dice Martínez Díaz. Carmen afirma que además son todas mujeres. “Alguna vez ha venido algún hombre, pero enseguida se van y nos quedamos las de siempre”.
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Cómo es aprender durante la tercera edad
La clase empieza a las cuatro de la tarde, y a las 15:45 la fila de mujeres que van al aula 3 se acumula en el pasillo mientras repasan lo que dieron durante la sesión anterior. Es jueves, las alumnas se van sentando en sus sitios asignados para recibir una clase de lectoescritura. Mientras esperan a Miguel Ángel, el profesor, comparten a voces qué les duele más: a una no se le acaba de curar la cadera desde la caída y no sabe cómo sentarse en el pupitre, otra no sabe por qué se le duerme la mano y la de la última fila se queja de que ya no ve la pizarra ni con las gafas puestas. El aula apenas tiene tres filas, pero todas las sillas están ocupadas.
Están arreglando su clase habitual y el cambio a la del final del pasillo les ha supuesto a todas una gran gestión. La directora reconoce que si les cambia una cosa que ya habían asumido, se les trastoca todo y se tiene que colocar en la puerta de la clase para guiar una a una a las alumnas. “Hoy es en esta, que están pintando y limpiando la vuestra, venga”, va explicando Miriam mientras las alumnas comentan cada detalle y diferencia con su aula habitual.
Miguel Ángel Mateo Gímenez llega para dar la lección como cada día. Lleva dos años dando clases a adultos, antes había dedicado toda su vida a los más pequeños. “Son dos mundos totalmente diferentes, los niños lo absorben todo mucho más rápido, pero ellas tienen un problema. Lo que aprenden un día, al día siguiente a veces se les olvida y tenemos que volver e ir repasando”. Mateo Giménez usaba métodos y libros que están pensados para la mente de un niño de entre 3 y 6 años. Desde que empezó a trabajar en el centro, ha tenido que readaptar esos mecanismos a la cabeza de alguien que está en la tercera edad, con todo lo que eso conlleva. “Cada día es un reto, pero es muy gratificante”, explica.
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Sentada en primera fila con el lápiz en la mano, Carmen comparte pupitre y apuntes con Cipriana Pérez, una mujer con el mismo historial. “Yo empecé en el nocturno porque por el día tenía que cuidar de todo el mundo, pero tenía muchas ganas de aprender”, confiesa Pérez antes de empezar la clase.
“Yo quería aprender y, como tenía tanto interés, creo que no se me ha hecho tan difícil”, explica Cipriana. En esto coincide con su profesor, que destaca de ellas su gran predisposición al aprendizaje. “Tienen muchas ganas de aprender, entonces eso compensa todo; además, es una conversación de tú a tú”, asegura Mateo. Entre los beneficios de estar en la escuela durante la tercera edad se encuentra ese, el vínculo que se crea entre el profesional y el alumnado, porque se desarrollan espacios entre dos adultos.
“Hacemos ejercicios de memoria, para que vayan agilizando y que tengan la mente relativamente ágil”, dice Mateo. Carmen pone el foco en la escritura: más allá de la memoria, su mayor reto ha sido aprender bien caligrafía. “A mí escribir me ha costado mucho más que leer”. Cipriana añade que ella “lo hacía torcido”, pero que cada día sigue intentándolo.
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Aprender a leer y escribir en la vejez no solo transforma la relación con el mundo exterior, sino que impacta profundamente la autopercepción y la vida cotidiana. Ambas alumnas coinciden en que han conseguido un mayor grado de autonomía, al poder leer las letras de la televisión, escribir la lista de la compra y, como dice Cipriana, saber si lo que te estás llevando es lo que buscabas: “Leías 24.000 veces y no sabías si eran lentejas o judías”.
La independencia que ofrece la alfabetización
La educación actual está haciendo justicia con miles y miles de personas en toda España. La directora explica que después de 26 años trabajando con gente mayor se da cuenta de que “siempre han querido ser alumnas, progresan, mejoran e influye mucho en su día a día. Además, es una forma de socialización: vienen, se encuentran aquí y son todo ventajas, son un alumnado muy fiel”.
Pese a la injusticia de haber tenido que esperar toda una vida, están contentas de estar viviéndolo ahora. La alfabetización tardía fomenta también la socialización y la pertenencia a una comunidad. El propio centro se convierte en espacio de encuentro, celebración y apoyo mutuo. “El ambiente de venir y con las compañeras, eso es otra cosa que nunca habíamos vivido”, subraya una alumna. Las fiestas de fin de curso, las actividades en Navidad y las charlas informales refuerzan el sentido de pertenencia y ayudan a combatir el aislamiento.
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Las propias alumnas animan a otras personas mayores a vencer la vergüenza y dar el paso. “Yo siempre les digo: ‘Yo os doy el teléfono y vosotros, os informáis allí’. Que hay unas personas allí que informan divinamente”, anima Cipriana. Reconocen que igual al principio sentían cierto reparo, pero luego entendieron que la vergüenza no tenían que sentirla ellas.
Entre los recuerdos compartidos, algunas mencionan el momento en que por fin pudieron leer su propia letra, dejar de firmar con una cruz o la satisfacción de comprender, por sí mismas, el menú de un restaurante. Porque la educación que reciben ahora va más allá de la alfabetización. La función de este tipo de centros, la labor de los docentes y la fuerza de voluntad de esta generación hacen que se avance en derechos básicos que a veces, desde el privilegio, parecen no estar tan presentes. “Yo nunca había tenido la oportunidad y ahora que pude, llamó mi hija pequeña, me apuntó y ya llevo casi dos décadas aprendiendo cada día”, concluye Carmen. Y empieza a leer sus apuntes para seguir un día más la clase y no perder tiempo nunca más.