Es domingo en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, junto al Rastro madrileño. Decenas de personas se agrupan alrededor de los maceteros con carpetas que contienen cartas de Pokémon. Ilustraciones de Pikachu, Charizard, Bulbasaur y Ditto, que empezaron como un juego de niños y que hoy son un modelo de negocio. “Esto ya no es un hobby”, cuenta Pablo. Algunos coleccionistas incluso utilizan lupas y revisan palmo a palmo cada carta, en busca de imperfecciones. Y es que su conservación puede marcar una diferencia: “Pueden pasar de 150 a 600 euros solo por el estado”, resume Pablo.
¿Quién no ha hecho una colección de cromos en su infancia? Abrir un sobre, sentir la incertidumbre de lo que hay dentro y repetir el proceso hasta completar un álbum forma parte de la memoria de varias generaciones. Pero ese gesto, aparentemente inocente, ha cambiado con el tiempo. Hoy no son solo los niños quienes siguen abriendo sobres con emoción. También jóvenes y adultos han convertido colecciones como las cartas de Pokémon en un objeto de inversión e incluso de especulación.
Sin embargo, no es algo nuevo. La primera colección de Pokémon Trading Card Game llegó a Occidente en 1999, aunque su origen se remonta a Japón en 1996. Desde entonces se han lanzado decenas de expansiones y el universo ha crecido hasta superar ampliamente los 151 Pokémon originales.
Independientemente de cuántos Pokémon existan, cada domingo en muchas ciudades españolas se repite una escena cada vez más habitual: grupos de aficionados se reúnen en puntos estratégicos para intercambiar o vender cartas. Decenas de personas se agrupan alrededor de los maceteros de la plaza del Campillo del Mundo Nuevo con carpetas llenas de fundas donde guardan sus cartas Pokémon, para ver las colecciones de otras personas y luego cambiar o incluso comprar. Sus precios varían desde céntimos hasta más de 20 euros, o incluso más en casos concretos.
Niños y adultos participan en estas reuniones, independientemente del género, aunque con mayor presencia masculina. Entre ellos está Pablo, de 21 años, que lleva en este “mundo” desde hace tres años. “Empecé en marzo o abril de 2023”, recuerda. “A mí lo que me gustaba era coleccionar, jugar no. Era mi sueño de pequeño y recuerdo que con mi primer sueldo me compré una lata con sobres y me tocó una carta relativamente cara. La vendí el mismo día que la publiqué”.
Ese primer contacto cambió por completo su forma de verlo. “Al principio seguí coleccionando por gusto, pero cuando ves los precios… también empiezas a verlo de otra forma”, explica. “Ahora lo veo más como inversión que como hobby, aunque me sigue divirtiendo. Todo lo que tengo guardado está subiendo de precio”, matiza.
De afición infantil a negocio
Lo que para muchos es una afición, para otros ha evolucionado hacia una lógica puramente económica. “Esto ahora mismo es un mercado financiero, totalmente. Poca gente lo hace como hobby ya”, afirma Pablo sin rodeos.
Según su experiencia, el crecimiento reciente del fenómeno ha tenido dos grandes impulsos: “Ha habido un ‘boom’ el verano pasado y otro ahora. El primero fue por una colección que gustó mucho y el segundo porque han salido colecciones que recuerdan a las antiguas y la gente se vuelve a enganchar”, detalla.
Pero no solo la nostalgia explica este fenómeno. También el efecto de los influencers, youtubers y creadores de contenido ha sido clave: “Mucha gente famosa colecciona y lo enseña”, añade. “Se está encareciendo todo porque la gente con dinero paga lo que haga falta”, apunta.
En España, uno de los ejemplos más claros es El Rubius. “Cada vez que El Rubius abre sobres, aquí en España los precios suben”, expone Pablo, señalando cómo millones de jóvenes consumen este contenido y generan picos de demanda en ciertas colecciones.
A nivel internacional, el impacto ha sido aún mayor con casos como el del youtuber estadounidense Logan Paul, quien vendió en subasta una carta de Pikachu Illustrator por 14 millones de euros, tras haberla adquirido en 2021 por unos 4,5 millones de euros en aquel momento.
“Cuando Logan Paul compró una carta por una cantidad absurda, todo el mundo pensó que ese era el precio real”, subraya el coleccionista. “Pero simplemente le sobraba el dinero”. Sin embargo, para este joven, la creciente popularidad del fenómeno ha transformado también el ambiente: “La comunidad es muchísimo más grande, pero también supertóxica”, lamenta.
Un mercado de Pokémon es imprevisible
El valor de las cartas depende de múltiples factores: colección, idioma, rareza y demanda. El mercado se divide principalmente entre ediciones occidentales y orientales. “Dentro de cada grupo hay diferencias”, explica el joven coleccionista, y precisa: “En las orientales, la más popular es la japonesa y la que menos, la china, mientras que en las occidentales las más demandadas son el inglés y el español, siendo el italiano el menos valorado”.
“Las cartas en inglés suelen ser las más caras siempre. Y dentro de cada colección depende mucho del Pokémon: Charizard, Umbreon o Pikachu siempre suben más”, señala. Además, “el japonés suele ser más barato, pero a España llega menos stock”, lo que también influye en los precios y en la disponibilidad dentro del mercado local.
El mercado es extremadamente volátil. Algunas colecciones duplican o triplican su valor en poco tiempo. “Compré unas cajas de Zenith Supremo porque sabía que iba a ser la última reimpresión”, relata Pablo. “Y un año más tarde están cerca de triplicar su precio”.
Pero no siempre ocurre lo mismo: “Otra colección en japonés la compré pensando que iba a subir y al final no pasó nada. La podía haber vendido al mismo precio, pero la abrí”. Aunque pueda parecer caótico, la lógica es clara: oferta, demanda y disponibilidad.
El valor también depende del estado de conservación. Cuando las cartas se fabrican, pueden salir perfectamente centradas o con pequeños defectos de corte. Por eso existe el “grading”, un proceso que puede multiplicar su valor. “Gradear es mandar la carta a que la puntúen”, explica el joven. “Miran si está centrada, los bordes, si está dañada… y le ponen una nota. Si es un 10, vale muchísimo más”.
Cuanto menor es la calidad, menor es la puntuación y, por tanto, menor el valor. En un domingo cualquiera se puede ver esa diferencia: mientras algunos compran cartas como hobby, otros utilizan linternas o lupas para examinar con precisión cartas que pueden alcanzar precios muy elevados. “Hay cartas que pueden pasar de 150 a 600 euros solo por el estado”, comenta.
Lo que comenzó como un juego infantil se ha convertido en un sistema complejo donde conviven el coleccionismo y la inversión. Un mercado en el que una carta puede ser un recuerdo, una pieza de juego… o un activo financiero. Como resume Pablo: “Esto ya no es un hobby. Es un negocio”.