Tzia Battistina tiene 106 años y le gusta tender la ropa en el balcón cuando hace buen tiempo. El tío Mario, de 102, se aficionó a los bailes sardos en su último cumpleaños. Assunta, que cumplirá 103 en agosto, amasó culurgiònis con su nieta hace apenas unos días.
En Osini, un pueblo al pie de las imponentes paredes rocosas del Taccu, en el corazón de Ogliastra (en la costa oeste de Cerdeña), vivir mucho no es una excepción, sino casi la norma.
Cinco personas han superado los cien años en una población de menos de setecientos habitantes. Un par más se acercan a ese umbral. La escena no resulta extraordinaria para quienes viven aquí, forma parte del paisaje, como la montaña o el viento.
Una comunidad que nombra a sus mayores
En Osini, a los ancianos no se les llama solo por su nombre. Son tzia o tziu: tía, tío. Una forma de reconocer que pertenecen a todos. No hay separación entre generaciones, sino continuidad.
Crecer aquí significa sentirse parte de una red. Existe incluso una palabra para definirla: s’aggiudu torrau, el “ayudo que regresa”. Se trabaja para los demás porque, llegado el momento, los demás harán lo mismo. “La solidaridad es tradición”, ha resumido el alcalde al medio italiano Il Corriere della Sera.
“Comí y bebí”
Las cifras llaman la atención. El profesor Giovanni Mario Pes, que identificó la Zona Azul de Cerdeña, calcula que la prevalencia de centenarios en Osini es 27 veces superior a la media regional y 17 veces mayor que en el resto de Ogliastra. Pero las explicaciones no son tan claras.
Alfredo Cannas, alcalde de 76 años, sonríe cuando le preguntan por el secreto: “¿Será el aire de la montaña? ¿O la buena comida? ¿O simplemente la genética? Cuidado con dar respuestas demasiado fáciles".
Las respuestas de los propios protagonistas no ayudan a construir teorías complejas. Mario Lobina, que cumplirá 103 años, lo resume en tres palabras: “Comí y bebí”. Vittorio Mura añade lo suyo: “Todavía soy un chico de 20 años”. Caminó durante décadas como guarda forestal y presume de no haber ido nunca al hospital.
Vidas largas, vidas intensas
La longevidad aquí no está separada de la dureza. Battistina Piras, la mayor del grupo, pasó 45 años fuera de Osini, en Milán. Crió a siete hijos trabajando como empleada doméstica. Hoy, a sus 106 años, mantiene su independencia con determinación. Pero rechaza cualquier relato épico: “¿Cómo esperan que me sienta? Me siento fatal. Ni siquiera sé cómo he llegado a esta edad".
Assunta Cannas tampoco ha seguido un camino sencillo. Perdió a sus padres siendo joven, trabajó en el campo y ayudó a criar a la siguiente generación. Nunca se casó. “Les ahorré mucho dinero”, dice con orgullo. Todavía cocina y amasa a mano. Y, con los años, habla sin filtros de lo que no fue: “Había un chico que quería llevarme a América; me hubiera gustado, pero estaba demasiado lejos”.
El pueblo que se movió
Osini no es solo longevidad. También es memoria de un territorio inestable. En 1951, lluvias persistentes saturaron el terreno hasta provocar un deslizamiento que arrasó gran parte del pueblo antiguo. Casas y caminos desaparecieron y la comunidad tuvo que trasladarse.
Odorico tenía entonces dieciocho años. Hoy, con noventa y dos, recuerda aquel día sin dramatismo: “Me desperté por la mañana, miré por la ventana y vi que todo se movía”, ha comentado en el medio Cagliari Today. El nuevo pueblo, Osini Nuova, se construyó más arriba, en una zona considerada más estable. El antiguo quedó atrás, en la ladera, como una cicatriz visible.
Entre las ruinas de Osini Vecchia y las casas del nuevo asentamiento, la vida continúa sin grandes gestos. Se reconstruyen caminos, se cuidan animales, se cocina, se conversa. Pronto habrá un mural con los rostros de los centenarios y un Museo de la Memoria en la antigua estación. “Representan nuestra identidad, nuestro orgullo, nuestra carta de presentación”, ha sentenciado el alcalde.