
“Es Acuario, ostras está pinzada de la cabeza”, dice una joven mientras hace la cola del (para nada económico) merchandising. En verdad, Olivia Rodrigo (California, 2001) es Piscis, una asociación astrológica que explica a la perfección la delicadeza melódica que imprime en cada una de sus laureadas letras. Sus canciones son el Tratado de Versalles de las jóvenes que fueron rechazadas, dejadas, destruidas y abandonadas por el mito del sueño adolescente (y por un amor platónico que prefirió al perfil popular del colegio). “Es que imagínate estar llenando estadios con 21 años”, le responde su amiga.
Madrid, que en junio suele ser un paraíso soleado, amanecía este jueves con una temperatura propia de la primavera rebelde. La lluvia, el frío y unos looks no tan aptos para la velada se reúnen en los aledaños de un WiZink Center que se queda pequeño para albergar a la figura de la cantante estadounidense y su Guts World Tour. Muchos piden una entrada que no tienen y se acercan como vampiros, haciendo un pequeño homenaje a una de las canciones de su último disco, a los afortunados que sí pueden escanear un código unipersonal en la cola.
Botas cowboy, gorros de vaquero, faldas plateadas y todas las tonalidades asociadas al color violeta (un guiño a las portadas de sus dos álbumes de estudio publicados hasta la fecha, Sour y Guts). Quien no se adscriba a este código estético que se quede fuera del recinto. El concierto de Olivia Rodrigo es una catarsis emocional colectiva. Una sesión de terapia gratuita (gracias) en la que gritar a todo pulmón que cumplir 18 años es una mentira sideral y que la pubertad está cargada de faux pas que nadie explica.

Gritar las letras como si la experiencia personal de cada uno de los allí presentes se imprimiese en ellas es opcional. Expiar las vicisitudes de una época en la que los libros académicos se entremezclaban con la confusión propia del crecimiento es obligatorio. Olivia Rodrigo ya tiene 21 años, “la edad legal para beber en Estados Unidos”, pero con dieciocho se atrevió a presentarse en sociedad como una joven esencialmente dolida por una ruptura. El hombre que le había abierto la puerta a un nuevo mundo ahora tenía a otra y ella se quedó con un vacío existencial supremo.
Con drivers license, deja vu, happier, traitor, teenage dream o jealousy, jealousy la cantante demuestra, no sólo que sus seguidores son una de las masas más compactas y ruidosas (una suerte de secta generacional de la corte de TikTok), también que no hay por qué superar los eventos que nos marcan en la adolescencia. No hay nada más catártico que aceptar que lo que hace daño no tiene por qué desvanecerse. La estadounidense apela a esa corriente de féminas atropelladas por la muerte del romanticismo. También define a la perfección la sensibilidad de las nuevas generaciones que no tienen pudor por hablar de su calendario emocional.

“¿Cómo estás Madrid?”, entona en un alarde de bilingüismo. La cantante felicita a sus seguidores por su capacidad vocal y pulmonar durante la velada. “Sois buenísimos cantantes, esta noche está siendo divertidísima”, añade. El que tenga miedo a morir que no nazca y aquel que quiera preservar su salud auditiva que vaya con tapones a esta suerte de encuentros sectarios. Por suerte, los vecinos del Santiago Bernabéu no estaban lo suficientemente cerca como para medir los decibelios superados. Olivia Rodrigo recoge una muñeca Barbie con su cara y todo tipo de objetos ready-made que muestra a la cámara. El cántico ‘guapa y reina’ (aquel que un joven colgó en redes para honrar a una de sus vírgenes y que ha mutado en oda popular a cualquier ente propenso a la mitomanía) se cuela en más de una ocasión, convirtiéndola en la Macarena de la capital. El pelo de la estadounidense permite que la asociación sea lícita.
Olivia Rodrigo no sólo es llanto y duda, también es una clara patrocinadora del female rage, la rabia en clave femenina que otorga una más que clara licencia para la queja y el enfado. La venganza no se sirve fría, sino con la dulzura del eterno rencor a una expareja que, en resumen, carecía de decencia. En esta corriente expresionista están good 4 u, obsessed, get him back, brutal, love is embarrassing: un despliegue de energía para reivindicar todos los pensamientos que han quedado anegados en el frenético ritmo de la vida (más) adulta. I know my age and I act like it, canta en all-american bitch (sé qué edad tengo y actuaré en consecuencia, básicamente). La cantante abraza con orgullo la idea (en clave performance) de ser una niñata consentida. Sería la musa perfecta del nuevo coming-of-age.
El momento fife de la noche (el término que han acuñado las dos celebridades más notorias en la burbuja de internet en España) se produce cuando el público entona, junto con los acordes del Seven Nation Army, el ruido heterosexual por antonomasia: el ‘lo’ repetido en numerosas ocasiones. Se produce justo cuando arranca el partido entre España e Italia. En torno a las 21:03 horas. Cuando el concierto acaba y el confeti viste la pista del recinto madrileño, Riccardo Calafiori anota en propia portería para adelantar a España. Los más rápidos (y avispados) se unen a la celebración para evitar caer de golpe tras la euforia. Madrid cierra una noche redonda.

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