Cuenta la leyenda que todo empezó un día cualquiera de 2012, en el Polideportivo Valle de las Cañas de la localidad madrileña de Pozuelo de Alarcón. En el antiguo cuartel general de la sección de baloncesto del Real Madrid, apareció, por primera vez en la capital española, Luka Doncic. Un talento esloveno de apenas 12-13 años que, con el tiempo, acabaría convirtiéndose en una de las grandes estrellas habidas y por haber en el equipo merengue. Alguien que ahora vuelve a casa por ‘veroño’, en las filas de los Dallas Mavericks de una NBA que le encumbró definitivamente a la cima de la canasta mundial. Una línea de meta que ya se atisbaba para él, con las reservas propias que se deben tener ante los críos con hechuras, hace poco más de una década.
“Yo dirigía la sesión y estaban los responsables de la sección viendo el entreno. Sí que nos dimos cuenta de que teníamos delante un jugador muy especial. Vimos que era alguien que estaba muy por encima del equipo que nosotros teníamos”, cuenta José Luis Pichel, uno de los primeros entrenadores de Doncic en el Madrid, al describir esa suerte de bautismo para Infobae España. Superior a los integrantes de su generación desde el minuto uno, quemó etapas como canterano de forma vertiginosa: títulos, dominio insultante y reconocimientos individuales tanto en la categoría que le correspondía por edad como en la inmediatamente superior. Una tónica que no dejó de repetirse, pues así de predestinado estaba el chaval a romperla.
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Esa precocidad del esloveno en todo momento la corrobora, con el primer dato que aporta a este periódico, Dani de la Rúa, compañero y amigo de Luka a raíz de su formación en las categorías inferiores madridistas: “Nos dijeron que iba a venir un chico nuevo, que tenía dos años menos que nosotros”. El hoy base del Club Bàsquet Sant Antoni de LEB Plata (tercera categoría española) recuerda a alguien “muy vergonzoso, pero muy amable”. Porque Doncic también era un jugón fuera de la cancha.
“Se preocupaba mucho de que todo el mundo estuviera bien: compañeros, staff… Eso llamaba mucho la atención. Tenía un talento muy alto para cuidar a todo el mundo que le rodeaba”, valora Pichel. Por supuesto, la cosa fluía aún en mayor medida dentro de la pista: “Ocurrían cosas. Cuando él estaba jugando, incluso algunos de sus rivales se quedaban un poco parados mirando durante el partido. Daban ganas de decir ‘venga, chicos, vamos a jugar. O sea, es muy bueno, pero vamos a seguir jugando todos’. Pasaba en los entrenos, pasaba en los partidos. Había un punto incluso de sorpresa de los jugadores rivales. Eso ocurría en el día a día”.
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Desde que llegó, el niño tenía, sin duda, un aura especial. “Sobre todo, esa capacidad de ver las cosas un poquito antes que los demás y ejecutarlas con mucha precisión. Esa situación un poco innata. Cómo es el tiempo cuando él juega, fuera de una velocidad distinta a la de los demás”, apunta el que fuera su técnico. Por cierto, aquello de no perder ni a las canicas, tan propio de los deportistas, venía, igualmente, de serie. “Se enfadaba siempre que perdía a la Play: hasta que no ganase, no acabábamos de jugar”, recalca De la Rúa, que se hizo íntimo de Doncic a base de pasar incontables ratos juntos. Muchos, para que Luka venciese a la morriña, en la casa del guadalajareño.
“Venían a verle, desde muy joven, de todas partes del mundo”
El tiempo pasaba y el brillo de la perla no dejaba de ganar intensidad. “El cambio físico de cada verano”, porque “cada año venía más grande”, impactó sobremanera. Al físico había que unir un talento abonado al asombro imperecedero. “Cada día, era mejor jugador y veía un baloncesto que nadie veía tan joven”, destaca De la Rúa. Una realidad que trascendía, como se pudo comprobar bien pronto, las fronteras españolas.
“Era un jugador que no es que le siguiera Pablo Laso, es que le seguía todo el mundo del baloncesto mundial. Venían a verle, desde muy joven, de todas partes del mundo”, confiesa Pichel. El actual segundo entrenador del Clavijo de LEB Oro (segunda división española) no se olvida de un torneo cadete en Italia, donde vio “una exhibición muy grande de alguien que trascendía el juego”. Por su parte, De la Rúa se queda con una final del Campeonato de España júnior en la que Doncic “hizo 62 de valoración”. “Metió puntos, repartió asistencias… Fue un auténtico espectáculo”, completa.
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Quizá fue precisamente como júniors, en una plantilla en la que les acompañaban Santi Yusta, Jonathan Barreiro, Emanuel Cate y Felipe Dos Anjos, entre otros, cuando, en 2015, los dos disfrutaron como nunca. Lo ganaron todo, incluida la Euroliga de las jóvenes promesas: “Fue una temporada inolvidable, creo que todos aportábamos nuestro granito de arena y no éramos egoístas individualmente. Pero cada partido era algo diferente. Mejoró mucho su tiro de tres”. A continuación, la historia del chico que “siempre venía con una sonrisa y con ganas de aprender y disfrutar” es de sobra conocida: un salto al profesionalismo de la mano del primer equipo del Madrid, con el que acabó dominando Europa.
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Doncic se graduó en el alto nivel tras apenas tres cursos. Eso sí, repletos de logros. En lo colectivo, una Euroliga, tres ACB, dos Copas del Rey y una Copa Intercontinental. En lo personal, un MVP de la Euroliga y de su Final Four y otro de la ACB resultaron sus grandes entorchados. Cuando cruzó el charco, a Wonderboy sólo le quedaba por asaltar el estrellato planetario: había pocas dudas, casi ninguna, de que lo conseguiría.
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“Es un jugador que no tiene límites. Lo que no me esperaba es que lo fuese a hacer tan rápido. Estos años, viene la mejor versión de él”, avisa, antes del reencuentro con el WiZink Center de este martes, un Dani De la Rúa que no ha perdido el contacto con Doncic. A quien, como al resto de los que integraron ‘su’ júnior en el Madrid, siempre considerará “un hermano”: “Fuimos una gran familia”.
Un cariño al que tampoco escapa José Luis Pichel. “De alguna manera, a mí me tocó la lotería, me tocó un premio. Yo estaba en el sitio indicado, en el momento indicado. He tenido la suerte de poder entrenar, en sus primeras etapas, a uno de los mejores jugadores del mundo. Me atrevería a decir que a uno de los mejores deportistas, en su especialidad, del mundo. Entonces, eso es un regalo que disfruté todo lo que pude. Y eso, desde luego, es lo que me llevo”, sentencia.
Sin ellos, y otros muchos personajes, el idilio de Luka Doncic con Madrid habría sido imposible. Uno que sigue muy vivo y que tendrá su celebración por todo lo alto, cinco años después, en la calle Goya. Donde tan feliz fue y adonde regresa, se lo ha ganado a pulso, en calidad de hijo pródigo.
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