La historia de Jean Claude Van Damme no encarna la imagen típica de éxito inmediato que muchos asocian con las grandes figuras del cine de acción. Antes de convertirse en uno de los rostros más reconocibles del cine de los años 80 y 90, el actor belga enfrentó una serie de dificultades marcadas por su físico, su entorno y una profunda sensibilidad que pocos conocen.
Sus propias palabras, compartidas durante una entrevista con Marc Fennell para The Feed de SBS, arrojan luz sobre los desafíos que moldearon su carácter mucho antes de la fama internacional.
Desde muy chico, Jean-Claude Van Damme sintió que no encajaba. “Era muy delgado”, recuerda, y esa característica no solo condicionó cómo lo veían los demás, sino también la imagen que él tenía de sí mismo. En un ambiente donde la fuerza física marcaba jerarquías, su cuerpo parecía jugarle en contra desde el inicio.
Durante la infancia y la adolescencia, entrenar artes marciales siendo uno de los más flacos de su entorno fue un desafío constante. Mientras otros proyectaban potencia, él era percibido como frágil, muy lejos del físico imponente que años después lo convertiría en una figura icónica del cine de acción.
La delgadez de Van Damme no solo fue motivo de inseguridad, sino también de reto personal. “Puede ser una ventaja cuando peleas en el sentido de que tienes margen de mejora, y depende de ti que tu cuerpo mejore”, manifestó.
Este enfoque le permitió transformar una aparente debilidad en un estímulo para el crecimiento personal. Desde pequeño, se propuso superar las limitaciones y demostrar a todos, y a sí mismo, que la fuerza verdadera va más allá de lo físico.
El entorno que rodeó los primeros pasos de Van Damme en las artes marciales era muy diferente del actual. A los 16 años, ya se enfrentaba a rivales mucho mayores que él en los gimnasios europeos. “Con 16 años ya peleaba con personas de 35 en los gimnasios, y no le asustaba”, relata.
Aunque matiza con humor que “creo que eran de 25 aunque parecía que tenían más”, lo cierto es que fue uno de los más jóvenes en integrarse en un club donde predominaban los adultos. Las artes marciales apenas comenzaban a desarrollarse en Europa y el ambiente era exigente, competitivo y, en ocasiones, poco comprensivo con los más jóvenes o menos experimentados.
A pesar de la diferencia de edad y experiencia, Van Damme buscaba integrarse, practicar y aprender al lado de los mayores y más fuertes. El hecho de ser novato y delgado no impidió que se esforzara por estirar junto a sus compañeros y desafiar sus propios límites. Ese ambiente forjó en él una disciplina férrea y una determinación inusual para alguien de su edad.
En ese sentido, la búsqueda constante de superación se convirtió en un motor vital, aunque también sembró las semillas de una autoexigencia que más adelante le pasaría factura.
La percepción pública de Van Damme como un “tipo duro” ha sido una constante a lo largo de su carrera cinematográfica. Sin embargo, el propio actor insiste en que esa imagen es solo una cara de su personalidad. “La gente no sabe lo sensible que soy”, confiesa.
Para él, la sensibilidad es un rasgo oculto tras el personaje mediático que millones de espectadores conocen. Al llegar a un set de grabación, lo primero que hace es conectar con el equipo, conocerlos y prestar atención a los detalles humanos que suelen pasar desapercibidos. “Hay mucha gente mirándote, siento que no puedo cometer ningún error”, admite.
Esta presión, inherente al escrutinio público y a la responsabilidad profesional, ha marcado profundamente la vida de Van Damme. Siente que debe hacerlo todo “lo mejor posible”, una meta que reconoce como inalcanzable y que, lejos de ser una virtud, se ha convertido en una fuente de ansiedad.
Esta autoexigencia, según sus palabras, se remonta a sus primeros años en las artes marciales, donde la lucha por la mejora continua era un elemento central de su día a día. “Siempre peleando para ser mejor y mejor”, afirma, revelando una mentalidad que, aunque le ayudó a destacar, también generó un coste emocional significativo.
Las consecuencias de esta presión y perfeccionismo no se limitaron al ámbito profesional. Van Damme reconoce que su vida amorosa ha sido un “desastre”, atribuyendo parte de sus dificultades personales a esa obsesión por mejorar y no fallar nunca. La exigencia constante y la insatisfacción ante los propios errores crearon barreras en sus relaciones más íntimas, una confesión que revela la otra cara del éxito: el precio personal que muchas veces implica la búsqueda de la perfección.
A lo largo de su trayectoria, Van Damme atravesó momentos complicados, incluyendo “cinco matrimonios, bipolaridad y problemas con la cocaína”, como él mismo reconoce. Detrás de la imagen del héroe de acción, se esconde un hombre que ha luchado no solo en la pantalla, sino también en su vida privada, enfrentando inseguridades, prejuicios y una sensibilidad que rara vez se muestra al público.
Su testimonio, lejos de enaltecer la figura invulnerable, invita a mirar más allá de los músculos y el estereotipo, para descubrir a una persona marcada por la lucha consigo mismo y por el deseo de superarse, a pesar de las caídas y las heridas invisibles.