Hace poco se conoció una investigación de esas que me dan ganas de imprimir y repartir en todas las escuelas. Investigadores de la Universidad de Penn State, liderados por Karen Bierman, publicaron en la revista científica American Psychologist los resultados de un estudio que siguió durante casi veinte años a chicos que, cuando tenían cuatro, participaron de un programa en el jardín de infantes para aprender a reconocer sus emociones, hacer amigos y resolver conflictos, que también incluía actividades de vocabulario y alfabetización inicial. Hoy esos chicos ya son adultos. Y los resultados llaman la atención: comparados con quienes no participaron del programa, dicen sentirse menos solos, tienen menos síntomas de depresión y más empatía, y están más conformes con su vida. ¡Casi veinte años después!
Por supuesto, esto no significa que todos los chicos que participaron del programa se hayan convertido en adultos felices. Significa que, en promedio, obtuvieron mejores resultados en distintos aspectos de su bienestar emocional y social.
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Y no es el único estudio que apunta en esa dirección. Otras investigaciones, publicadas en revistas científicas como PNAS y American Journal of Public Health, también encontraron relaciones entre las habilidades socioemocionales de la infancia y distintos aspectos de la vida adulta, desde la salud y el trabajo hasta la situación económica.
Ahora bien, basta mirar la agenda de cualquier congreso educativo para darse cuenta de cuál es el tema del momento: la inteligencia artificial. Discutimos qué herramientas usar, cómo evaluar los trabajos que los alumnos hacen con ayuda de la IA y qué deberían aprender los docentes para aprovecharla. Son discusiones necesarias, por supuesto. Pero hay otras que seguimos postergando. Ojo, de educación emocional también se habla en congresos y capacitaciones. Muchas veces los docentes salen de esas jornadas súper entusiasmados. Pero después llega el lunes, con la planificación y las mil urgencias de la escuela, y todo queda en una linda charla, que inspiró, pero no aterrizó en el aula. Nos cuesta muchísimo que se vuelva parte del día a día, durante todo el año.
¿Cómo puede ser que estemos tan apurados por incorporar inteligencia artificial en las aulas y todavía no hayamos conseguido que la educación socioemocional tenga un lugar permanente en las escuelas?
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Nos preocupa, con razón, que los chicos aprendan a convivir con máquinas cada vez más inteligentes. Pero ¿qué estamos haciendo para que aprendan a convivir mejor entre ellos?
Esto no es un Boca-River, ambas cosas son importantes. Pero cualquier docente sabe de qué estoy hablando: chicos que llegan a primer grado y todavía les cuesta esperar su turno, alumnos que se desbordan frente a una dificultad y adolescentes que viven una corrección como un ataque personal. Hay muchos docentes que pasan buena parte de la clase resolviendo conflictos y terminan sin tiempo para enseñar lo que habían planificado.
¿Cuánto tiempo, honestamente, le dedicamos a enseñarles a reconocer lo que sienten? ¿A manejar la frustración? ¿A pedir ayuda? ¿A escuchar a alguien que piensa distinto? ¿A resolver un conflicto sin recurrir a la agresión? Todavía hay escuelas que consideran la educación socioemocional como un extra. Algo que es importante, sí, pero que puede esperar. Si queda tiempo, hacemos una actividad sobre las emociones o trabajamos algún aspecto de la convivencia. Si no, seguimos con la planificación.La educación socioemocional no puede seguir dependiendo de que a un directivo le interese el tema, de que un docente tenga ganas o de que sobre un rato en el calendario. Tiene que ser política educativa. Y no hablo de sumar una materia más, sino de que estas habilidades se trabajen todos los días, desde el jardín hasta el final de la secundaria.Algunas provincias ya cuentan con leyes de educación emocional. Pero, cuidado, una ley no cambia lo que pasa en el aula si los docentes no reciben formación y alguien que los acompañe después.
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Y hay un detalle del estudio de Penn State que me parece especialmente interesante: la intervención duró apenas un año lectivo, en la sala de cuatro, y estuvo a cargo de las propias maestras, que, con capacitación y acompañamiento, incorporaron actividades específicas a la vida cotidiana del jardín. Las familias también fueron parte del programa porque recibieron materiales para continuar el trabajo en casa, pero después de ese año, los chicos siguieron su escolaridad habitual. Solo un año. Imaginemos qué podría pasar si en vez de un año fueran catorce, desde la sala de cuatro hasta el último año de la secundaria.
Un chico no aprende a manejar su enojo simplemente porque le decimos que se calme. Tampoco aprende a ser empático porque colgamos un cartel que dice “Respetamos a los demás”. Necesita adultos que le enseñen cómo hacerlo. Que lo ayuden a ponerle nombre a lo que siente, que le muestren otras maneras de reaccionar, que lo acompañen a reparar cuando lastimó a alguien. Y necesita muchas oportunidades para practicarlo.
La escuela tiene una ventaja enorme: es un gran gimnasio emocional. El aula es uno de los pocos lugares donde los chicos pasan horas, todos los días, con gente que no eligieron. Compañeros que a veces piensan distinto y que no siempre hacen lo que ellos quieren. Muchas veces ahí se frustran porque les sale mal un ejercicio, porque no tienen con quién jugar, porque no los eligen en los equipos, porque tienen que esperar su turno para hablar, porque no tienen ganas de hacer lo que el docente les pide, porque, porque, porque… Y todos los días, en ese gimnasio, se levantan pesas invisibles.No estoy hablando de convertir a los docentes en psicólogos ni terapeutas, ni de agregarles otra responsabilidad a una agenda que ya está demasiado cargada. Estoy hablando de reconocer que aprender a convivir no es algo que sucede automáticamente. También hay que enseñarlo. Y para eso, como mostró el estudio, los docentes necesitan formación y, sobre todo, acompañamiento.
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Para aprender a convivir hace falta convivir: con otros que se frustran, se equivocan y también necesitan ser escuchados.Por eso, cuando un nene de cuatro años se larga a llorar porque otro le derrumbó la torre que llevaba veinte minutos construyendo, no le alcanza con que le digan “ya está, no pasa nada”. Necesita una maestra que se agache a su altura y lo ayude a poner en palabras lo que siente, para que pueda enojarse sin lastimar a nadie.
Parece que en educación vivimos corriendo detrás de la próxima novedad. Hace unos años todos hablábamos de inteligencia emocional; ahora, de inteligencia artificial. El problema es que la educación socioemocional nunca debió ser una moda.
Una torre de bloques que se derrumba en una sala de cuatro parece poca cosa. Pero, como muestran estas investigaciones, lo que ese chico aprende ahí, con una maestra al lado, lo puede acompañar durante muchos años.
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