
Quien piensa poco, se equivoca mucho.
Antes que nada, voy a confesar que esa frase no es mía. Buscaba la forma de iniciar una nota sobre la importancia de fomentar el desarrollo de pensamientos diversos y el impacto en el futuro de los estudiantes, cuando di con ella (o ella me buscó a mí, jamás lo sabré). Pero es justo lo que quería decir. Solo que Leonardo lo dijo primero. Y eso me llevó a releer algunos aspectos de su vida que, me van a disculpar, voy a compartir aquí, porque vienen al caso.
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Da Vinci era el hijo de un notario y una campesina. Nació en 1452, de modo que no es difícil deducir que su llegada fue, como mínimo, sorpresiva. A los cinco años, fue a vivir a lo de su padre, donde convivió con varias madrastras y hermanos. Pero tuvo la oportunidad de realizar estudios y comenzar a pintar. Dentro de él había mundos. Había sueños, ideas. ¿Propias? ¿Quién habrá abierto para él esa puerta de la curiosidad por primera vez? No lo sé. Pero empezar a hacer cosas, a crear, es sin dudas, lo que le permitió profundizar estas búsquedas y generar más y más inquietudes.
En 1482, se puso al servicio del duque de Milán, y en su carta de presentación, el artista se ofrece, además de pintor y escultor, como arquitecto, ingeniero, inventor e hidráulico y afirmaba convencido que podía construir puentes portátiles, cañones, barcos, vehículos acorazados, catapultas y otras tantas máquinas. Con el diario del lunes, todos sabemos que no eran expresiones de deseo, y que muchos de esos saberes realmente estaban en su pensamiento, en su imaginación, aguardando la oportunidad de materializarse, de nacer al mundo. Aún con errores y posibilidad de ser perfeccionados, sus proyectos eran buenísimos. Basta pensar cuántas de esas ideas hoy son instrumentos con los que contamos a diario. Leonardo tenía, en ese momento, 30 años y sus conocimientos eran fruto de su curiosidad, de la indagación, la exploración y la constante búsqueda.
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En un mundo en permanente cambio (no me atrevo a decir evolución; en algunos casos es discutible), la capacidad de conocer distintas áreas del conocimiento y atreverse a “pensarlas” es clave para hacer frente a tanto dinamismo y a tanta incertidumbre. Necesitamos polímatas, como Leonardo, es decir, alguien que sabe mucho de muchos campos y que es capaz de hacerse preguntas interesantes sobre aquello que hoy no existe (tomando prestada la genial definición de Piscistelli).
¿Cómo hacer que suceda?
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Si bien es cierto que el sistema educativo se ha planteado cambios en los últimos años, aún queda mucho por hacer para adaptarlo a las demandas veloces del mundo laboral y social. De alguna manera, el currículum, las clases expositivas, los conocimientos compartimentados y descontextualizados, lo teórico sigue dando batalla frente a una multiplicidad de propuestas para invitar a los estudiantes a aprender a través del hacer. Pero seguiremos dando pelea, porque es crucial promover un enfoque educativo que vaya más allá de la mera transmisión de conocimientos.
Los estudiantes deben ser estimulados a cuestionar, a explorar diferentes perspectivas y a conectar ideas provenientes de distintas disciplinas. La interdisciplinariedad debe ser el eje central del proceso educativo, permitiendo a los chicos de hoy, próximos ciudadanos decisores, desarrollar habilidades de pensamiento crítico, creativo y analítico.
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Seguramente deberemos resignarnos a que no todos sepan todo. Pero abrir espacios para que sepan todo lo que quieran saber, que exploren, indaguen, investiguen y ejerciten el arte de hacer y hacerse preguntas. Estimularlos a descubrir sus intereses (a descubrirse) y desarrollar habilidades prácticas en áreas como la ciencia, la tecnología, las artes y la ingeniería.
Esto implica abandonar los métodos de enseñanza tradicionales y adoptar estrategias más dinámicas y participativas, como el aprendizaje basado en proyectos y el uso de tecnologías educativas innovadoras. El rol de acompañar, de orientar, de entender qué es lo que cada chico necesita es el que debe asumir el docente hoy. La tecnología es una gran aliada para que esto empiece a suceder sin más demoras.
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Las plataformas educativas nos permiten personalizar las propuestas y transformar la clase en un espacio de aprendizaje dinámico y colaborativo, donde los estudiantes puedan recorrer caminos distintos, según las preguntas genuinas que cada uno tenga. Ayudarlos a descubrir sus propias ideas, inspirarlos para que se conviertan en polímatas, capaces de transformar el mundo con su conocimiento y creatividad. Ahora que iniciamos el ciclo lectivo, a la hora de planificar el rumbo y las propuestas que llevemos al salón de clases, mirando las caritas de cada estudiante (no importa la edad) pensemos ¿cuántos Leonardos habrá en este grupo? Todos. De mí depende.
(*) Especialista en innovación educativa. Líder de Proyectos en Ticmas
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