Día del Niño: diez deportistas cuentan sus inicios y cómo el juego marcó sus carreras

A veces fue un regalo, otra un legado familiar, consagradas figuras del deporte se remontan a su niñez para explicar su vocación. Futbolistas, tenistas, pilotos, todos tiene un denominador común: los sueños infantiles

Guillermo Coria " Mi primer torneo Nacional fue con 8 años en canchas rápidas en la ciudad de Chascomús"
Guillermo Coria " Mi primer torneo Nacional fue con 8 años en canchas rápidas en la ciudad de Chascomús"

No importa que haya sido con una raqueta, un palo de hockey, un karting, tirando al aro o dándole a la pelota. Nuestros grandes deportistas han tenido el denominador común de haber acunado sus sueños desde muy chicos, aunque con diversos matices, ya que algunos estaban seguros de que ese podía ser su futuro, mientras para otros fue una dulce sorpresa.

Guillermo Coria

Tuvo una aparición rutilante y estruendosa. Ya desde que tenía 12 o 14 años se hablaba de él en el ambiente del tenis, como un proyecto de crack, junto a su compañero de ruta, David Nalbandian. Y ambos cumplieron con esos pronósticos, que a veces no suelen tener mayor sustento que la ansiedad de quienes quieren o necesitan ver con urgencia nuevas figuras. Nacido y criado en una familia de trabajo, el Mago recuerda sus comienzos

“Arranqué a jugar desde muy chiquito. Esa foto fue en el parque Municipal de Rufino y pese a que tenía cuatro años, me acuerdo de todo perfectamente, como si hubiese sido hace poco. Estaba jugando con mis primos. Me llamo Guillermo por Vilas, porque mi papá fue y sigue siendo profesor de tenis. Cuando yo tenía 7 años ya viajaba a Buenos Aires para entrenarme en la academia Barral – Gattiker, ubicada en la zona Norte. Para no tener que volver, muchas veces dormía en el Cenard o bien me quedaba en lo de Charly Gattiker con su familia. Mi primer torneo Nacional fue con 8 años en canchas rápidas en la ciudad de Chascomús.

De a poco fui creciendo y a los 13 años me fui a vivir a Key Biscayne, a la academia de Patricio Apey, donde se puede decir que comenzó mi carrera más firme. Fue una experiencia muy dura, pero que quería atravesarla, ya que la decisión fue 100% mía, con el apoyo, por supuesto, de mi familia. Tenía que arreglarme solo a esa edad, como si tuviera 20 años. No tenía mucho dinero y por eso cuando llegó el momento de viajar a Europa, me colaba en las habitaciones de mis compañeros de academia, como el chileno Fernando González. Ellos bajaban para el desayuno y me subían luego un yogurt o tostadas. Nunca me voy a olvidar de eso. Más adelante ganamos el Mundial juvenil con Nalbandian y Pastorino.

Me fue muy bien desde chiquito, pero con el paso del tiempo me doy cuenta que me hubiese gustado tener más fracasos en esa etapa para experimentar la frustración en el momento de crecer. Era duro, pero ganaba muchos torneos. En el paso de junior a profesional me costó a nivel velocidad, sin embargo me adapté pronto. Así fueron mis inicios en el maravilloso mundo del tenis, un deporte complejo, pero que si volviese a nacer, lo elegiría nuevamente”.

No hay dudas que Coria y el tenis habían nacido el uno para el otro. Bien ganado tenía su apodo de Mago, porque hacía cosas muchas veces imposibles dentro de una cancha. Llegó a lo más alto del circuito, siendo número 3 del ranking mundial, dominando por un par de temporadas los torneos sobre polvo de ladrillo. Su prematuro retiro privó a los amantes de este deporte, de un duelo que prometía muchos capítulos sobre esa superficie con Rafael Nadal. Pero Guillermo fue feliz con su carrera y eso es lo que vale.

Juan Simón un gran líbero con una enorme capacidad técnica y gran velocidad.
Juan Simón un gran líbero con una enorme capacidad técnica y gran velocidad.

Juan Simón

Hizo su debut en primera división en enero de 1978 con la camiseta de Newell´s y desde el primer momento, se destacó, porque a las dotes requeridas para cualquier defensor (seguridad y firmeza), le agregó una enorme capacidad técnica y gran velocidad. Los ojos de Ernesto Ducchini enseguida lo detectaron y fue convocado para una selección juvenil, que con la conducción de César Luis Menotti, quedó en la leyenda, por su fútbol exquisito, coronado con la magia de Maradona y los goles de Ramón Díaz. Así evoca Juan Simón sus primeros contactos con la pelota:

“De chiquito jugaba en el baby fútbol en mi barrio, en el club Edison, cuya dirección tengo grabada en la memoria: Iguazú 350. Era la forma que teníamos de divertirnos y compartir con mis amigos, porque todos los chicos de la cuadra nos encontrábamos para patear ahí. Nuestro técnico era Jorge El Loco Palacios, que había sido un muy buen arquero. Esos fueron mis inicios, como la mayoría de los chicos, con la idea de que sea un pasatiempo lindo con amigos y no había en mí una ilusión lejana de algo más, de poder trascender.

Del Edison pasé al baby fútbol de Newell´s hasta los 11 o 12 años, cuando el entrenador que teníamos allí se fue al Río Negro, que era un club de la Liga Rosarina, todos partimos detrás de él, que se llamaba Simón Piacenti. Comienzo a jugar en esa institución, que fue el paso previo a probarme en River, a comienzos de 1976, donde estuve dos meses y regresé a Rosario, donde me compró Newell´s”.

Con tonalidades rojinegras fueron los primeros pincelazos de una carrera que se extendió por 15 años. En 1983 emigró hacia Francia y cinco años más tarde retornó para destacarse en forma inmediata con la camiseta número 2 de Boca. Esos rendimientos lo llevaron a ser el líbero titular de la selección nacional en Italia ‘90. Era un acto de justicia, porque la calidad de Juan Simón, merecía ser parte de un Mundial, aunque aquel pibe del club Edison de Rosario, ni siquiera lo soñara.

Magui Aicega "en mis comienzos el hockey no era lo que es ahora, era un deporte más, sin tanta trascendencia."
Magui Aicega "en mis comienzos el hockey no era lo que es ahora, era un deporte más, sin tanta trascendencia."

Magui Aicega

En la década del ‘80, el hockey era un deporte que se practicaba como uno más en determinados clubes, sin mayor relevancia. Pero en las canchas del Belgrano, una pequeña leona de menos de 10 años descubría ese universo, al que años más tarde conquistaría, como capitana de un equipo que dejó una huella para todos los tiempos. Magdalena Magui Aicega y su historia

“Empecé a los 7 años. Mis viejos me llevaron al Belgrano, el club del barrio, para que hiciese alguna actividad, tanto yo como mi hermano, que se anotó en rugby, cuando ninguno de los dos había hecho ningún deporte. Eran otras épocas, donde se podía entrar tranquilamente y no había lista de espera como en la actualidad. Tengo presente que me enganché desde el primer día, e incluso recuerdo en donde me senté, que fue en un banco que sigue allí hasta el día de hoy. Éramos un grupo no muy grande de chicas y en esa misma primera citación no informaron que a la semana siguiente íbamos a tener nuestro debut, lo que era una locura porque ninguna sabía jugar al hockey. Recuerdo los nervios por la situación y por las ganas de competir, creo que es algo que tenía desde adentro, además estaba acompañada por mi mejor amiga y por eso fue un día inolvidable.

En aquella época los comienzos eran diferentes de como son para las chicas ahora, porque tenías que estar un montón de tiempo en la séptima división, que era la inicial. Hay que tener en cuenta que el hockey no era lo que es ahora, era un deporte más, sin tanta trascendencia. Todas en el grupo estaban super comprometidas, pero en mi casi personal, sabía que me encantaba la competencia en todo, porque también hacía tenis y equitación y me gustaba esa adrenalina. Con el paso de los años, me di cuenta que mis compañeras de la selección estaban en la misma sintonía que yo. Siempre voy a recordad que antes de arrancar mis padres me habían dicho: “A ver si te enganchás”. Y evidentemente la pegaron porque me enganché (risas)”.

El fulgor y resplandor de aquellas Leonas originales, es un faro que ha inspirado a varias generaciones. Como escribió Gustavo Cerati: “Los vestigios de una hoguera”, esa que ardió a partir de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 y ha sido un espejo donde gran cantidad chicas se han mirado y que tuvo, en buena parte, su origen, en esa tarde del club Belgrano

Facundo Ardusso y Agustín Canapino

Agustín Canapino “En la foto tendía 5 o 6 años. Recuerdo que me lo regaló mi viejo y sentí mucho miedo"
Agustín Canapino “En la foto tendía 5 o 6 años. Recuerdo que me lo regaló mi viejo y sentí mucho miedo"

También los fierros tienen su lugar aquí, porque los sueños, en muchos casos, aceleraron casi con los primeros pasos de la niñez, como para Facundo Ardusso y Agustín Canapino. El primero es Bicampeón del Súper TC 2000 (2017 y 2018), donde lidera el campeonato y también se consagró en la Fórmula Renault en 2009. “Recuerdo aquel regalo: fue un autito que según me cuentan no lo soltaba nunca. Tenía un año y me lo regalaron mis abuelos paternos Ademar y Tina. Debe haber sido mi primer contacto con un coche, al menos de juguete. Creo que allí empecé a escribir mi historia con el automovilismo”.

El segundo, cuenta en su haber con cuatro títulos del TC y es actual líder del certamen. Ha obtenido la corona en Súper TC 2000, Top Race, TC Pista y Copa Mégane. Ambos conforman, junto a Matías Rossi: “En la foto tendía 5 o 6 años. Recuerdo que me lo regaló mi viejo y sentí mucho miedo (risas), Me quedó acelerado a fondo, me estrellé contra las gomas y me lastimé todo. No me volví a subir a nada hasta que tuve 13 años, porque seguía con temor. En esa imagen tengo poca pasta y pinta de piloto, lo mío es un milagro (risas)”.

Facundo Ardusso “Recuerdo aquel regalo: fue un autito que según me cuentan no lo soltaba nunca"
Facundo Ardusso “Recuerdo aquel regalo: fue un autito que según me cuentan no lo soltaba nunca"

Hugo Conte

En la década del ‘70, había un chico que como tantos, andaba por cada uno de los rincones de la sede central del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, enclavada en el centro porteño. Le gustaban varios deportes, pero en sus horas de recreación, no existía el vóley. Sin embargo, llegaría a ser su más alto exponente de nuestro país

“Durante mucho tiempo de mi infancia hice natación, desde los 4 hasta los 12 años, incluso compitiendo para el club, pasándome varias horas en la pileta de la sede, a puro entrenamiento. También jugaba al fútbol y recuerdo la necesidad de hacer la mayor cantidad posible de deportes de equipo. Un día pasé por las canchas de vóley, donde mi vieja jugaba asiduamente y de a poco me empezó a gustar, hasta que pasó Daniel Troya, el entrenador de mini vóley y como yo era muy alto, me invitó a ir a practicar. Tuve la suerte de aceptar y arrancar con lo que fue mi gran pasión”.

“Tuve la posibilidad de entrar muy temprano a la selección, con apenas 16 años, cuando ni siquiera estaba en la primera de GEBA. Desde el primer día que arranqué con el vóley, fue un disfrute absoluto, la verdadera esencia del deporte: la diversión. Quizás por eso aguanté hasta los 43 años en que me retiré. Jamás me abandonó la sensación de divertirme dentro de una cancha, ese fue mi motor y creo que es el mejor mensaje para los chicos”.

Javier Frana "cuando tenía 17 años fui al Sudamericano pensando que era el peor y terminé ganando singles y dobles por equipos"
Javier Frana "cuando tenía 17 años fui al Sudamericano pensando que era el peor y terminé ganando singles y dobles por equipos"

Javier Frana

Llegó a ser un emblema del tenis a la hora de representar al país, no solo en la Copa Davis, sino también los Juegos Olímpicos, donde obtuvo el bronce en Barcelona 1992, conformando una excelente dupla con Christian Miniussi.

“Empecé a jugar al tenis en mi ciudad, Rafaela, provincia de Santa Fe, cuando era muy chiquito, al punto que arrastraba la raqueta, porque no la podía ni sostener. La historia tiene mucho que ver mi papá, que en su infancia fue de clase baja, tanto que vivió durante muchos años en una casilla de ferrocarril, hasta que se casó. De a poco se hizo su propia casita, creció, armó su empresa. Un día le dio curiosidad, anotó a la familia en el Jockey Club de Rafaela y comenzó a jugar al tenis con mi mamá. Pronto fuimos todos y el club se convirtió en la extensión de nuestro hogar. Cuando fui un poco más grande y dejé de arrastrar la raqueta (risas), me contaron que pasaba el día en el frontón, no solo con el tenis, sino que comía ahí y jugaba a la pelota con mis amigos.

Aprendí el tenis como un juego, nunca con la intención de dedicarme a eso. Cuando yo ya tenía 13 o 14 años, se sabía que había una mega estrella que se llamaba Guillermo Vilas, pero de casualidad le conocíamos la cara, solo por verlo a veces en la televisión o las revistas. El tenis profesional estaba muy lejos de nosotros y ahí engancho con una historia personal muy particular. Estando en la primaria, como parte de una actividad más, nos llevaron al Centro Cultural de Rafaela a ver el documental sobre Wimbledon. Era fascinante, pero más aún lo fue cuando el destino me permitió estar ahí, con una emoción tremenda.

El Jockey Club se caracterizó siempre por contratar muy buenos profesores y tuve la suerte de tener a Felipe Loccícero, el maestro de Vilas, durante un verano. Con él comencé a descubrir el tenis. Ya en la adolescencia se dio el tema de los viajes a disputar torneos, pero siempre acompañado por el grupo, cosa que hacía más digeribles las derrotas. Tuve la fortuna con 17 años en 1984, en el último en la categoría de juveniles, de conseguir buenos resultados, inesperados para mí, sinceramente. Fui al Sudamericano pensando que era el peor y terminé ganando singles y dobles por equipos. En ese momento, estaba con los tests vocacionales, para definir que iba a estudiar. Los resultados daban que tenía que ser algo al aire libre y por eso estaba entre agronomía y profesorado de educación física y mirá lo que salió (risas).

Nadia Cutro "Yo iba al taller de mi viejo me pasaba el día entero allí. En esta foto, según mi mamá, tendría un año y tres meses”
Nadia Cutro "Yo iba al taller de mi viejo me pasaba el día entero allí. En esta foto, según mi mamá, tendría un año y tres meses”

Carlos Navarro Montoya

En la mayoría de los casos, los pibes juegan al fútbol con sueños de goleadores. El ir al arco no está entre las prioridades, salvo para algunos chicos que tienen claro que debajo de los tres palos anida la felicidad en el potrero. Así fue para aquel Mono Navarro Montoya de la infancia

“Me crié en Floresta y allí nació mi pasión de jugar a la pelota en la placita Velez Sarsfield, enfrente de la iglesia de La Candelaria. Mi mundo giraba por allí, ya que estudié en la misma zona, en la escuela Licenciado Don Mauro Fernández, en Bacacay entre Emilio Lamarca y San Nicolás. Cuando empecé a moverme un poco más y salir de aquella plaza, los picados eran en el campito de la estación Floresta, pegadito al andén del ferrocarril Sarmiento que va hacia Once. Era un potrero típico, que tenía dos arcos y allí pasábamos muchas horas. Cuando fui un poco más grande, me iba hasta el Parque Avellaneda. Fue una niñez muy linda, que la recuerdo jugando en la calle, con los amigos, dándole a la pelota o andando en bicicleta, en el marco de un barrio hermoso, que quiero mucho y en el cual tuve la fortuna de criarme.

Después de los partidos en el Parque Avellaneda, ya la historia es más conocida, porque me fui a probar a Velez Sarsfield, a donde quedé, hice parte de las inferiores, hasta el debut en primera división en abril de 1984. Siempre me gusta recordar, es que siempre fui al arco, desde que tengo uso de razón, disfruté del fútbol debajo de los tres palos”.

Esteban Guerrieri “Mis padres solían viajar a Panamá porque importaban zapatillas y me traían algunos autitos que quizá no había en la Argentina en ese momento"
Esteban Guerrieri “Mis padres solían viajar a Panamá porque importaban zapatillas y me traían algunos autitos que quizá no había en la Argentina en ese momento"

Y para cerrar, nos damos otra vuelta por un imaginario circuito de recuerdos y emociones con dos pilotos disímiles, pero con el denominador común de la pasión: Esteban Guerrieri y Nadia Cutro. El primero es el campeón más joven de la historia del automovilismo nacional, ya que con solo 15 años se consagró en la fórmula Renault. Además de otros hitos, es el único argentino ganador en Indianápolis: “Mis padres solían viajar a Panamá porque importaban zapatillas y me traían algunos autitos que quizá no había en la Argentina en ese momento. Esos que tengo en la foto son de algunos regalos de esa época. Debería tener dos años aproximadamente”

La segunda es la única campeona del Rally argentino, donde se coronó en clase Junior en 2017. Estos son sus recuerdos: “Toda la vida estuvimos vinculados al automovilismo. De chica yo jugaba con un ‘patapata’, que era un zapato plástico con un volante y lo hacía coletear. Todos los vecinos y la familia se acuerdan de eso. Yo iba al taller de mi viejo me pasaba el día entero allí. En esta foto, según mi mamá, tendría un año y tres meses”.

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