El año 2025 y el inicio de 2026 se está consolidado como un punto de inflexión histórico. El mundo que conocíamos ya no volverá a ser igual. Conflictos bélicos activos conviven con una percepción de la realidad crecientemente mediada por discursos políticos y decisiones de líderes que parecen responder más a lógicas virtuales que a los problemas concretos que enfrentan las sociedades.
Estados Unidos y el retroceso climático en la agenda internacional
Uno de los ejemplos más tangibles de la desconexión entre los políticos y la realidad es el cambio climático. Hoy resulta difícil imaginar un planeta sin calentamiento global ni menor frecuencia de eventos extremos, como olas de frío y calor, inundaciones o sequías prolongadas; sin embargo, muchos líderes y políticos insisten en que son noticias falsas. Esta ficción choca frontalmente con los datos científicos y la experiencia cotidiana de millones en todos los continentes.
Hace no mucho tiempo, el cambio climático ocupaba un lugar central en las agendas multilaterales, con líderes de todo el mundo proclamando su relevancia estratégica y la urgencia de diseñar herramientas eficaces para proteger a las próximas generaciones. Hoy cabe preguntarse si el calentamiento global “se ha enfriado” en la conciencia política o si, por el contrario, se ha instalado una peligrosa línea de acción que diluye la necesidad de acelerar la transición hacia energías limpias y de reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. La pregunta no es retórica: mientras la ciencia insiste en la gravedad del problema, el compromiso político parece retroceder.
En este contexto, las promesas y decisiones de quien hoy ocupa la presidencia de los Estados Unidos adquieren una relevancia particular: Donald Trump ha reiterado posturas de escepticismo climático, ha priorizado el desarrollo de combustibles fósiles y ha impulsado el retiro de su país de acuerdos y organismos internacionales clave en la gobernanza ambiental, lo que debilitó la cooperación, la investigación y el financiamiento global en materia de clima.
No fue un giro inesperado, por lo que las declaraciones previas a su ejecución que hizo el mandatario deberían haber llevado a la comunidad internacional a reflexionar sobre el costo de no haber tomado con seriedad los anuncios de una política orientada a desmontar los consensos construidos en torno a la crisis climática. Esto debilita aún más cuestiones críticas como la seguridad alimentaria: el avance del cambio climático y sus impactos negativos sobre la producción agrícola y ganadera amenazan directamente la oferta de alimentos y tensionan las cadenas de suministro globales, ya hoy expuestas a mayores riesgos de disrupciones, encarecimiento y escasez en productos básicos.
La mirada de China frente a un mundo en cambio
Frente a la probable eliminación o al drástico recorte de las contribuciones económicas de Estados Unidos –que en 2023, bajo la administración Biden, alcanzaron 9500 millones de dólares en finanzas públicas internacionales, y más de 1000 millones comprometidos al Fondo Verde del Clima–, la comunidad internacional enfrenta un vacío de liderazgo climático que tensiona los esfuerzos multilaterales y agrava la vulnerabilidad de los sistemas alimentarios globales ante eventos extremos.
En este contexto, emerge China impulsando una diplomacia climática para ocupar los espacios abandonados, basada en su dominio tecnológico como líder en energías renovables, cadenas de suministro de paneles solares y vehículos eléctricos, y compromisos ambiciosos de descarbonización equilibrados con su desarrollo sostenible. Sin embargo, su posición como mayor emisor global y la dependencia del carbón generan tensiones entre sus metas ambientales y el crecimiento industrial.
La Unión Europea (UE) se encuentra en esta misma línea. Históricamente, ha demostrado, a través de sus políticas climáticas ambiciosas, su compromiso de alcanzar la neutralidad climática en 2050 y reducir las emisiones un 55% para 2030. De forma diplomática, el comisario europeo de Acción Climática lamentó la retirada de Estados Unidos de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC) y subrayó el compromiso de la UE con su agenda de transición ecológica, competitividad, independencia energética y cooperación internacional.
Al mismo tiempo, es evidente el debilitamiento de Europa en el plano internacional, a la par de una intensa búsqueda de soluciones al que se considera el problema más acuciante del continente: el desafío de la seguridad frente a la hostilidad entre Estados Unidos y Rusia.
Asimismo, resulta claro que la administración Trump ve a Europa como clave en su esfera de influencia, pero con una estrategia basada en la fragmentación del comercio internacional: le exige mayor contribución en Defensa e impulsa políticas que generan divisiones en el bloque europeo mediante el apoyo a partidos que rechazan las actuales políticas ambientales y abordan de forma conflictiva temas sensibles como la migración y los derechos humanos.
La decisión que ha de tomar Europa varía entre desarrollar su propia autonomía estratégica –y buscar ser un actor global independiente– o adoptar una política de sumisión para evitar una confrontación total. Mientras tanto, países en desarrollo, dependientes de cadenas de suministro frágiles, enfrentan el mayor riesgo, lo que subraya la necesidad de invertir en tecnologías resilientes, variedades de cultivo adaptadas y sistemas de riego eficientes.
El recorte de financiamiento climático, la falta de liderazgo ambiental y los conflictos bélicos aún sin solución complican la transición hacia una economía descarbonizada, lo que obliga a la comunidad internacional a priorizar soluciones locales y nuevas alianzas para fortalecer la capacidad adaptativa ante un futuro realmente incierto.