Por primera vez en tres años, Irán vuelve a enfrentar protestas masivas desencadenadas por el complejo marco económico que vive el país, pero también con un alto componente político, que ejerce presión sobre el régimen encabezado por el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei.
Irán, entre protestas masivas y represión
El comienzo del conflicto entre la población y agentes de las fuerzas de seguridad se registró el 28 de diciembre de 2025, con base en el revés económico que recibió el país el año pasado.
La economía iraní experimentó un aumento sin precedentes en la tasa de interés y una fuerte depreciación de la moneda. Se estima que con 1 Rial iraní se puedan comprar US$0.0000010. Por otro lado, estadísticas oficiales del centro estatal de estadísticas de Irán arrojaron que la inflación alcanzó el 42,2 % en diciembre de 2025, un aumento del 1,8 % en comparación con noviembre.
Los rumores de un aumento de impuestos para el 2026 motivaron y provocaron que las manifestaciones se esparcieran a más de 27 ciudades iraníes, incluyendo Shiraz, Isfahan, Kermanshah, Mashad y el centro del poder político-religioso y capital del país, Teherán.
Las consignas económicas pasaron a un segundo plano con la aparición de banderas antiguas de Irán, con el león y el sol, que utilizó el país durante la época del Sha. De aquel antiguo orden monárquico solo queda el hijo del último rey, Reza Pahlavi, quien desde el exilio impulsó a los manifestantes a permanecer en las calles.
Tras dos semanas de represión, funcionarios del gobierno reportaron varios miles de muertos entre civiles y fuerzas de seguridad, y al menos 16.000 detenidos, que enfrentan cargos por amenaza a la seguridad nacional. Además, el régimen de los Ayatolás impulsó un apagón de internet y telefonía para limitar la coordinación de los manifestantes, así como la viralización de imágenes y videos sobre el estado de las calles.
A este duro marco represivo se le suman los intentos del poder judicial para enjuiciar con rapidez a los protestantes, incluso con penas de muerte, bajo el pretexto de constituir una amenaza a la seguridad nacional.
Uno de los casos bisagra es la posible ejecución de Erfan Soltani, un manifestante de 16 años condenado a muerte por “moharebeh”, traducido al español como “guerra contra Dios” según la ley iraní.
El futuro de Irán y el régimen de los Ayatolás
Para entender más sobre el proceso que atraviesa Irán y los posibles escenarios que incluyen el rol de Estados Unidos e Israel, DEF contactó al analista internacional y experto en temas islámicos, Pablo Wehbe.
—¿Cuál es la génesis de las protestas que hoy enfrenta Irán?
—La devaluación del Rial, la inflación del 70%, el desabastecimiento del combustible, la desocupación y otros índices económicos generaron un descontento en el Bazar -el verdadero centro alrededor del cual gira la vida de gran parte de los ciudadanos de Teherán-, el pasado 28 de diciembre. Desde allí, a la furia de los pequeños comerciantes se sumó la protesta de los estudiantes y las mujeres por mejores condiciones en lo que a derechos respecta.
Al igual que en otras crisis, el régimen respondió con brutal represión y el “apagón informático” para que la sociedad no pudiera informarse a través de internet respecto de los sucesos en el resto del país y lo que se planteaba en el resto del mundo.
—¿Cómo se compara en objetivos y efectos con las manifestaciones del 2009, 2022 y la del 2019, desencadenada por el precio del combustible?
—Las crisis iraníes de 2009 y 2022 fueron diferentes, pero reflejaron tensiones profundas: la de 2009, bajo la denominación Movimiento Verde, fue por denuncias de fraude electoral luego de los comicios del 12 de junio, donde llamativamente Mahmud Ahmadinejad logró su reelección en primera vuelta.
La crisis iraní de 2019 fue una explosión de protestas antigubernamentales masivas, desencadenadas por el aumento del precio del combustible en noviembre, que rápidamente escalaron hacia demandas de cambio de régimen, exponiendo un profundo descontento económico por la mala gestión, la corrupción y las sanciones internacionales, resultando en una represión letal por parte de las autoridades, con cientos de muertes, detenciones masivas y violaciones de Derechos Humanos, sumándose a una crisis regional de tensiones con Estados Unidos e Israel.
En cambio, la crisis de 2022, enmarcás en las protestas por la muerte de Mahsa Amini cuando se encontraba bajo custodia policial, fue un levantamiento popular más amplio contra el régimen teocrático, centrado en los derechos de las mujeres y la libertad, aunque ambas comparten raíces en la represión estatal y la crisis económica, agravada por sanciones internacionales y mala gestión.
Si se busca algún eje común, en todos los casos las protestas derivaron en cuestionamientos a la legitimidad del sistema y en reclamo de mayores libertades y apertura política. Pero la crisis actual es diferente en cuanto se ha puesto en tela de juicio la legitimidad de la estructura clerical suprema en manos de Alí Jamenei, hacia quien los manifestantes reclaman “muerte”.
—¿Qué consecuencias podría traer este contexto de represión y muertes, que habrían llegado a la cifra de los 3.428 entre manifestantes y agentes de seguridad?
—Todo va en detrimento de una legitimidad sistémica que las sucesivas crisis han venido erosionando. Hoy existe un Irán con una cúpula clerical envejecida frente a una sociedad joven que busca respuestas y soluciones y no las encuentra. Pero, cabe destacar, que la oposición carece de herramientas para poner en jaque a la estructura político-clerical. Si, en cambio, Estados Unidos -junto con Israel- profundizan sanciones y proceden a un nuevo ataque, podría acelerarse la resolución de la crisis interna que se está planteando ante el final -probable- de la vida de Alí Jamenei entre los pragmáticos y los conservadores. De todas maneras, no se está en condiciones de afirmar que un pueblo como el persa pueda aceptar pasivamente que desde el exterior se pretenda generar un cambio de régimen.
—¿Ves posible un escenario de cambio en Irán? Si es así, ¿qué lugar tiene la oposición en un esquema político sumamente controlado por el líder supremo, Alí Jamenei?
—Es muy difícil predecir algo tan sensible. Por la experiencia de todos estos años, no se ve que la oposición tenga liderazgos fuertes y creíbles como para desestabilizar al actual régimen. Lo único que desestabiliza al régimen es, indudablemente, la influencia de las circunstancias externas. No hay que olvidar que en la República Islámica de Irán no existen partidos políticos permanentes, sino que se autoriza la aparición de movimientos solo unas semanas previas a las elecciones.
Ruhollah Jomeini, el primer líder supremo, sostenía que la existencia de partidos políticos permanentes era una forma de generar nuevas deidades, por lo que los prohibió en 1988. Eso también juega en contra de cualquier posibilidad de cambios “desde adentro”. Pero no hay que descartar que desde el sector clerical existan personas -y facciones- que busquen evitar más conflictos internacionales que agraven la situación financiera y económica del país, que solo subsiste por aliados que permiten realizar exportaciones de crudo evitando las sanciones.
La crisis es muy aguda; no hay recursos, las refinerías necesitan reparaciones, hay una importante generación joven que quiere otro futuro y el sector político, más abierto y flexible, no tiene los márgenes para dar respuestas.
Cabe recordar que en Irán se conjuga la visión chiita que no acepta la política y la religión como caminos separados, sino como parte de una misma noción. De ahí la tan particular estructura político-constitucional de este país, donde existen poderes públicos elegidos democráticamente -presidente por voto directo y a doble vuelta, Majlis o Parlamento-, todo subordinado al examen de legitimidad coránica que hace el Ayatolá Supremo, Alí Jamenei.
—Por otro lado, aparece la figura de Reza Pahlavi en el exilio y con una propuesta democrática. ¿Es viable su irrupción en la política iraní?
—A esta pregunta se le contesta con un rotundo no. El hijo del Sha se ha sumado a las manifestaciones, pero nada permite decir que sus discursos y mensajes hayan promovido o acentuado el fastidio popular. Es más, no es bien visto que alguien que vive a cuerpo de rey en el exterior gracias al dinero que su padre sustrajo del país días antes de morir, aparezca como el “salvador”.
La propuesta es más libertad, eliminar la tutela clerical, más derechos y más apertura hacia una región que jamás vio con simpatía a la Revolución Islámica, con excepción de los movimientos irregulares que comenzaron a ser financiados desde Teherán.
—¿Cómo crees que Estados Unidos, Israel y Europa podrían intervenir con el antecedente reciente de Venezuela y la captura de Nicolás Maduro?
—No se avizora posibilidad de una acción parecida a la de Caracas, aunque se sabe que hay infiltrados en las manifestaciones y generando las condiciones para que el régimen reprima con más dureza. Esto, paradójicamente, podría hasta ser un lastre para la oposición democrática, pues, pese a todo, ni Israel ni Estados Unidos parecen ser un ejemplo a seguir o imitar para la sociedad iraní. Diferente es el caso de Europa, pero hasta se puede ver que la Unión Europea tiene enormes dificultades para lograr una Política Exterior y de Seguridad Común, y -de hecho-, los Estados Unidos bajo la administración Trump usan y abusan de esa carencia para influir en Medio Oriente.