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La agenda de una mujer muerta desata preguntas sobre la fe y el misticismo en pleno Constitución

Infobae Cultura publica un fragmento de “Hotel Cosmos”, la tercera novela de Carla Maliandi, en la que construye una historia sobre la incertidumbre, los vínculos y los misterios que nadie logra descifrar del todo

Carla Maliandi (Alejandra López)

Carla Maliandi sitúa Hotel Cosmos en Constitución, donde un hombre encuentra la agenda de su esposa muerta poco antes y se enfrenta a una serie de citas ambiguas. El cuaderno abre preguntas sobre la fe, el misticismo y una posible revelación.

Maliandi nació en 1976 y es dramaturga, escritora, directora teatral y docente. Estudió en la Universidad Nacional de las Artes, donde actualmente dicta clases en la licenciatura en Artes de la Escritura.

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La novela retoma la incertidumbre sobre el lugar que cada persona ocupa en el universo y la dificultad de conocer a los demás. Es el tercer libro de la autora, después de La habitación alemana, publicada en 2017, y La Estirpe, de 2021. La primera fue traducida al inglés, alemán, francés y portugués; la segunda integró el Mapa de las Lenguas, fue traducida al portugués y será publicada por New Directions de Nueva York.

"Hotel Cosmos" (RH), de Carla Maliandi

Infobae Cultura publica un fragmento:

I

Desde mi ventana del hotel se ve el techo de la estación. Más atrás, muchas calles y edificios más atrás, existe una terraza en la que una mañana de diciembre regué unos ficus, corté un salamín antes de almorzar y dije a mi esposa: este es el día más feliz de mi vida. ¿Lo dije o lo pensé? Lo dije, y un instante después sentí vergüenza. Ella no me escuchó o fingió no escucharme. En todo caso no respondió nada. El clima de esa mañana cambió de pronto. Mi ánimo se nubló como el cielo. Ella propuso que mejor entráramos, que estaba por largarse a llover. Levantamos los vasos, la botella de vino, la panera, los platos, los cubiertos. Armamos la mesa adentro y mientras terminábamos el almuerzo recordó que había quedado ropa colgada en la terraza.

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Siempre pensé que a nosotros nos pasaban cosas que a los otros no. Buenas y malas.

Esa vez fue mala.

Mi esposa me dejó hablando solo en la mesa, volvió a la terraza en medio de la lluvia y mientras descolgaba una de sus camisas preferidas, un rayo le cayó encima y la mató.

Pasaron varios meses desde ese día y pasaron muchas cosas en todas partes, pero en mi vida todo se detuvo. Cambiará el universo pero yo no, escribí una tarde en una libretita que había sido de ella. Arranqué la hoja y la pegué con un imán a la heladera. Volví a fumar, después de diez años de haber dejado. Conseguí una licencia por duelo y casi no me moví más de casa, salvo por las salidas al kiosco a comprar cigarrillos. Ya nada me importaba nada. Excepto una cosa que me taladraba el cerebro y a la que no podía ser indiferente por más que quisiera. En el lapso de esos meses, frente a mi departamento, abrieron un Supermercado Express, uno de esos mercaditos de cadena europea, que mantenía andando sus heladeras a fuerza de un generador eléctrico encendido las veinticuatro horas. Una especie de turbina de avión que me trepidaba los nervios de día y de noche.

Es el estado de duelo que empeora todo, no puede ser tan terrible, date tiempo. Algo así me decían cuando me quejaba del problema con algunos pocos amigos. Los días eran malos y las noches eran peores. Buscaba a mi esposa en su lado del colchón, la buscaba sabiendo que no estaba, la buscaba para acurrucarme en el vacío y llorar hasta dormirme. Pero el zumbido del mercado me descomponía, me distanciaba de la melancolía, del llanto y del sueño.

Cuanto más esfuerzo se hace por dormir peor es. En esas noches de insomnio habría que renunciar al descanso; simplemente levantarse, preparar el desayuno, aunque afuera esté oscuro, y pensar lo que se va a hacer en el día. Yo solo deambulaba sin rumbo dentro de casa. Me llevaba por delante los muebles y sus cosas desparramadas por todas partes. Durante su vida, mi esposa juntó una cantidad enorme de papeles, libros y objetos. Y guardó papeles, libros y objetos de los muertos de su familia. Restos de otras casas en mi casa. Cosas, más perdurables que sus dueños, con las que yo ahora tropezaba. Objetos que solo conseguían recordarme, sin maldad, que de las maneras más obvias o menos pensadas todos vamos a morir. Cajas sin abrir con pertenencias de sus padres y sus abuelos, infinidad de cuadernos, infinidad de libros, también en inglés, en alemán, en italiano, cassettes de audio, discos, cuadros con firmas indescifrables, partituras, fotos de todas las épocas, un baúl, otro baúl, un cofrecito con anillos, collares enredados, pulseras y una crucecita suelta. Una crucecita de plata que supuse habría sido de mi esposa, tal vez de su primera comunión, y que su madre atesoraba. Lo supuse porque tenía su nombre en el centro: FRANCA. La imaginé a sus diez años agarrando esa cruz con sus manos chiquitas y húmedas. Me quedé mirando las letras grabadas en el metal, leyendo y repitiendo su nombre en voz alta. Franca…, mi amor. Franca… perdida para siempre.

Casi nunca nos llamábamos por nuestros nombres, excepto las pocas veces que estuvimos enojados. Franca es un nombre con una carga enorme. Podía haberse llamado Mariana, Paula, Valeria o alguno de esos nombres de su generación que no pretenden nada. Al llamarla así, la obligaron para siempre a la sinceridad. No sé si por su nombre o por cómo era nuestra vida juntos, no podía tolerar que Franca me ocultara algo o me mintiera. Hablamos de eso alguna vez. O más de una vez. No mientas, Franca. Lo dije, por ejemplo, una noche bajo la niebla. Uno de los momentos más incomprensibles de nuestra vida juntos, y que ahora vuelve a mi memoria todo el tiempo. La había llamado toda la tarde sin respuesta y cuando por fin, ya casi de noche atendió, parecía agotada. Le pregunté dónde estaba y si estaba bien. Sentada, me dijo, descansando.

¿Dónde?, volví a preguntar.

En el banco de una plaza.

¿Qué plaza?

La Plaza España.

Le pedí que me esperara y fui a buscarla. Yo sabía que esa plaza había sido uno de los territorios de su infancia. Me había contado esas escenas de su pasado cientos de veces: los mediodías volviendo del colegio, las tardes aprendiendo a andar en bicicleta mientras su padre leía abstraído, sentado en alguno de esos bancos. Esa plaza era el epicentro de una geografía poblada por talleres mecánicos, fábricas abandonadas, antiguas mansiones en ruinas, prostíbulos y manicomios. Tomé el subte hasta Constitución y caminé por las calles desiertas que hay al costado de la estación. El sol iba desapareciendo atrás de los árboles y las cúpulas oxidadas de los edificios. Entré a la plaza por un camino de asfalto bordeado de jacarandás y lapachos enormes. Solo se escuchaban mis pasos y lejos, la bocina de un tren. Una estatua interrumpía el camino: un hombre desnudo, tendido, con un escudo entre las manos, un gladiador de piedra que yacía herido junto a su espada. Unos metros atrás, en uno de los bancos, estaba Franca. Sus ojos me miraron sin terminar de enfocar. Le pregunté qué estaba haciendo ahí y por qué no me había atendido el teléfono.

Estaba caminando.

¿Cómo caminando?, ¿por acá?

Sí.

El día se había apagado y la noche empezaba a cubrir los árboles, el pasto, las estatuas y a nosotros mismos con una bruma densa. Yo repetía las preguntas como si al repetirlas pudiera evitar el espanto que me iba creciendo adentro.

¿Por acá?, ¿toda la tarde?

Sí.

No mientas, Franca.

La escena era tétrica. Ella tenía un vestido negro que no le había visto nunca, demasiado liviano para el frío que hacía. Su cara estaba rara, maquillada, parecía otra persona, murmuraba palabras como si pensara en voz alta.

Esto es una cosa de locos, entendí que dijo.

¿Qué cosa?

Este mundo.

Después se quedó callada mirando el cielo y me preguntó muy seria si yo alguna vez había intentado dimensionar el tamaño del cosmos.

¿Cuál cosmos?

El cosmos, dijo, el espacio allá arriba, todo lo que nos rodea.

Miré ese cielo plomizo, grisáceo. No sé, infinito, contesté y volví a preguntarle qué le pasaba, qué había estado haciendo toda la tarde.

Estuve pensando en eso, en todo eso… Me contestó con los ojos llorosos.

Su expresión me descolocó, me dio un poco de risa, quizás por nervios. Le pregunté qué cosa quería decir con eso, si era un chiste, pero ella estaba más seria que nunca. Y entonces me dio miedo. Bajé la cabeza y después volví a mirarla. No era tristeza lo que veía en ella, sino una especie de lucidez demasiado grande para caber en su cara. Una lucidez para la que no estaba preparada. También pensé que podía estar pasada de agotamiento o peor: que algo dentro de ella había cedido. Que los duelos, las pérdidas y todos los golpes de los últimos años, a los que siempre había respondido con un humor improbable habían terminado por quebrarla.

Tal vez yo tenía que abrazarla o decirle algo que la animara, pero cualquier palabra me parecía ridícula ante la magnitud invisible de lo que estaba pasando. Insistí con las preguntas, quería sacar algo en limpio y quedarme tranquilo. Ella seguía absorta en sus pensamientos, posaba su mirada en la espalda desnuda del gladiador, en sus piernas talladas, su espada, en las sandalias romanas esculpidas sobre los pies de piedra. Mis palabras rebotaban en su ensimismamiento. Después de un rato sin saber qué hacer, resolví que lo mejor era buscar un taxi, volvernos a casa y cambiar de tema.

De pronto, solo y atontado por el insomnio, recordé ese momento que había decidido borrar de mi memoria. Deambulé por la casa con la crucecita en la mano, nervioso, como si todavía pudiese interrogarla y entender qué le estaba pasando.

El ruido del motor me desconcentró y mis ideas volvieron a desordenarse. Salí al balcón y parado frente al mercado grité algún insulto. Un perro en un balcón cercano salió a ladrar más fuerte que yo y después se puso a aullar. Me callé. Quedé quieto y agotado. Proyecté algo que nunca me animaría a hacer: armar una molotov, lanzarla de madrugada y volar ese motor con todo lo que lo rodeaba. Motor, mercado, vecinos, perros. Con el puño cerrado estiré el brazo calculando mi puntería, detenido un instante en ese gesto. Estar despierto a esa hora, solo, planeando un atentado, parecía la vida de otro, una película o una alucinación. Salí de ahí, cerré el balcón y de nuevo adentro busqué algún reservorio de calor en la cama. Puse la crucecita de plata en la almohada vacía y esperé a que el sueño me venciera.

¿Cómo podían los vecinos dormir con ese ruido? ¿Ya lo habían aceptado, se habían rendido antes de ni siquiera quejarse? Sin salir de casa y hundido por el sueño, hice por teléfono todas las denuncias posibles a todas las instituciones, entidades y oficinas que pudieran responsabilizarse. Pero no tenía esperanzas de que el asunto se resolviera y cada día se arrastraba detrás del otro sin novedades.

Los pensamientos del insomnio no se parecen a los de la vigilia ni a los del sueño. Se amontonan sin dirección ni gracia. Los minutos hacen presión sobre los ojos abiertos, se van acumulando uno más pesado que el otro. En la oscuridad de la habitación la mirada no apunta a ningún lado, se clava en un rincón del techo y se vuelve hacia adentro. Y el adentro, en el insomnio, suele ser un lugar pantanoso de pensamientos sin forma sobre deudas, culpas, arrepentimientos. Una enumeración de pérdidas y de sentimientos contradictorios que flotaban en el ruido.

Las noches más lúcidas repasaba nuestro último día juntos. Nuestras conversaciones, todos nuestros gestos. Arrancaba y volvía a empezar. Tenía que haber algo. Algo atrás de los movimientos y de los gestos, algo atrás de las palabras y de la fachada de las cosas, algo que expusiera cómo es todo realmente, cómo es el mundo: una cosa de locos, como había dicho Franca. Una cosa sin sentido, como pensaba ahora yo.

Esa mañana en la terraza, cuando dije este es el día más feliz de mi vida, en realidad quise decirle que la amaba. Quise decirle que cuando la miraba podía ver en su cara todas las edades que había tenido y todas las que todavía estaban muy lejanas en el futuro. Y que todas me gustaban. Después, en el almuerzo, hablé mucho para llenar el silencio. Conté anécdotas que ella ya conocía, expliqué por qué el vino que estábamos tomando era igual de bueno que otro de la misma bodega que costaba la mitad, y seguí mi discurso, un monólogo apenas interrumpido por ella para asentir cada tanto a mis afirmaciones, a las razones, muchas y contundentes, por las que yo encontraba que era fatídico el rumbo que llevaba la economía en nuestro país y las diversas maneras en que nos arrastraría a la ruina. A veces pienso que cuando le hablaba lo que en realidad hacía era sostenerme en su mirada para pensar, para escucharme a mí mismo, para clasificar mis ideas, confrontar mis lecturas y enriquecer mis recuerdos. ¿Cuánto le importaba a ella realmente lo que le decía? Yo sabía que detrás de su expresión atenta muchas veces su pensamiento vagaba por lugares remotos hasta perderse.

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