Hay un momento, antes de llegar a San Antonio de Areco, en que por la ventana se mete el campo. Un campo chato, verdísimo, infinito: “vértigo horizontal”, describía Borges. A mí me da, más bien, amplitud, espacio, aire. Todo, ahí nomás de Buenos Aires.
Así se llega, así llegamos a San Antonio de Areco en un micro cargado de gente de la Academia de Letras. Van a dar una conferencia porque se está cumpliendo un siglo de la publicación de Don Segundo Sombra, la novela que Ricardo Güiraldes sacó un año antes de morir, a los 41 años. Y Don Segundo Sombra empieza acá, justo acá.
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“En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo”, escribió Ricardo Güiraldes. Por eso corre una emoción cuando el micro para y ahí está el puente. Y cuando, al final de todo, un hombre grande y estudioso como Rafael Oteriño, que hoy es el presidente de la Academia Argentina de Letras, pida una foto en ese puente con el que soñó tantos años.
Porque la gente de Letras es así: a poco de llegar, cuando la comitiva se acomoda en el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, Oteriño toma el micrófono y, además de las formalidades del caso, cuenta algo personal: que cuando era adolescente tenía en su pieza una imagen de Güiraldes, como quien tiene un retrato de un ídolo de fútbol o de una figura del rock.
Aquí, escuchando la charla, hay unos cincuenta arequeros, está su intendente, Francisco Ratto, y también el director del museo, Patricio Santos Ortega. Y están, como se puede prever, entre paredes que exhiben ponchos, espuelas, fotos de gauchos, una foto de un Ricardo Güiraldes muy buen mozo, allá en el fondo.
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La obra de Güiraldes, dice Oteriño, está vigente. Para demostrarlo, cita una frase: “Y el sueño cayó sobre mí como una parva sobre un chingolo”, dice. Y desafía: “Díganme si en esta frase no está entera la Pampa y las siestas de verano y el adolescente que fuimos de regreso a las casas luego de un largo día de cabalgar”. El público asiente. Los que somos más urbanos nunca fuimos “de regreso a las casas luego de un largo día de cabalgar” pero acá en Areco la experiencia es compartida.
Don Segundo, ese tiempo pasado que fue mejor
Don Segundo Sombra, la obra por la que —lo dice Oteriño—“empezamos a descubrir el nombre de Areco”, habla de ese gaucho, Don Segundo y de Fabio Cáceres, un joven huérfano —“‘guacho’, como seguramente dirían por ahí“—, que vive con unas tías, anda suelto, pesca y se va a vender sus bagres a la pulpería La Blanqueada. Ahí va a llegar un gaucho, don Segundo Sombra. Un hombre. Un hombre que sabe trabajar, que sabe defenderse, que es libre y sereno. Fabio se va a ir con él a aprender a vivir, a aprender a ser gaucho cuando los gauchos ya casi no existen. Hay algo de nostalgia en ese mundo viejo y bueno, algo de otro tiempo pasado que fue mejor. “Me fui, como quien se desangra”, contará Fabio cuando su vida tome otros rumbos: es la frase más famosa del libro.
Algo de esa nostalgia se respira acá, en este museo que uno diría es colonial pero que fue construido en pleno siglo XX, cuando José Antonio, el hermano de Ricardo, era el intendente de Areco. Así lo contará, vestido de gaucho, Adolfo Güiraldes, sobrino nieto del escritor. Su padre hizo el papel de Don Segundo cuando Manuel Antín filmó la novela, en 1969. Una generación más tarde, él pasó su vida administrando campos.
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Por eso -atención, spoiler- será un poco audaz la propuesta que tire, al final de su charla, el conferencista, Javier González, que hasta 2018 fue decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina y que investigó, entre otras cosas, los libros de caballería castellanos. Con la tradición se va a meter González, con esa nostalgia. Pero falta un poco.
Falta que Oteriño subraye que las palabras de Ricardo Güiraldes en esa novela “son oraciones de una ética criolla de la que nos enorgullecemos y a la que custodiamos, como él lo hizo con el nombre de esos gauchos que iluminan nuestro pasado y que son, gracias a ustedes, a los lectores y estudiosos, nuestro honroso presente”.
Aplausos. Sonrisas. Por ahí, desde el micrófono cuentan que el director del Parque Criollo de Areco -donde está el museo- no va a estar en la charla porque “está haciendo el asado”. Más sonrisas.
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Y entonces sí, se sienta González. Que va a abrir con una frase como para que nadie mire para el otro lado: “Don Segundo Sombra no es literatura gauchesca”. Está lleno de gauchos, pero no es gauchesca.
Gauchesca no, gauchos sí
¿Por qué dice González que Don Segundo Sombra no es literatura gauchesca? Porque, explica, “la categoría genérica de la literatura gauchesca se circunscribe a poemas, no novelas ni prosas, compuestos durante el siglo XIX en Uruguay y Argentina, con características ausentes en la novela de Güiraldes. La poesía gauchesca se funda en la convención de que un autor culto urbano finge manejar lenguaje gauchesco para narrar en primera persona como un gaucho, sin serlo. Esto no ocurre en la novela de Güiraldes”. Puede haber, sí, algunas expresiones de los gauchos en boca de los gauchos, pero gauchesca es otra cosa.
Hay que pensar en otros tipos de narraciones, dice González. A diferencia de lo que pasa con las de “matriz heroica”, por ejemplo, donde el héroe sale mejor gracias a la acción del mundo sobre él y el mundo sale mejor gracias a la acción del héroe sobre él", en las de “matriz novelesca” el mundo aplasta al héroe. “En las formulaciones extremas lo derrota, a veces lo aniquila”, dice. Suena cercano.
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Pero, en todo caso, aquí el héroe debe “admitir que el mundo es como es y que no se puede hacer nada contra eso. Su proyecto, si acaso lo tuvo, no se cumple”.
¿Y Don Segundo? ¿Dónde está? ¿Heroico o novelesco? ¿Triunfador o derrotado? “La clave del éxito final de don Segundo, porque don Segundo tiene éxito, estriba en el hecho de que su proyecto es un proyecto acotado, es un proyecto posible, un proyecto prudente”, dice González. “Don Segundo no se propone, como don Quijote, un proyecto desmedido. Don Segundo, quizá de manera no del todo consciente, de manera sabiamente intuitiva, no se propone cambiar al mundo. Se propone conservar lo que pueda de ese mundo suyo que ve en trance de profunda transformación y acaso de desaparición. Y descubre con enorme sabiduría que ese espacio posible de conservación y fructificación de los saberes y los valores de su mundo es una persona. Es la persona de Fabio Cáceres. No pretende, por lo tanto, evitar que el mundo cambie. Sabe que eso es inevitable. Su proyecto no es un proyecto de máxima. Lo que él pretende es mejorar a una persona”.
Sí: acá, en ese edificio construido como colonial mucho después de la colonia, entre ponchos y espuelas, González dice que es inevitable que el mundo cambie. Acá, lo dice en la orgullosa Capital Nacional de la Tradición. Y lo dice hablando de Don Segundo Sombra.
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Y dice que Don Segundo se parece en muchas cosas a Don Quijote porque “ambos son personajes anacrónicos, pertenecen a mundos que ya no existen”. Pero que Don Quijote pierde, porque quiere cambiarlo todo. Y Don Segundo gana porque es moderado. ¿O -esto lo digo yo- pierde también, por aquello de que el que no cambia todo no cambia nada?
En fin que Don Segundo Sombra -define González- es una novela de crecimiento, de aprendizaje. Pero acá también tiene una virtud: “Lo extraordinario del planteo de Güiraldes es que no es solo el discípulo el que aprende, también el maestro aprende”.
Otra vez, el público asiente concentrado, olvidado ya del asado que va tomando su punto cien, doscientos metros más allá.
Y acá viene la propuesta audaz. “Don Segundo aprende la lección más difícil de aprender”, dice el académico. “Aprende a desaparecer: no hay ser humano que no tenga en algún momento que enfrentarse a esto”. El gaucho ha logrado hacer vivir lo viejo en lo nuevo, en Fabio. Y ahora se va. Esto revela en don Segundo la conciencia de que lo nuevo no es enemigo de lo viejo, de que el futuro no es la negación del pasado".
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Otra vez, Don Segundo “gana” por moderado: “No se propone combatir a lo nuevo como se lo propuso don Quijote o como se lo propuso, carente por completo de proyecto y de táctica, Martín Fierro”. El gaucho de Güiraldes, en cambio, rescata lo viejo no “contra” lo nuevo sino “en” lo nuevo.
Y acá vamos:
“¿Cómo lo llamamos a eso? Y me complace mucho decirlo en un lugar mítico para la cultura argentina como es San Antonio de Areco. ¿Cómo llamamos a esa operatoria por la cual lo mejor de lo viejo sobrevive y fructifica, no contra, sino en lo nuevo? A eso lo llamamos tradición. Ese es el concepto verdadero de la tradición. La verdadera tradición no es una cosa inamovible, pétrea, que no se pueda transformar, que no pueda actualizarse, que no pueda aggiornarse. Esa es una caricatura de la tradición. La verdadera tradición es esto otro. Es la dinámica permanente. La verdadera tradición es el cambio permanente adaptativo, solo que sin negociar determinados principios, determinados valores y determinadas realidades que se consideran eternas o identitarias”.
Eso escucha el público. Hay aplausos. La charla termina, hay regalos, saludos, comentarios sobre esta lectura que alguien vincula con la de Beatriz Sarlo, que habló de un “criollismo urbano de vanguardia”.
Después, la mesa larga y el asado delicioso y el hogar con los leños ardiendo. Al salir, algunos quieren ir a ver la pulpería La Blanqueada, que todavía está ahí. Algunos caminan al puente viejo, aquel de donde sale la novela. Río, olor a campo. Al lado del camino un hombre joven con boina y bombacha de gaucho desata al caballo que lo estaba esperando: es su vida de todos los días, a menos de 120 kilómetros del Obelisco. Luego sacará el celular, se irá en colectivo, usará el microondas, chateará con ChatGPT, quién sabe.
La tradición no es un cliché, la identidad no es un cliché, el tiempo no para.
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