La declaración no busca la comodidad ni la palmadita en la espalda. Al contrario, funciona como descarga eléctrica sobre la conciencia del ciudadano contemporáneo que se autopercibe libre de prejuicios. Cuando la filósofa y activista estadounidense Angela Davis lanzó la premisa de que no alcanza con el abstencionismo discriminatorio individual, desarmó de un plumazo la coartada de la corrección política global: “En una sociedad racista no basta con no ser racista, hay que ser antirracista”.
En un mundo donde la declaración de inocencia personal —el clásico “yo no soy racista”— suele utilizarse como un escudo moral, esta sentencia redefine la ética civil: la neutralidad frente a un sistema de opresión estructural no es inocencia; es complicidad pasiva. Nacida en las entrañas del sur segregacionista profundo de Birmingham, Alabama, Angela Davis creció bajo el sonido de las bombas del Ku Klux Klan que destruían las iglesias y los hogares de su vecindario.
PUBLICIDAD
Esa experiencia directa de la violencia institucionalizada la alejó de cualquier pacifismo ingenuo. Se formó en la filosofía europea bajo la tutela del pensador marxista Herbert Marcuse, asimilando las herramientas conceptuales necesarias para diseccionar las estructuras invisibles del poder capitalista. Su militancia en el Partido Comunista de los Estados Unidos y su estrecha colaboración con el Partido de los Panteras Negras la convirtieron en el objetivo principal de la administración de Richard Nixon.
En 1970, tras una persecución cinematográfica, fue arrestada y encarcelada bajo cargos de conspiración, secuestro y homicidio. Su detención desató una campaña internacional de solidaridad bajo el lema “Free Angela”, que culminó con su absolución total en 1972. La frase elegida es el resultado de décadas de conferencias magistrales universitarias y debates callejeros desarrollados en la Universidad de California, donde ejerció la docencia y la dirección del departamento de Estudios Feministas.
Aunque forma parte de sus arengas orales más potentes, la idea central quedó plasmada en la arquitectura de ensayos que componen su célebre libro de 2016, La libertad es una batalla constante, donde se recopilan artículos, entrevistas y discursos.
PUBLICIDAD
Para la ensayista, la estructura social racista se asemeja a una cinta transportadora: al que se quede quieto y no camine en sentido contrario (ser antirracista), la cinta lo llevará hacia el mismo destino de desigualdad y opresión que perpetúa el orden vigente. El “no ser racista” pertenece al ámbito de la moral privada e inofensiva; el “ser antirracista” exige una praxis colectiva y una militancia institucional. Implica cuestionar el sistema de castigos penales, la distribución económica y el acceso a la salud.
Esta máxima condensa su corpus teórico. A diferencia de las corrientes del feminismo liberal o de las agendas corporativas de “inclusión” que proliferan en el siglo XXI, Angela Davis nunca entendió la discriminación como un problema de mala educación individual o de falta de “empatía” empresarial. Su pensamiento es de base materialista e histórico: el racismo fue el andamiaje ideológico que legitimó la acumulación originaria del capitalismo a través de la esclavitud y el colonialismo.
Para Davis, no se puede desmantelar el prejuicio racial sin transformar de raíz el sistema socioeconómico que se beneficia de él: es imposible comprender la violencia patriarcal si se ignora la variable de la clase social y de la raza. Su voz no ha envejecido porque anticipó el vaciamiento conceptual de los discursos bienintencionados. En tiempos donde las grandes marcas globales hacen su imagen adoptando consignas de diversidad, la advertencia de la vieja Pantera Negra resuena con nitidez.
PUBLICIDAD
¿Quién es Angela Davis?
Angela Davis (nacida el 26 de enero de 1944 en Birmingham, Alabama, Estados Unidos) es una filósofa, escritora, profesora y activista marxista-feminista. Se formó en la Universidad de Brandeis y en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt, Alemania. Su destitución como profesora de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) debido a su afiliación comunista la colocó en el epicentro de las batallas culturales y políticas por la libertad de cátedra y los derechos civiles.
Su vida dio un vuelco drástico en 1970 cuando fue incluida en la lista de los diez prófugos más buscados por el FBI tras ser acusada de complicidad en el asalto armado a un tribunal de justicia en el que murió un juez. Tras pasar dieciséis meses tras las rejas en condiciones extremas, su juicio se convirtió en un símbolo global de la lucha contra la persecución política y la selectividad penal del Estado norteamericano. Logró recuperar su libertad gracias a una masiva presión internacional soin precedentes.
Entre sus obras monumentales están Mujeres, raza y clase (1981), ¿Son obsoletas las prisiones? (2003) y La libertad es una batalla constante (2016), que han servido de brújula conceptual para las nuevas generaciones de militantes globales. En la actualidad, consolidada como profesora emérita de la Universidad de California en Santa Cruz, se mantiene en la primera línea de la agitación política e intelectual. Lejos del retiro pasivo, lidera la organización anticarcelaria Critical Resistance.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD