“Porque nadie conoce ni quiere conocer San Luis”. Es por eso, dice el escritor chileno Alberto Fuguet, que la protagonista de su última novela —Ushuaia— nació y creció en esa provincia, antes de mudarse —¿huir?— a Santiago de Chile. Lo dice hablando rápido, como livianamente, con un poco de gustito de ser algo incorrecto. En una torre de Retiro, en el centro de Buenos Aires, lo dice. Está de viaje, acompañando esa novela de una madre soltera —Leticia, la puntana— y un hijo joven —Bruno—, que escribe y es homosexual y no sabe quién es el padre y apenas arranca el libro, se mata. Lo sabemos desde el principio pero lo olvidamos: el libro es, también, la reconstrucción de los días en que Bruno simplemente no está en ninguna parte y lo están buscando.
Fuguet nació en Santiago en 1963 pero enseguida lo llevaron a Los Ángeles y allí creció hasta que unas vacaciones, cuando él tenía 11 años, la madre volvió a su país, de visita, con sus hijos. “Llegamos a la dictadura de Pinochet recién estrenada y a mi mamá le pareció que era superbuena idea quedarnos”, dice el escritor. “Echaba de menos Chile, para ella Pinochet no era tema y tampoco que hablaran español era tema, ni que fuera un país subdesarrollado”. Ahora, en la torre de Retiro, el escritor dice que más que traerlo, lo secuestraron: “Yo vivía en lo mejor de California: sol, clima privilegiado, una sociedad muy liberal, muy progre”. Y de golpe y porrazo, al Chile de Pinochet.
Hablamos de esto porque, con una protagonista argentina, Ushuaia está llena de expresiones propias de este lado de la cordillera. Que suenan perfectamente naturales.
—Es una novela trasandina, va y viene. Qué bien suena el idioma “argentino”. ¿Por qué lo hablás tan bien?
—Yo no sé si lo hablo. Cuando estoy en los países extranjeros tiendo a hablar como en ese país. Es que el español es mi segundo idioma...
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Por eso llegamos a la nostalgia del sol de California. Porque su primera lengua, dice este Fuguet que no puede sonar más chileno, es el inglés.
Quizás por eso, por ese paso por Estados Unidos vivido como un paraíso perdido, fue que Fuguet estuvo entre las figuras que crearon McOndo, una corriente literaria latinoamericana que, en los años 90, se cansó de que les pidieran realismo mágico, mariposas amarillas y señoras voladoras y quiso mostrar un subcontinente urbanizado, globalizado, pop.
—Muchas veces, en la novela, se alude a lo “provinciano”. Me pareció incluso algo despectivo.
—Sentí que San Luis era la Argentina profunda. Pero uno de los chistes del libro, un chiste interno, es que a mí me parece que es reprovinciano creer que Chile es remoderno. Una idea de “es mejor vivir en Chile que en San Luis”. A mí no me consta. Por otro lado, cuando uno va a los malls... ¡están llenos de argentinos! Y gritan: “¡Mirá esos pantalones! ¡Pará, llevate uno para la tía! Y yo: “Joder, esta gente no tiene control”.
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—En el libro, San Luis y Santiago son dos sociedades conservadoras...
—Ahora hay chicos tatuados, hay un sex shop, hay un grado de liberalidad en todas partes. Tú puedes ser un chico raro en San Luis y arreglártelas. A lo mejor van a hablar mal de ti, pero mi impresión es que antes era imposible ser raro. Era imposible ser gay. Yo era raro.
—¿En qué sentido?
—Bueno, ser extranjero ya no era muy bien visto en Chile, no era algo sexy. A mí me costaba entender que no fuera bueno ser gringo, se ve que yo tenía un lado imperialista como diciendo: “Oye, soy norteamericano, respétenme”. Y en Chile les parecía que ser gringo era algo negativo. Tanto en la clase alta, porque no era Europa (Estados Unidos era Miami) como en la clase baja, por envidia. En la izquierda, por ser un país imperialista. No había manera de triunfar con Estados Unidos. Después, por ser cinéfilo, por no ser hispanohablante. Y, eventualmente, por ser gay, o al menos gay internamente.
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—¿Cómo internamente?
—Había que estar muy atento a que nunca nadie se diera cuenta, y uno vivía con la paranoia. Ahora, en cambio, Chile es bastante loco. Puedes ser quien quieras.
—En el libro se dice varias veces: “Chile es el país para ser libre. Chile es el país para ser libre”. ¿Es así?
—Una cosa es lo que se dice en el libro y otra, lo que digo yo. Pero desde el punto de vista de Leticia, sin duda Chile es más libre. Yo creo que es mejor ser madre soltera en Santiago que en San Luis. Y ser media loca también. Ella es demasiado intensa para San Luis. De alguna manera, puedes ser más individuo. Puedes ser más o menos quien quieres ser. Pero también quería aprovechar para hablar muy mal de Chile en algunas cosas. Y es más fácil que una argentina hable mal de Chile que una chilena. Al ser mujer y al ser argentina, Leticia me dio la libertad de hacer lo que me daba la puta gana.
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—Leticia tampoco es perfecta.
—Me pareció que en la literatura femenina se estaba tratando a la mujer como si hicieran lobby, como en una especie de sororidad. Cuidando mucho a los personajes femeninos, que eran todas power, inteligentes, feministas... Y me dije: “¿Qué pasaría si creo a una mujer que no es perfecta, tal como un hombre?”
—Pero hay un trauma que tiene que ver con hombres en el origen de Bruno...
—Exacto. Y para mí es muy importante ese trauma, porque yo también quería hacer que nuestro héroe saliera de lo peor. Pero que tú lo quisieras y te diera pena y fuera lindo y amoroso, aunque su padre fuera quien fuera.
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—La historia de Bruno sale de un caso real, contaste.
—Un buen día de 2005 salgo a la calle de mi barrio, un barrio burgués, y estaba lleno de fotos de un chico con ojos inmensos negros, con pelo largo, medio hippie, con la inscripción “Perdido”. En ese momento, yo estaba tratando de escribir un guion llamado “Perdido”. Entonces, me sentí de inmediato conectado. Tomé fotos y a los dos días el caso empezó a salir en el diario y se armó una campaña. Empezaron a averiguar cosas de él y empezaron a aparecer cosas en la prensa, como que tenía un blog.
—Como Bruno, que tiene el blog “Brunozepam”.
—Sí, el de él se llamaba “Clonazepam”. Era medio emo, medio depresivo, le gustaba el cine, estudiaba Comunicaciones, pero había dejado. Por casualidad me encontré con el hermano, que me dijo que estaban buscando cómo decirle: “Santiago, vuelve, te vamos a perdonar este escándalo”. Y al día siguiente apareció muerto.
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—¿Los textos de Brunozepam tienen que ver con los del blog de ese chico?
—Sí, son como mitad y mitad, los remixé. Además, tres meses después el hermano me regaló un disco duro con todo lo del chico, lo que escribía. Primero pensé que tenía al mejor escritor latinoamericano. Como cuatro años después, lo miré y me di cuenta de que no era el mejor escritor pero era poesía, trocitos, anécdotas. Era muy ingenuo, casi parecía un niño de catorce más que de dieciocho. Sentía que el blog, la literatura, eran su forma de escape.
—Por supuesto que la novela tiene muchas alusiones a Manuel Puig, hasta hay una escena en que madre e hijo están mirando y comentando un melodrama.
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—Hay mucho Puig. Porque a mí me parece que Puig es un autor clave, mucho más importante incluso que los importantes. Incluso creo que Puig sería importante aunque nunca hubiera escrito un libro. Como cinéfilo, por el humor gay, la manera de fijarse en cosas, de mirar lo que nadie mira, lo que hablábamos de la provincia, el barrio, de juntarse a ver películas y hablar mal de los actores...
—Pero escribió.
—Entonces, claro, yo me sentí superliberado: había una posibilidad de que yo también pudiera escribir. Yo no podía creer que Puig fuera argentino, yo no podía creer que fuera latinoamericano, yo pensé que era francés... Y cuando entendí que era pop y yo era pop y que a él le gustaba el cine, que no tenía que yo imitarlo y ver películas de Greta Garbo, que yo podía usar el cine que yo veía, ¡pa! Como que él venía de un lugar chico y que uno podía ser latinoamericano de otra manera.
—Tu McOndo es eso.
—Sí. Este libro también es un homenaje a Puig en el sentido más profundo, porque él se atrevió a escribir libros que no eran de su país. Siento que Puig también fue mexicano y escribió medio mexicano, escribió en portugués, escribió un libro en inglés, en Nueva York. A mí me parece que fue un tipo que se adelantó a la idea del viaje, el de tener dos, tres nacionalidades. Muy contemporáneo.
—Acá también está el tema del hijo consagrado a la madre...
—Aunque Bruno no alcanza a tener un lazo como Puig tuvo. Yo creo que una de las razones de las decisiones de Bruno es zafar. Yo quería escribir un libro en que la historia de amor fuera entre madre e hijo.
—¿Es recíproca?
—No lo sé. Y no sé si es una historia de amor, pero es el vínculo principal. Es la historia de una madre y un hijo, para bien y para mal, no es que el hijo se va a casar o ella.
—En la ausencia total del padre, no es que el padre se fue, es que no lo hay.
—Y eso es bastante contemporáneo. De hecho, ahora yo conozco amigas que tienen un bebé así, a veces con semillas checoslovacas.
—Funciona, pero después al chico le falta un padre. La novela no es complaciente con eso.
—Le falta. Yo creo que sí. Y hay otra cosa que nadie se atreve a decir: Que también muchas madres dicen: “Bueno, además voy a tener compañía”. El hijo también es compañía, como también hay algo de mascota. El hijo termina siendo marido, compañero de viaje, chaperón.
—También hay algo ahí de un viejo modelo gay.
—¿Qué hace un chico hétero teniendo que hacer de chaperón de la madre? Generalmente el chico escapa. Se casa, aunque sea con la fea del pueblo. En los gays, en cambio, a veces uno ve algunas cosas que llaman la atención: pareja como de cuarenta años, con la madre, los tres yendo a tomar algo. ¿Has visto?
—No.
—Yo quería hacer una madre que no fuera perfecta, porque la mía no lo fue. A mí me llama mucho la atención el Día de la Madre, cosas así.
—¿Por qué no fue perfecta tu mamá?
—Mi mamá odiaba el día de la madre, odiaba los vínculos. Tenía cosas de Leticia, sobre todo este odio hacia el mundo. Y bueno, nos llevó a Chile, yo digo que nos secuestró. Porque nosotros estábamos en el colegio y nunca nos alcanzamos a despedir. Y todos ya teníamos un poco de vida. Mi hermana hasta el día de hoy tiene una culpa porque ella se trajo un libro de la biblioteca y no lo pudo devolver.
—Pero hace mucho que tenés edad para volver si querés...
—No, no me atreví o no sentí que fuera posible.
—Es decir que no sos más californiano que chileno.
—No, yo soy chileno, pero con el idioma, con el idioma... Yo decía: “no es tan importante lo que diga, sino que la gente nunca sepa que yo soy extranjero”. Entonces, empecé a hablar con los garabatos, con los tonos, con el “weón, weón, ¿cachái?” Lo pasé tan mal transformándome en chileno, que de nuevo ser inmigrante, de nuevo irse... no. Y no sería escritor si no hubiera perdido el idioma y todo eso. En California no sé a lo que me dedicaría. A lo mejor vendería y trabajaría en supermercado, no tengo idea. Pero estoy segurísimo de que no sería escritor.
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