Una nota de 2019 en mi celular decía “¿Qué hago acá?“: sin saberlo, era el principio de un libro

El autor, ingeniero argentino residente en Alemania, cuenta en ‘Lo que nadie te cuenta de emigrar’ cómo vivir en otro país y “aprender a convivir con la ausencia”

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"Lo que nadie te cuenta de Emigrar" de Pablo Bellene

Una noche de 2025, en Bochum, me puse a borrar fotos del celular para hacerle lugar a la memoria llena y terminé haciendo exactamente lo contrario de lo que había ido a buscar. En vez de borrar, me quedé leyendo. Tenía decenas de notas viejas que había escrito sin ningún plan: frases sueltas anotadas en estaciones de tren, en aulas de alemán, en aviones, en habitaciones prestadas. Ninguna era un diario. Eran apuntes de una cabeza que no se quedaba quieta.

Entre todas apareció una de noviembre de 2019, de mi primera vez en Alemania. Empezaba con dos preguntas: “¿Qué hago acá? ¿Por qué estoy acá?“. La había escrito a los pocos meses de llegar, en ese punto exacto en que la novedad se apaga y arranca la vida de verdad. Cuando la releí, seis años después, no me pareció estar leyendo a un pibe perdido. Me pareció estar leyendo la primera página de algo que todavía no había escrito.

Ese algo terminó siendo un libro que se llama Lo que nadie te cuenta de emigrar. Pero para contar cómo se hizo tengo que ir un poco más atrás, a una escena que para mí es el verdadero comienzo de todo y que no tiene nada que ver con un avión.

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Es un aeropuerto. Yo estoy revisando por décima vez que tenga el pasaporte, la carta de la beca, los papeles. En un momento levanto la vista y veo a mi viejo haciendo la fila para despachar mi valija. Un gesto mínimo, de esos que un padre hace sin pensarlo. Pero ahí, mirándolo de espaldas en esa fila, entendí algo que me quedó grabado: esa era la última vez que alguien iba a hacer un trámite por mí simplemente porque me quería. De ahí en adelante lo iba a resolver todo solo, en otro idioma. Emigrar no empezó cuando despegó el avión. Empezó en esa fila.

Soy de San Martín, Mendoza. Estudié Ingeniería Civil en la UTN y aprendí alemán durante años mientras cursaba, con una beca del DAAD como horizonte. Emigré tres veces, en realidad. La primera por esa beca, en 2019. Después volví a la Argentina, me recibí y regresé a Alemania por trabajo. En el medio me volví a Argentina, pasé ocho meses en casa, en 2024, y otra vez elegí irme. Hoy trabajo en un equipo que mejora la conectividad del país con redes de fibra óptica. Suena frío y muy de ingeniero, pero en el fondo hago lo mismo desde siempre: que dos cosas que estaban separadas se puedan encontrar. Empecé haciéndolo gracias a la ingeniería. Sin darme cuenta, me terminó importando hacerlo con personas.

En la facultad tenía una obsesión medio nerd: hacer resúmenes de las materias. No para aprobar. Los armaba imaginando que algún día otra persona los iba a usar, así que tenían que ser claros. Me pasaba horas cruzando bibliografía de distintos autores, emparejando el lenguaje para que todo cerrara. Mientras ordenaba Geotecnia, Hormigón o Hidráulica estaba practicando, sin saberlo, lo único que después me serviría para escribir: agarrar algo complicado y dejarlo legible.

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Pablo Bellene, autor de ‘Lo que nadie te cuenta de emigrar’

Emigrar, entendí con el tiempo, era también eso: una experiencia difícil de dejar legible. Desde afuera se ve la parte fácil de contar, la foto en una ciudad nueva, la oportunidad, la aventura. Lo que casi nadie cuenta pasa del otro lado y en voz baja.

Lo primero es el idioma. No el del curso, el de la vida real: pedir un turno médico, explicar un síntoma, entender un chiste a tiempo. Durante un buen rato sos alguien que sabe hacer un montón de cosas atrapado en el vocabulario de un chico de primaria.

El desafío más profundo llegó después: aprender a convivir con la ausencia. Y la ausencia no golpea en los momentos grandes, golpea en los chiquitos. Un asado familiar que te llega en una foto seis horas tarde. Un cumpleaños que seguís por la pantalla. Un domingo cualquiera. Y encima cargás una culpa que nadie nombra: como te fuiste porque quisiste, se supone que no tenés mucho derecho a quejarte, total «estás allá». Lo más incómodo de todo es descubrir que se puede estar perfectamente bien en los papeles y, al mismo tiempo, andar cargando algo que desde afuera no se ve.

El libro lo escribí a lo largo de 2025, y el proceso fue tan caótico como lindo. Notas del celular, Google Docs abiertos a cualquier hora, audios que me mandaba a mí mismo caminando, capítulos que aparecían de golpe, charlas largas con amigos que también se habían ido. Lo que busqué fue ponerle forma a algo muy subjetivo, que mucha gente siente sin encontrar las palabras, y ofrecer algo parecido a compañía.

También hubo pudor. Escribir de mi mamá, de la soledad, de los vínculos, de esa sensación de estar repartido entre varios lugares me obligó a aceptar que meter todo eso en un libro era exponerme. En algún momento decidí que valía la pena, si del otro lado alguien encontraba las palabras que a mí me habían faltado durante años.

La etapa de publicarlo fue un mundo aparte. Quise hacerlo por mi cuenta y con la menor inversión posible, así que terminé siendo el director creativo del proyecto y, a la vez, el que ejecutaba cada tarea: edición, maquetado, registro, ebook, impresión, distribución, los papeles legales. Armé la marca, abrí un Instagram, hice una web. En una época en la que casi todo empuja a scrollear rápido y seguir de largo, me interesaba proponer lo contrario: algo que invitara a frenar y a leer.

Lo más fuerte llegó cuando el libro empezó a caer en manos de la gente. Me escribieron argentinos en Estados Unidos que se emocionaron porque les tocaba su propia historia. Amigos que se habían ido me contaron que se les hizo un nudo en la garganta ya en las primeras páginas. Y también me escribieron madres, padres y hermanos de personas que emigraron, que por fin entendían un poco mejor lo que pasa del otro lado del océano.

Eso era lo que más me importaba: que el libro sirviera de los dos lados. Para los que se fueron, para los que se quedaron y para los que todavía están decidiendo si irse.

Si tuviera que quedarme con una sola definición de todo esto, elijo una que anoté hace tiempo y que sigo sosteniendo: emigrar es aprender a vivir con el corazón repartido. El libro fue mi manera de juntar esas partes. De ordenar, como pude, una experiencia que no entra ni en los trámites ni en las fotos. Empecé ordenando apuntes de ingeniería para que otro los pudiera entender. Terminé ordenando algo bastante más difícil, con la misma intención de siempre: que alguien, en algún lugar, se sienta un poco menos solo.

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