Filosofía del fútbol, de Pablo Cillo, es un ensayo de Editorial Del Nuevo Extremo (dNX) que propone una lectura filosófica del deporte a partir de una distinción central: la “ficción del juego”, atravesada por discursos, prácticas y pasión, y su dimensión práctica, sostenida en reglas y técnica. El autor plantea que ambos planos se influyen: la forma de vivir y pensar el fútbol impacta en cómo se lo juega.
El libro organiza su discusión entre dos posturas que presenta como opuestas: la del filósofo noruego Steffen Borge, autor de Philosophy of Football, enfocada en la defensa del “juego bello”, y una mirada pragmática orientada al resultado que Darío Sztajnszrajber desarrolló en conferencias en la Argentina. El autor explica que su objetivo no es alinearse con ninguno de esos enfoques, sino “superarlos” a través de una síntesis que permita comprender el fenómeno con mayor profundidad e incorporar nuevos conceptos al debate.
Nacido en la Ciudad de Buenos Aires en 1982, Pablo Cillo es profesor de Filosofía (UBA) y rector del Colegio Palermo Sounder, un bachillerato con formación en música y arte. En el mismo sello, dNX, ya publicó Filosofía Ricotera (2013), Filosofía Borgeana (2015) y la novela de aventuras La última de las sabinas (2019). A continuación, un fragmento de Filosofía del fútbol.
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De la erótica a la espectacularización pornográfica del fútbol
Sztajnszrajber deconstruye el vínculo entre la sociedad y el fútbol con un enfoque reactivo, en este caso, no se ubica desde la perspectiva del público fanático, sino del jugador. Ambos son los únicos verdaderos protagonistas del ritual del fútbol. El periodista es un parásito que explota de manera profesional las miserias o errores de los anteriores.
En esta misma perspectiva, considera que los medios masivos de comunicación agregan una capa de información que provoca una interferencia entre el ritual sagrado de ir a ver el partido en la cancha del hincha más o menos fanático, y la proyección en millones de pantallas de los detalles del encuentro o de la vida privada de los protagonistas.
Esta espectacularización es disfuncional para el juego porque aleja a los protagonistas de su práctica concreta y los acerca a un mundo ajeno, convirtiendo al jugador y el juego en fetiches, meros objetos de consumo, proyectados al infinito hasta que pierden su sentido y valor original.
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Según Sztajnszrajber en su exposición de 2018, el hincha fanático experimenta el fútbol en términos simbólicos como la violación del enemigo público de la que obtiene un goce perverso. Es un dispositivo social que fomenta el descontrol, la violencia y la humillación del otro. Al mismo tiempo, los medios explotan los cuerpos de los protagonistas, a los que exponen explícitamente tanto en lo deportivo como en su vida privada.
La espectacularización de tan perversa pasión es pornográfica, porque volvió todo el proceso explícito y público. El fútbol nace del vínculo erótico y lúdico entre el pie y la pelota, pero es pervertido a través de la mediación tecnológica que lo vuelve un vicio para el ojo, una adicción, y a su proceso de consumo industrial masivo, pornográfico. […]
En línea con el enfoque reactivo de análisis de Sztajnszrajber, se podría decir que, una vez que el fútbol superó la escala barrial, se presencia también la explotación masiva de los cuerpos de los jugadores para la presentación de un acto sexual sublimado, que da lugar a un goce sádico o masoquista. Como afirma explícitamente, el fútbol consiste en romper el culo al rival. Entonces, la espectacularización puede interpretarse como una pornografía del fútbol: desde los cánticos obscenos de la hinchada hasta la proyección aumentada, en cámara lenta, exagerada por medio de los comentarios de los periodistas, la repetición constante de circunstancias del juego, reacciones, errores o exabruptos, que tiene como objeto enervar la atención y lograr la excitación del público. […]
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Debemos sumar, para llegar a la prostitución explícita del juego, a las apuestas, una nueva y creciente adicción, sobre todo en los jóvenes. En este caso, ya no importa la victoria del propio equipo, jugar bien o el honor, tampoco importa el ritual futbolístico, que por más alienado que resulte un fanático, al menos comparte con otros una adicción que no tiene que ver con el dinero. En cambio, el adicto al juego solo se vincula con el fútbol de manera privada, como apostador, y con los hechos del juego como datos que valen por el pronóstico acertado de lo que un cuerpo o conjunto de ellos puede lograr en un tiempo específico.
Considerar la espectacularización del juego como pornográfica es, una vez más, analizar en términos reactivos toda proyección del juego, toda mediación tecnológica que exceda el espectáculo en vivo entre el público del estadio y los jugadores en el campo juego. El sentimiento, el compromiso de la persona con el juego, no pierde valor por ser televisado, el hincha no siente menos por la distancia que supera la pantalla. Tampoco es necesaria la proyección para que sea posible la adicción, que siempre puede encontrar otros medios. […]
La profesionalización contemporánea, que trae aparejada las cifras millonarias que mueven los jugadores de elite, no deja lugar para acciones que perjudiquen su imagen o su rendimiento en el campo de juego. La televisación, con la proliferación de cámaras y tomas de cada detalle, también altera lo que sucede dentro del campo de juego y en el estadio, ejerce una presión sobre jugadores y espectadores que reduce drásticamente los niveles de violencia. Nadie quiere tener un problema con la justicia o convertirse en un video viral símbolo de descontrol, violencia o impunidad.
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Supongamos que la espectacularización del fútbol fue perjudicial para el juego, ¿qué se perdió concretamente con ella? No fue el potrero, porque Sztajnszrajber sostiene que nunca existió, que es una idealización; tampoco fue la pasión, porque el negocio se apoya en ella, es más, la pasión que Sztajnszrajber idealiza es hija de la espectacularización. En la época amateur, antes de la televisación, no existía el fanatismo masivo que hoy impera. Lo que se perdió fue la apelación a las formas de violencia más primitivas tanto fuera como dentro de la cancha.
La deconstrucción del fútbol reactiva conduce a un callejón sin salida, porque desconsolida algo que es consistente, lo reduce a un fenómeno social cuyo único valor es servir de válvula de escape a la violencia inherente a la especie, cuando en realidad es todo lo contrario, su capacidad de trabajo en equipo e individual, su talento, potencia, creatividad y resistencia, se ponen en juego sin la mediación directa de ningún dispositivo tecnológico. […]
Sztajnszrajber deconstruye, muestra las líneas de fuga por las que el deporte pierde sentido: se transforma en un mero negocio en el que equipos poderosos compuestos por individualidades millonarias se aprovechan de los más débiles, condenados al juego rústico y el favor del árbitro. Todo esto mientras el capitalismo explota las pasiones más irracionales del público, consiguiendo la alienación del conjunto social. Una distracción ruidosa para la opinión pública mientras los gobiernos destruyen el Estado. La política de pan y circo romana, menos violenta y masivamente proyectada.
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Entonces, lo único que queda es la huida romántica al pasado, a la manifestación primitiva del fútbol, el deporte previo a un reglamento en el que personas de todo tipo se enfrentaban representando a su pueblo, a los golpes, sin ningún tipo de estrategia, manoseo mediático, estrellas o grandes estadios. Entre este punto de vista y la hipótesis del genio maligno que piensa el fútbol como una farsa cuyos resultados definen los poderosos hay una estrecha relación. […]
La espectacularización del deporte tiene consecuencias positivas: genera millonarios ingresos para jugadores y clubes, trabajo para los periodistas y comentaristas de las redes, los técnicos y demás trabajadores que se ocupan de proyectar lo relacionado con el fútbol. Promueve a los jugadores en el mundo y contribuye al aumento de su valor. Distribuye información que puede aportar a la comprensión del juego. Forma parte del dispositivo que contribuye al descenso de la violencia tanto dentro como fuera del campo de juego. Aumenta la participación del público en la construcción de la opinión. Permite a los protagonistas relacionarse de manera directa con el público. Aumenta el nivel de justicia en los fallos arbítrales y de los tribunales deportivos, porque si la corrupción fuese sistemática sería muy difícil de disimular.
Hay mucho capital y trabajo invertido como para afectar la integridad física y mental de los protagonistas o la legitimidad del resultado, por eso, el mercado tiende más a promover el buen juego que la búsqueda del resultado a cualquier costo. No es el amor a la ética y la excelencia del juego, sino que un jugador lesionado físicamente, con un problema anímico, o la corrupción implican pérdidas millonarias. ¿Quién disfrutaría un partido arreglado o una carnicería producto de un arbitraje permisivo? Lejos del romanticismo, buscando invertir el capital futbolístico de manera adecuada, la velocidad, la precisión y el nivel de juego han mejorado en el fútbol mundial, y ya hay equipos consistentes en todos los continentes.
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Contra la posición de Sztajnszrajber, esa ambigüedad que considera esencial para el fútbol, que habita entre los grises del reglamento y el favor del árbitro, tiende a desaparecer. Cada vez hay menos lugar para la interpretación. La espectacularización también permite el desarrollo del aspecto más activo del juego: lo refinado, hábil y leal al reglamento, en detrimento del más rudo, violento y desleal, propio de una masculinidad reactiva: “La identidad masculina nace en la renuncia a lo femenino, no en la afirmación directa de lo masculino, lo cual deja la identidad de género masculina como algo tenue y frágil” (Kimmel, 2016, p. 64). Por eso, “La violencia es a menudo el signo más evidente de la masculinidad” (Kimmel, 2016, p. 66), es decir, un medio tosco para afirmarse frente otros hombres de acuerdo a esa fragilidad.
La espectacularización del juego, aunque abre la posibilidad de apropiación pornográfica, un onanismo futbolístico, un flujo de imágenes que generan el vicio del ojo, un violento acto de sodomía sublimado contra la voluntad de juego del adversario, también abre otra posibilidad: la de una estética y erótica del juego más sofisticadas. Existen otras formas de jugar y amar.
La crítica de Sztajnszrajber culmina en una idealización del pasado salvaje en contra de un presente demonizado por calculador, aunque termina apoyando una táctica calculadora y especulativa como el bilardismo más rapaz (aquella concepción del fútbol basada en la destrucción del juego del contrincante y ganar a cualquier costo). Sin embargo, para el significado del fútbol que todos compartimos, su perspectiva fanática y apasionada es tan esencial como la visión idealista de Borge donde lo central es el buen juego y no solo ganar. Ambos son las dos caras de una misma moneda. Lo que el noruego construye el argentino lo deconstruye, por eso, lo vital para comprender qué fue, qué es y qué será el fútbol es mostrar la síntesis que los integra.
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