La voz de Maria Bethânia no envejece. Adquiere nuevas resonancias, y una rugosidad que no resta sino que suma. Este 18 de junio, la cantante nacida en Santo Amaro da Purificação, Bahía, cumple 80 años, y la música popular brasileña se detiene a contemplar una trayectoria que comenzó en 1965 con una canción sobre un ave de rapiña y se extendió durante seis décadas sin que la artista cediera un milímetro de su densidad poética ni de su ritualidad escénica.
Maria Bethânia no es, en sentido estricto, una compositora. Es algo más difícil de definir y, tal vez por eso, más difícil de reemplazar: una intérprete que hace de la palabra ajena un acto de autoría propia. Como Mercedes Sosa, la otra gigante del continente. Desde aquel debut en Opinião, el espectáculo de resistencia cultural que en febrero de 1965 la puso frente al público de Río de Janeiro en plena dictadura militar, la cantante construyó un lenguaje escénico singular en el que la canción es solo uno de los materiales posibles, al lado de poemas, prosas y silencios. La interpretación de “Carcará”, de João do Vale y José Cândido —una metáfora del ave del sertão nordestino como figura de supervivencia y ferocidad—, la lanzó a la fama con una fuerza que desbordaba el comentario social: cada verso sonaba como un pequeño acto teatral, con gestualidad, manejo de silencios y un timbre capaz de ir, según describió la crítica especializada, “de un ronroneo grave y hermoso a un grito bronceado y profundo”.
La trayectoria discográfica que siguió a ese debut es impresionante por su extensión y su consistencia. Cerca de 50 álbumes de estudio, más de 26 millones de discos vendidos y el título de primera mujer en superar el millón de copias en Brasil la sitúan entre los diez artistas más vendedores de la historia del país. Fue, además, la artista femenina que más discos vendió durante la década de 1970, en un panorama musical donde las estructuras de poder y visibilidad seguían siendo predominantemente masculinas. El álbum Álibi (1978) ocupa un lugar de inflexión en esa historia: el analista Jeocaz Lee-Meddi señaló que el disco “dio personalidad femenina a la música brasileña de la época”, al derribar el estigma de la “cantora elitista” de la Música Popular Brasileira (MPB) y lograr que sus canciones se oyeran en la radio. La combinación de repertorio elegido con precisión, arreglos elegantes y un sello interpretativo propio, único e inimitable, demostró que una obra cargada de poesía podía ser también un fenómeno popular.
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Ese equilibrio entre sofisticación y alcance masivo define buena parte de su lugar en la historia de la MPB. Bethânia pertenece a la constelación bahiana que, junto a su hermano Caetano Veloso, Gilberto Gil y Gal Costa, redefinió la canción brasileña a partir de mediados de los años 60. Pero su posición dentro de ese grupo fue siempre específica: mientras los tropicalistas apostaban por arreglos vanguardistas, guitarras eléctricas y collages sonoros, ella miraba hacia figuras como Edith Piaf, Billie Holiday y la fadista portuguesa Amália Rodrigues. La influencia de Piaf se percibe en la construcción de un personaje en cada canción y en la intensidad del crescendo emocional; la de Holiday, en la articulación rítmica y en la decisión de no embellecer el dolor sino de darle un lugar frontal; la de Rodrigues, en una relación particular con la melancolía que reescribe en clave brasileña, atravesada por el sincretismo religioso y las tradiciones afrodescendientes. Su modernidad no pasó por la adopción de modelos tecnológicos importados, sino por la relectura de las propias formas ancestrales.
El núcleo de esa relectura es la palabra. A diferencia de intérpretes que se concentran en aspectos melódicos o rítmicos, Maria Bethânia construyó una carrera marcada por la valorización de la palabra cantada como materia sonora, objeto de una atención casi táctil en la dicción, la intensidad y el ritmo. Un estudio académico publicado en la revista Estação Literária de la Universidade Estadual de Londrina analizó su espectáculo Bethânia e as palavras” (2010) y describió cómo la artista entra en escena con un gran cuaderno de tapa azul, del que lee, recita y entona poesías y prosas poéticas entrelazadas por breves fragmentos de canciones, conformando un discurso continuo de principio a fin. El análisis la sitúa como una rapsoda contemporánea, capaz de recomponer materiales épicos y líricos en una performance inédita. Al elegir qué textos incluir, en qué orden y con qué entonación, Bethânia produce una recreación autoral: la propia artista ha reconocido que su estilo de interpretación es, al mismo tiempo, composición y dramaturgia.
Esa teatralidad no se reduce a gestos enfáticos. Se manifiesta en la organización del repertorio, en la creación de climas, en la recurrencia de motivos poéticos y en la forma en que su cuerpo se dispone en escena. Crónicas de sus conciertos describen una “magnética fuerza dramática” que hace que hasta las posibles redundancias de sus espectáculos queden atenuadas.
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La afrobrasilidad en su obra no es un decorado exótico sino un núcleo constitutivo. Su origen en Santo Amaro da Purificação —en el corazón del Recôncavo baiano, uno de los principales focos históricos de comunidades afrodescendientes en Brasil— inscribió en su formación una experiencia donde la práctica religiosa y estética son inseparables. Los cantos de candomblé, las ladainhas, el samba de roda y otras formas de la región se desarrollan como prácticas comunitarias de memoria y cuidado, y al trasladar esos universos al escenario, ha recreado un vínculo con la ancestralidad en donde su voz funciona como canal de transmisión de saberes y afectos. Al integrar esos elementos en un canciones, su obra contribuye a legitimar prácticas que el racismo estructural y el fundamentalismo religioso buscan frecuentemente invisibilizar.
La influencia de Maria Bethânia sobre nuevas generaciones de intérpretes se percibe en la manera en que artistas contemporáneos conciben sus presentaciones en vivo como narrativas escénicas, y no como simples repasos de éxitos. Su práctica rapsódica y su énfasis en la oralidad poética también dialogan con propuestas contemporáneas de spoken word, slam y performance poética. El patrimonio discográfico que deja a sus 80 años —distribuido entre soportes físicos y plataformas digitales, desde el vinilo hasta el streaming— plantea desafíos de preservación que trascienden la voluntad de la artista y dependen de políticas de archivo y de derechos de autor. La gira Maria Bethânia – 60 Anos de Carreira que abarcó la primera mitad del año de sus 80 años, confirma que, lejos de retirarse a un lugar de mito intocable, ella continúa reescribiendo su legado en vivo.
Especie de divinidad en el panteón de la MPB con la que casi nadie se atreve a meterse, ha llevado los versos de Fernando Pessoa y Clarice Lispector fuera de los nichos literarios y los ha deposita en los oídos del gran público. Su voz educa al transitar por el camino de una espiritualidad que la rige como fuerza motriz de la cultura popular de su país. Hoy es fecha patria en Brasil: Maria Bethania cumple 80 años.
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[Fotos: Universal Music Brasil]