Misión cumplida: rescaté del olvido y grabé la música de José Antonio Bottiroli para que el mundo pueda apreciarla

El destacado pianista argentino, autor de este texto, presenta la obra completa para piano de su querido maestro rosarino, que publicó en cuatro volúmenes a través del sello Naxos - Grand Piano

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El ciclo discográfico dedicado a Bottiroli por Fabio Banegas abarca cuatro volúmenes y más de cuatro horas de música inédita

El 13 de marzo de 1990, dos días antes de su fallecimiento, fue la última vez que vi a José Antonio Bottiroli. Extendió su mano fría y, alcanzando la mía, la ceñía sin fuerzas. Yo era entonces un joven en mis primeros años en la Escuela de Música de la Universidad de Rosario. Hasta el día de hoy, trato de interpretar qué intentó decirme el noble maestro con ese último gesto. Sin dudas había gratitud, un sentimiento muy notorio en su personalidad; pero tal vez buscaba también transmitirme en este póstumo acto su sabiduría, la de un hombre al que recuerdo sensible y generoso hacia el más necesitado, culto, elegante, querido y digno.

El año nuevo de 1920, su madre, Rosa Elena Bertora, le dio a luz en Rosario. Creció en el seno de una familia feliz que provenía —como la mayoría de los rosarinos— de Italia. Rosa era hija de genoveses, mientras que su padre, Carlos Hermenegildo Antonio Bottiroli, de lombardos de Pavía. Bottiroli se transformaría con los años en un destacado compositor y director de música clásica, poeta y docente.

Nunca mencionó un dato curioso al que otros verían como una estirpe aristocrática ineludible de mencionar. Su abuela paterna, María Ottone Ratti, era prima de una de las personalidades más importantes de la Italia moderna: el Papa Pío XI, creador del Estado de la Ciudad del Vaticano. No me sorprendió que no me lo contara. Bottiroli no se confundía con el espejismo de un apellido ni con el vacío moral de quienes creen pertenecer a un círculo social o religioso; él sabía que la vida nivela todo.

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Pensar que durante veinte años asistió cada sábado —ad honorem— a la cárcel de Rosario a darles música a sus queridos presos, hace que cualquier estirpe palidezca ante semejante acto de humanidad. No sé cómo llegó ahí ni qué teoría musical les impartiría, pero estoy seguro de que buscaba brindarles el apoyo emocional que tanto necesitaban. En simultáneo, era el director de la prestigiosa Escuela Normal de Maestros Número 3 de Rosario, manteniendo siempre esa dualidad entre la alta academia y la entrega social.

Exactamente 40 años tras aquel último encuentro, este 13 de marzo el sello Naxos – Grand Piano lanzó internacionalmente el cuarto y último volumen de su obra completa para piano bajo mi interpretación. Con esto no se cierra simplemente un trabajo de puesta en valor, sino que se abre al mundo un museo musical que rescata uno de los muchos legados musicales argentinos que permanecen enmudecidos en la fragilidad de manuscritos olvidados. En cuatro volúmenes —con una duración de cuatro horas y cuarenta minutos—, este ciclo discográfico muestra la obra de un notable compositor argentino que perdurará para siempre bajo los auspicios de uno de los sellos más importantes del mundo.

En 2018, el musicólogo Diego Orellana presentó al director de Naxos en Alemania tres pistas que yo acababa de grabar. Este fue el acto germinal por el cual me encontré firmando el contrato con la discográfica con la promesa de grabar la obra completa para piano de nuestro maestro. Fue un momento de gran felicidad por la validación que esto representaba para su obra y por posicionar la música inédita de un compositor argentino a este nivel internacional. Ante la oportunidad, siguió un trabajo curatorial museológico fascinante.

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La obra completa para piano de José Antonio Bottiroli adquiere reconocimiento internacional gracias al sello Naxos – Grand Piano

El primer volumen, Valses, lo dediqué a las obras inspiradas en esta danza que emerge en toda la obra de Bottiroli. Siguiendo la tradición de Chopin, el vals fue el soporte donde exploró su propio lenguaje armónico imbuido de una nobleza que evita lo superficial. Introduje aquí otro concepto característico de su obra, el de etopeyas musicales: el retrato musical de la psicología y del alma de la persona invocada. En “Pájaro invisible ‘Crespín’”, extiende este concepto en un verdadero estudio ornitológico inspirado en la vida tímida y escurridiza del Tapera naevia, cuyo silbido en dos notas melancólicas suena como su nombre: Crespín.

Bottiroli tenía una gran fascinación con la noche y la inmensidad del universo. El segundo volumen, Nocturnos, comienza con “Vesperal”, un rezo del atardecer que conduce al oyente al ensueño nocturnal. A diferencia del concepto romántico estándar, sus nocturnos evocan su percepción del cosmos. Micropena ‘Andrómeda’” es la síntesis de su inspiración ante la noche, en la que describe el paso lento y silencioso de este gigante galáctico, capturando el misterio del universo.

El tercer disco reúne todas las obras con contenido elegíaco. En Elegías, seleccioné las piezas en que Bottiroli abre su alma al recuerdo de quienes ya no están, con obras que van más allá del lamento para transformarse en reflexiones sobre la trascendencia del alma. En estas, el silencio de la partida se transforma en un recuerdo eterno a través de las resonancias del piano, logrando que el dolor se convierta en una estructura de consuelo y nobleza.

En el cuarto disco, Mementos, busqué impactar al oyente con un pantallazo cronológico que consolida el pensamiento artístico del autor. El programa comienza con su primera obra existente: “Impresiones sinfónicas para piano y orquesta”, de 1955, grabada con la Filarmónica de Brno bajo la dirección de director argentino Francisco Varela. El sello sugirió agregar la obra completa para dos pianos y de cámara. Este repertorio, inusual y valioso, quedó a cargo del eximio Dúo Antón y Maite de España, mientras que “Melodía Memento” fue interpretada por el Dúo Du Rêve de la República Checa, con Jana Jarkovská en flauta y Bohumír Stehlík en piano.

La colaboración de estos músicos excepcionales me demostró otra enseñanza: la música es un arte de convivencia. En un ambiente donde a menudo imperan los egos, encontrar compañeros que actúen como puentes es uno de los tesoros más grandes de la profesión; una fraternidad musical que pone su talento al servicio del rescate de lo olvidado.

La música académica es un patrimonio cultural intangible que representa el pensamiento más profundo de una sociedad y de una nación. A diferencia de las artes plásticas o la literatura, su naturaleza impalpable la condena a quedar fácilmente postergada frente a un mundo que celebra la apertura de museos y retrospectivas de las bellas artes. Es por ello que la presentación y preservación de la obra completa para piano de José Antonio Bottiroli constituye, para mí, un obsequio para los argentinos; un legado que hoy, finalmente, pertenece con orgullo a todos.

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