En 2024, The New York Times publicó una investigación sobre cuentas de influencers infantiles en Instagram, gestionadas por padres, que se habían convertido en imanes para hombres adultos interesados en niñas. A partir de un análisis de miles de cuentas que documentan a jóvenes gimnastas, bailarinas y modelos, el artículo expuso cómo algunas madres habían monetizado a sus hijos publicando contenido de sus hijas usando marcas de leotardos y otros productos. En ocasiones, las madres influencers también vendían fotos privadas de sus hijas pequeñas a hombres.
Ese artículo “confirmó los peores temores” sobre las momfluencers y los vloggers familiares que usan a sus hijos para generar contenido en redes sociales, escribe Fortesa Latifi en su nuevo libro, Like, Follow, Subscribe.
Incluso Latifi, que cubre el tema de los influencers para Teen Vogue, admite haberse “sorprendido” por el informe sobre “pedófilos aplaudiendo la publicación de contenido de niños influencers”. A pesar de la avalancha de comentarios sexualizados en estas cuentas, Latifi señala que “algunas madres no eligieron cambiar” nada de lo que publicaban sobre sus hijas.
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El libro busca comprender a los padres que buscan riqueza, atención, poder y estatus en la industria multimillonaria de los influencers, el impacto en sus hijos y por qué parece que no podemos dejar de ver sus videos.
Latifi guía al lector a través de una taxonomía de tipos de influencers: blogueras de maternidad, madres adolescentes en TikTok, “trad wives” mormonas, adolescentes y niños con millones de seguidores en YouTube.
Aporta estadísticas que subrayan el poder de mercado del complejo industrial de los influencers. Los videos de YouTube de una familia conocida como Family Fun Pack, por ejemplo, han sido vistos más de 15 mil millones de veces y podrían generar 200.000 dólares mensuales en ingresos publicitarios, según Latifi.
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Latifi también resalta los posibles efectos secundarios para los niños al tener cada experiencia —control de esfínteres, acné, primeras menstruaciones— filmada, publicada y preservada para siempre en redes sociales.
“Estos niños están perdidos en los bosques salvajes de esta industria, como menores que están a merced tanto de las plataformas que sirven como de los padres que suelen ser quienes sostienen la cámara”, escribe Latifi.
Al mismo tiempo, Latifi destaca los beneficios para los niños. “A algunos de estos niños les gusta ser estrellas de YouTube”, sostiene. “¡Por supuesto! Tienen fans, ganan dinero y viven los sueños del 86 por ciento de los jóvenes estadounidenses que quieren ser influencers”.
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Like, Follow, Subscribe llega casi tres años después de que Taylor Lorenz, reportera de cultura digital que trabajó en The New York Times, relatara cómo los influencers se convirtieron en un gran negocio en su libro, Extremely Online. Al igual que Lorenz, Latifi rastrea las cuentas populares actuales de YouTube y TikTok hasta las primeras “mamás blogueras”.
A comienzos de los 2000, algunas mujeres comenzaron a compartir en línea sus experiencias con el embarazo, la depresión posparto, la lactancia y los abortos espontáneos. También documentaban los primeros pasos de sus hijos, el sueño interrumpido, alergias alimentarias y vacaciones familiares. Aunque las primeras blogueras de maternidad no estaban motivadas principalmente por el dinero, según Latifi, allanaron el camino para que los padres capitalizaran a sus hijos como contenido.
Dos décadas después, los documentalistas familiares dieron lugar a una industria online performativa en la que las momfluencers cuidan cada fondo y cada comida. Las más populares suelen ser delgadas, blancas, rubias y atractivas, observa Latifi. Los niños “lindos” atraen aún más clics.
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Latifi revela el detrás de escena de estas producciones brillantes. Señala que las familias influencers exitosas contratan personal, como niñeras, lo que permite a los padres dedicar más tiempo a alimentar de contenido a sus audiencias. Describe a un padre que ofreció a sus hijos un “soborno” de 1.000 dólares a cada uno para participar en un breve video promocional de un producto. También señala el valor de explotar tragedias familiares, como enfermedades de los hijos, para captar la atención.
Latifi se muestra como una narradora empática. Enfatiza cómo la promesa de “dinero que cambia vidas” impulsa a algunas familias que atraviesan dificultades económicas reales. También informa sobre padres que lamentan haber publicado detalles íntimos sobre sus hijos.
Sin embargo, al centrarse en las historias y prácticas de los padres influencers, el libro a veces pasa por alto el papel fundamental de los gigantes tecnológicos. Instagram, TikTok y YouTube, después de todo, emplean algoritmos potentes para impulsar ciertos tipos de contenido y captar audiencia. Estas técnicas permiten que las empresas de redes sociales obtengan ganancias directas de un ecosistema que lleva a los padres a monetizar a sus hijos.
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Sin un análisis profundo de esa infraestructura, el libro en ocasiones se asemeja a un examen sobre cómo algunos padres fomentan la obesidad infantil, sin considerar el rol de las cadenas de comida rápida, los productores de snacks y las compañías de refrescos. Tal vez sea deliberado.
“Las empresas tecnológicas, al fin y al cabo, son empresas: existen para ganar dinero, no para proteger a los niños”, escribe Latifi. “Eso es lo que me resulta tan confuso sobre la insistencia en que empresas como Meta, Google y ByteDance tomen medidas para proteger a los niños influencers. ¿Por qué lo harían?”
Fuente: The New York Times
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