La larga y sinuosa ruta de Christopher Beha desde un ateísmo bien fundamentado hasta una fe cristiana aún más cultivada comienza con una imagen poderosa: un ángel se le aparece. No es Clarence, el atolondrado amigo de Jimmy Stewart en ¡Qué bello es vivir!, sino una aparición exigente y persistente.
En su profunda reflexión sobre la fe y la filosofía, Why I Am Not an Atheist (Por qué no soy ateo), explica que el espíritu le dijo que confiara en Dios. “Esto no fue un sueño”, escribe sobre la primera visita, ocurrida a mediados de los años noventa, cuando tenía 15 años. “Estaba despierto —tan seguro de eso como de que ahora estoy despierto mientras escribo estas palabras— y una presencia aterradora se comunicaba conmigo”.
Las visitas continuaron durante años. Beha creció en una familia católica y amante de los libros en el Upper East Side de Nueva York, que lo envió a Princeton. Fue editor de Harper’s Magazine y es autor de cuatro libros anteriores, cuyos temas abarcan desde novelas sobre complicaciones emocionales hasta un repaso por los clásicos, mostrando así su versatilidad literaria.
Unos años después de que el imperioso querubín le indicara que debía acercarse a Dios, Beha comprendió que todo podía explicarse desde la ciencia. Había experimentado parálisis del sueño, un estado en el que permanecía despierto pero inmovilizado, acompañado de alucinaciones.
“Había sufrido un padecimiento físico bastante común y, en vez de buscar una causa racional, me refugié en la superstición”, escribe. “En realidad me había convencido de que Dios me enviaba un mensaje”.
Como alguien que también presenció algo inexplicable (una santa fallecida que abrió los ojos en una cripta en Italia), me resultaba más atractivo el Beha adolescente, colmado de asombro religioso. Pero al final del libro, regresa al ángel con una visión ampliada. Fue a la vez un milagro y algo real. “Sé lo que ‘causó’ esas visitas, desde un punto de vista material, pero también sé lo que provocaron después: un viaje de toda la vida en el que todavía sigo”.
Entre esos extremos se despliegan varios cientos de páginas que componen ese trayecto, casi todas centradas en los filósofos mayoritariamente ateos del canon occidental. No es una peregrinación tradicional, sino una odisea intelectual. Beha debate con los grandes maestros: Descartes, Kant, Locke, Mill, Hobbes, Camus, Nietzsche y muchos más, pero empieza cuestionando a los “nuevos ateos” como Sam Harris, Richard Dawkins, Christopher Hitchens y similares, a quienes considera ya superados.
Hace algunos años, el periodista Michael Kinsley describió el libro de Hitchens God Is Not Great con una frase memorable: “Hitchens es un ateo de aldea a la antigua, parado en la plaza tratando de discutir con los buenos ciudadanos que van camino a la iglesia”.
Beha no es de los que lanzan piedras ni busca peleas. Tiene una devoción casi obsesiva por las grandes mentes. Es el tipo de persona que habrías querido como compañero de habitación antes de la era de la inteligencia artificial. O tal vez no. Ha leído todo y hasta escribió una memoria al respecto, The Whole Five Feet, en la que narra el año que dedicó a leer los 51 volúmenes de los Harvard Classics. Solo mirar esa lista agota a la mayoría.
Él escaló esa montaña para que otros no tuvieran que hacerlo. Pero, a veces, en su nuevo libro se pierde en las nubes. Un ejemplo, al tratar a Immanuel Kant, el filósofo alemán: “Kant aquí invoca dos binarios que ya hemos discutido. El primero es el que existe entre la verdad a priori y a posteriori; el segundo, entre análisis y síntesis”.
Beha es sincero, honesto y resulta agradable en la página. Su historia personal resulta más interesante que la intelectual. Empezó a dudar de su fe a los 18 años, tras casi perder a su hermano gemelo en un accidente de auto. Sufrió depresión y un cáncer que puso su vida en riesgo, abusó del alcohol y las drogas. Fue ateo durante mucho tiempo.
El libro es una larga réplica a “Why I Am Not a Christian”, el célebre ensayo del polímata británico Bertrand Russell, quien calificaba la creencia en Dios como “una concepción indigna de hombres libres”. Russell fue una de las figuras que empujaron a Beha a años de escepticismo comprometido.
No le resultaba suficiente el agnosticismo tibio de los espiritualmente errantes, una condición que el comediante católico Stephen Colbert comparó alguna vez con ser “un ateo sin agallas”. Beha se entregó por completo.
El argumento de Russell es conciso, refuta cada una de las razones principales a favor de la fe. El de Beha no lo es. Descompone la visión atea en dos categorías y dedica la mayor parte del libro a detallarlas e incluso simpatizar con ellas. Una es el “materialismo científico”, que sostiene que solo existe el mundo material. La otra es el “idealismo romántico”, que él define como la creación de la propia realidad.
Durante sus largos años en el desierto de la incredulidad, Beha intentó encajar en alguna de esas narrativas, buscando “hacer significativa una vida sin Dios”.
Al final, el ateísmo le resultó insuficiente, igual que a algunos revolucionarios franceses que transformaron brevemente la catedral de Notre-Dame en el árido Templo de la Razón. La religión de la no-religión puede parecerse a la cerveza sin alcohol: ¿para qué?
Beha no pretende convencer a quienes ya han renunciado a Dios. Solo quiere explicar qué lo llevó a regresar a la fe de sus padres, “escuchando la voz susurrante en el alma”. No hay una conversión fulminante, ninguna luz cegadora. Más bien, su vida, a menudo miserable, mejora con la mujer adecuada, una confesión católica, la asistencia regular a misa. Y esa mujer —“ella era la razón por la que creía en Dios”— ni siquiera es creyente. Es episcopaliana no practicante.
Si Beha no logra necesariamente ganar su debate con Russell, al menos hay que reconocerle que cumple la exigencia de los seres conscientes: reflexionar a fondo sobre el misterio de lo que somos en un universo incognoscible.
“No creo que alguna vez vea las cosas con claridad; no en esta vida mortal”, concluye. “Lo mejor que podemos esperar es estar mirando en la dirección correcta, orientados del modo adecuado”.
Fuente: The New York Times