El contraste entre el castigo legal aplicado a los suicidas en el Reino Unido y los rituales eslavos de protección ilustra la diversidad histórica en las creencias sobre la muerte y el más allá. La imagen del vampiro atravesado por una estaca en el corazón no encuentra sus raíces en las Islas Británicas, sino que responde a prácticas culturales distintas y separadas.
Según HistoryExtra y el profesor John Blair, la costumbre británica de emplear una estaca en entierros estuvo vinculada principalmente al castigo de los suicidas, diferenciándose de las tradiciones centroeuropeas enfocadas en el temor a los no muertos.
El concepto de vampirismo, junto con los métodos para evitar el regreso de los muertos, surgió en sociedades rurales de Europa central y oriental. Blair, especialista en historia medieval, explicó en diálogo con HistoryExtra que las denominadas “epidemias de vampiros” fueron documentadas en regiones eslavas.
El miedo a los no muertos se avivaba ante la presencia de cadáveres con signos inusuales, como sangrado reciente o una apariencia más robusta de lo esperado. Tales características se interpretaban como evidencia de su naturaleza anómala, aunque en realidad se debían a la falta de conocimiento sobre los procesos de descomposición.
En esas comunidades, atravesar el cuerpo con una estaca representaba un rito funerario estrictamente asociado con el temor a que el difunto regresara. Blair señaló que el ritual consistía en exhumar los cuerpos sospechosos y fijarlos a la tierra con una estaca, con la intención de impedir que el supuesto vampiro saliera de la tumba para dañar a los vivos.
Esta costumbre, profundamente arraigada en la mitología eslava y en las creencias populares del área, no tenía correlato en las prácticas funerarias tradicionales del Reino Unido.
En las Islas Británicas, en cambio, la práctica de clavar una estaca en el corazón respondía a un razonamiento legal y social completamente distinto. El historiador Justin Pollard, colaborador del medio especializado, explicó que esta medida se imponía a los suicidas reconocidos legalmente como “felo de se”, es decir, culpables de un crimen contra sí mismos.
Estas personas, al quitarse la vida en pleno uso de sus facultades mentales, enfrentaban la sanción social y legal más severa de la época. Sus cuerpos eran arrastrados por la ciudad y enterrados en cruces de caminos, lejos de los cementerios cristianos y sin ritos religiosos. Finalmente, se les atravesaba el corazón con una estaca, una acción que simbolizaba el castigo y reforzaba su marginación social.
La sanción para los suicidas perduró durante siglos en el Reino Unido. Los entierros de “felo de se” en cruces de caminos, acompañados de la estaca, se abolieron tras la promulgación de la ley parlamentaria de 1823.
No obstante, el suicidio continuó siendo considerado un delito en el país hasta 1961, y durante ese intervalo los médicos tenían la obligación de informar este tipo de fallecimiento a la policía. Estos datos reflejan la persistencia de una mirada punitiva y excluyente hacia quienes atentaban contra su propia vida, extendiéndose mucho más allá de lo meramente simbólico.
Este recorrido histórico demuestra cómo evolucionaron tanto las creencias sobre la muerte como los sistemas legales de exclusión. Mientras que en Europa oriental las prácticas buscaban neutralizar amenazas sobrenaturales, en Gran Bretaña operaban como mecanismos de segregación social y religiosa.
La distancia entre ambas tradiciones revela la riqueza y complejidad de los modos en que distintas sociedades han interpretado el fin de la vida y el lugar de los marginados en la comunidad.
Por otra parte, Blair subraya que la imagen contemporánea del vampiro, con la estaca como remedio esencial, corresponde a una reinterpretación moderna difundida por la literatura popular.
El personaje de Drácula, de Bram Stoker, constituye una excepción frente a los arquetipos tradicionales y muestra la transformación cultural de estas creencias. El imaginario colectivo asocia la estaca al mito vampírico global, aunque en su origen las motivaciones y connotaciones variaban significativamente entre regiones.
Durante siglos, la marginación jurídica y social de quienes se quitaban la vida dejó una huella profunda en la historia funeraria británica, influyendo en la legislación, en los rituales y en la memoria colectiva. Este fenómeno, enmarcado en una época donde la muerte tenía no solo un sentido biológico sino también moral y social, permite comprender mejor el arraigo de las prácticas simbólicas y su evolución hasta nuestros días.
La superposición de mitos, castigos y reinterpretaciones literarias ha dado lugar a una narrativa rica y matizada que aún hoy despierta interés e invita a revisar críticamente las creencias heredadas sobre la muerte y el más allá.