Durante más de un siglo, la medida dominante de la inteligencia humana ha sido el test de cociente intelectual (CI, IQ test), una herramienta concebida para cuantificar la capacidad de razonamiento a través de la resolución de problemas lingüísticos y lógico-matemáticos.
Inteligencia: una cuestión poliédrica
Sin embargo, un número creciente de académicos y pedagogos ha cuestionado si este enfoque tan reduccionista y limitante logra realmente captar toda la amplitud del potencial humano.
Entre los críticos más influyentes se encuentra Howard Gardner, de la Universidad de Harvard, cuya teoría de las inteligencias múltiples sostiene que las medidas tradicionales no logran dar cuenta de las habilidades cognitivas e interpersonales, igualmente necesarias para el aprendizaje, el desarrollo personal y, por supuesto, el éxito profesional.
Gardner identificó al menos nueve formas distintas de inteligencia: espacial, lingüística, lógico matemática, corporal sinestésica, musical, inteppersonal,intrapersonal, naturalista y existencial. Los sistemas educativos, sin embargo, han tendido a enfatizar únicamente las tres primeras, descuidando las demás formas de talento y capacidad.
Las consecuencias de esta omisión son evidentes. Muchos de los emprendedores más exitosos de nuestro tiempo surgieron de contextos no académicos, con escasa formación formal en disciplinas convencionales. Su éxito pone de relieve que el talento suele hallarse en ámbitos que trascienden los parámetros estrechamente definidos de la inteligencia tradicional.
La inteligencia no solo se hereda, se cultiva
Otros investigadores, siguiendo esta línea, desarrollaron la teoría de la inteligencia emocional: la capacidad de percibir, comprender e integrar las emociones de un modo que configure nuestra conducta y nuestras relaciones. Daniel Goleman, que popularizó este concepto, sostiene que la inteligencia emocional no es innata sino cultivada. Habilidades como la autoconciencia, la conciencia social y la gestión de las relaciones pueden desarrollarse mediante una práctica deliberada y, cuando se dominan, enriquecen de forma decisiva el liderazgo.
Todos conocemos a analistas brillantes, dotados de una capacidad intelectual prodigiosa, que carecen de las competencias emocionales necesarias para dirigir equipos, lo que les dificulta alcanzar posiciones de influencia. Del mismo modo, abundan los líderes con un CI promedio que han alcanzado relevancia precisamente porque invirtieron en desarrollar su inteligencia emocional.
La ciencia ha rebatido la creencia de que la inteligencia es enteramente genética. Como ha demostrado Richard Nisbett, catedrático de Psicología en la Universidad de Michigan, cada vez resulta más evidente que la inteligencia puede ser modificada por el entorno.
Los ambientes educativos han evolucionado de tal manera que hacen a las poblaciones más inteligentes, y en formas más diversas, que en el pasado. Los docentes desempeñan un papel decisivo en este proceso. La mayoría de nosotros puede evocar al menos a un maestro o maestra cuya influencia modeló nuestra trayectoria, que reconoció en nosotros un potencial aún oculto y que supo hacer aflorar capacidades que de otro modo habrían permanecido latentes.
Inteligencia, arte, belleza
Entre las formas de inteligencia a menudo olvidadas hay una especialmente relevante: la inteligencia estética, entendida como la capacidad de comprender, analizar, producir o crear obras de arte. Históricamente, una de las formas de cultivarla era el Grand Tour: el viaje por Europa que realizaban los jóvenes aristócratas ingleses en los siglos XVIII y XIX.
Al recorrer Francia e Italia, accedían directamente a distintas culturas, artes y tradiciones, adquiriendo no solo conocimiento, sino también perspectiva, carácter y la capacidad reflexiva necesaria para afrontar la vida adulta.
Schiller: la belleza como fuerza liberadora
En sus Cartas sobre la educación estética del hombre, Friedrich Schiller (1759-1805) subrayó este papel de la belleza como fuerza de liberación interior.
Reflexionando sobre los fracasos de la Revolución francesa, Schiller concluyó que la libertad política no podía asegurarse únicamente mediante leyes: requería de una libertad interior, cultivada a través de la experiencia estética.
Schiller describía a la humanidad como dividida entre dos impulsos: el sensible, que nos ata al deseo y al cambio, y el formal, que nos atrae hacia la permanencia y la razón. Esta tensión fragmenta al individuo y desestabiliza la sociedad. Su solución fue el “impulso de juego”, que se manifiesta en la experiencia de la belleza y el arte, en la que los seres humanos son a la vez racionales y sensibles, no sujetos ni a la necesidad ni a la obligación, sino libres.
Para él, la educación estética no era un lujo, sino el fundamento de toda sociedad verdaderamente humana. Sin ella, las revoluciones corren el riesgo de degenerar en violencia o tiranía; con ella, los ciudadanos, formados en la belleza, poseen la armonía interior indispensable para sostener la libertad.
Hume: el poder civilizador de las artes
Una generación antes, David Hume (1711-1776) había defendido de forma similar el poder civilizador de las artes. En su breve ensayo, Sobre la delicadeza del gusto y de la pasión (1777), distinguía entre dos formas de delicadeza que configuran el carácter humano.
La delicadeza de la pasión se refiere al grado de intensidad emocional con el que uno vive la fortuna o la desgracia. Quienes sienten con intensidad experimentan la alegría con mayor fuerza, pero también sufren más profundamente la adversidad y la crítica.
Los individuos templados, en cambio, afrontan los altibajos de la vida con ecuanimidad. Hume concluía que, en conjunto, es preferible ser templado que ser apasionado, puesto que en la vida predominan la pena y la adversidad sobre el placer y la dicha.
La delicadeza del gusto se cultiva mediante la apreciación de la literatura, la música y las artes. Quienes poseen un gusto refinado experimentan un profundo placer en ellas, mientras que quienes carecen de él permanecen indiferentes. Hume sostenía que la delicadeza del gusto puede contrarrestar los dolores de la pasión. Robustecer nuestro juicio y ampliar nuestra perspectiva nos enseña a considerar las pequeñas desdichas como triviales, al tiempo que nos proporciona fuentes de alegría bajo nuestro propio control.
Esta idea sigue siendo sorprendentemente actual. El cultivo de la inteligencia estética no solo mejora la resiliencia, sino también las competencias de gestión intercultural. Como observó Hume, no puede persuadirse a quien no está acostumbrado a la música italiana de que esta supera a una melodía escocesa. La apreciación cultural exige exposición, paciencia y formación.
Tanto en la vida profesional como en la personal, el desarrollo conjunto de la delicadeza del gusto fomenta la afinidad intelectual y fortalece los vínculos. Hume incluso señalaba que favorece el amor y la amistad, al volvernos más selectivos en nuestras relaciones y menos dependientes de la compañía de la multitud.
Una educación que enseñe a apreciar y reflexionar
Consideradas en conjunto, la teoría de las inteligencias múltiples, la investigación sobre la inteligencia emocional y las reflexiones filosóficas de Schiller y Hume apuntan hacia una misma conclusión: la educación debe ser más amplia, más profunda y más humana, y preparar a las personas no solo para calcular o analizar, sino también para empatizar, apreciar, reflexionar e imaginar.
En suma, debe cultivar el conjunto pleno de las inteligencias humanas, incluida la estética. Porque al hacerlo no solo se forma a profesionales más educados sino a seres humanos más libres, sabios y resilientes, preparados para afrontar tanto los desafíos de su tiempo como las exigencias intemporales de vivir bien.
El autor es presidente IE University, IE University.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
Fotos: archivo e Infobae.