Quiero hablar del cuerpo de los demás

Hace tiempo se supone que respetar es callar lo que uno ve. Pero ¿cariño no es también el compromiso de enfrentar algo incómodo?

Mi amiga entra a mi casa. Hace un tiempo que no nos vemos, no tanto, pero pongamos un par de meses. Está gorda. Nunca fue, digamos, un palito pero en estas semanas subió unos cuantos kilos. Pasa, charlamos: no digo nada. No digo nada porque, se sabe, “no se habla del cuerpo de los demás”. Cuando se va, me siento una traidora. Una cobarde.

Desde hace un tiempo hay campañas, mensajes en redes, artículos periodísticos y hasta algún libro nos explican por qué no hay que decir nada, por qué hay que hacer como que no vemos lo que vemos o, tal vez, como que no notamos que algo pasa en eso que vemos. Son ideas bienintencionadas: se trata de proteger a otros de la agresión. Como si la indiferencia fuera lo mejor que tengo para ofrecerle. Y que se acompaña con algo peor: el fingimiento. Como si no viera lo que veo. O como si se hubieran levantado entre nosotras, que nos queremos tanto, temas prohibidos. ¿Desde cuándo hay asuntos de los que no podemos hablar?

Googleo “no se habla del cuerpo de los demás” y me sale una catarata de notas que me explican que es así, que no se habla. Que no es materia opinable (¿ni mencionable?), que no suma, que puede afectar la autoestima. Y, sobre todo, que casi siempre esos comentarios son agresivos. Pero ahí ya estamos cambiando de carril: ¿no puedo hablar, ni por amor, porque casi siempre se trata de agresión?

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Podrán decirme que mi amiga, claro, ya sabe que engordó, que no necesita que yo se lo avise, que si quisiera hablar de eso me lo diría. Y puede ser. Pero ¿es también un gesto de cariño abrir la puerta a esas charlas? Es cómodo, en el fondo, fingir demencia y no decir nada pero querer a alguien también es incomodarse. Comprometerse es, muchas veces hablar de cosas que duelen.

Hablar con empatía, la clave.

“En agosto del 2025 sale en la revista Cell, que la obesidad es una enfermedad neurobiológica”, cuenta Susana Gutt, médica especialista en Nutrición, magister en Educación, médica del Hospital Italiano. “La causa de la obesidad fue mal comprendida por los médicos, que les insistían a los pacientes para que bajaran de peso cuando las características de esta enfermedad tienen que ver con otras cosas: cómo alguien tiene el hambre y la saciedad alteradas, cómo está aumentada la grasa y cómo el equilibrio energético del cuerpo”.

Una enfermedad y, sin embargo, un estigma. “La obesidad como la psoriasis o el vitiligo, se ven. Entonces la gente opina”, dice Gutt.

¿Entonces? ¿Hablo o no hablo?

“Que pase una mujer y le digan ‘gorda’, eso está mal”, dice Gutt. “Porque es como que te digan, no sé, ‘tuberculosa’ o a una pelada, ‘cancerosa’. La gente no puede hacer eso. Pero si ves a alguien con una enfermedad oncológica, por ejemplo, sin cabello, y tenés un vínculo de compañerismo, podés decirle: ‘¿Necesitás algo, te puedo ayudar en algo, hay algo?’ Con la obesidad es lo mismo".

“Entonces”, dice Gutt“, “esto de no hablar del cuerpo del otro no es saludable segúl los contextos. Si yo soy un médico, vos venís a consultarme porque tenés una molestia en el ojo y venís al oftalmólogo y el oftalmólogo ve que vos entrás con ciento veinte kilos, no te tiene que decir: ‘señora, usted tiene que bajar de peso’, porque vos no fuiste para eso. Pero sí puede acercarse y decirte: ´'bueno, mire, usted en el ojo tiene esto. Además, porque soy médico, veo que usted tiene un problema con el peso, ¿le importa, le interesa hablar de eso? O sea, el paciente es el que tiene que decir si quiere hablar” .

Gutt, que ha visto mucha gente llorar en su consultorio por lo que le decían los demás, dice que esto de preguntar corre para todos: “A esta persona que viste entrar a tu casa y la viste con obesidad, no le decís ‘Che, qué gorda que estás’. No es esa la manera. Es con cuidado, con empatía, con delicadeza. Es doliente el paciente que tiene esto. Es decirle: ‘Che, te veo que estás con este problema. ¿Querés hablar de esto?’"

Susana Gutt es Médica Especialista en Nutrición y Magister en Educación Médica del Hospital Italiano

Hablar, pero hablar bien. No presuponer que decir es atacar, creer-ay, no es tan difícil- que se puede pensar en el otro y hacer algo. Dejar de ser cancheros, de “domar”. “Yo no estoy de acuerdo en no hablar del cuerpo del otro”, dice Gutt. Porque no hablar, tapar, negar que “pasa algo” facilita la enfermedad. Y negar que sea una enfermedad hace que la obesidad no sea parte del Programa Médico Obligatorio, es decir que no tenga cobertura del sistema de salud.

“El problema de simplemente aceptar esos cuerpos, que esto es lo que me tocó y estoy bien y yo soy así y soy feliz así, es que vas a terminar diabético, hipertenso, dislipidémico, con insuficiencia cardíaca, con enfermedad renal, con algún cáncer. Ojo, porque claro, todo eso se produce en mucho tiempo, a través de los años”, advierte la médica.

“Estoy de acuerdo en hablar con cuidado, con empatía. Y con aceptar que los cuerpos son todos distintos. Que no existe el cuerpo perfecto, divino. Existe en la tele, nada más. Y cuando a los de la tele los ves personalmente... es otra historia”.

Quiero hablar del cuerpo mío y del de los demás. Quiero hablar con respeto, quiero sacarme de encima una escala de valores fijada quién sabe por qué modelo al que nunca accederemos y que nos dejará siempre en falta. Quiero hablar desde mi cuerpo tajeado, con cicatrices, con rollitos, con los muslos “así”, con manchas. Pero que no me callen y que los demás no se callen conmigo.

Gutt concluye: “Se habla del cuerpo del otro, depende dónde, depende cuándo, depende quién y depende cómo”. Estamos juntos en este barco, muchachos: ¿por qué dañarnos o callarnos?

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