¿Qué tienen en común los Nenúfares de Claude Monet, la Noche estrellada de Vincent Van Gogh, La gran ola de Kanagawa de Katsushika Hokusai, el Entierro de Cristo de Pieter van der Werff y Desnudo azul de Pablo Picasso? Si pusiéramos estas obras en fila, una al lado de la otra, y deslizáramos la vista con los ojos entrecerrados veríamos una larga franja azul. No es un color cualquiera, uno más de la paleta de la naturaleza, sino un pigmento fascinante: Azul de Prusia.
Todo comenzó en el año 1706. Al menos así lo estiman los historiadores. Johann Conrad Dippel era un teólogo pietista, químico y médico alemán que vivía en el castillo de Frankenstein. Supo sembrar ciertas controversias —hasta fue encarcelado por sus creencias— al tomar el camino de la alquimia. Buscaba convertir metales comunes en preciosos, pero en un momento se lanzó hacia un objetivo mayor: lograr el “elixir de la vida”. (Se dice que posiblemente inspiró a Mary Shelley).
La historia empieza de forma muy ambiciosa, pero claro que Dippel no logró su brebaje mágico; por el contrario, consiguió una bebida espantosa con un sabor y olor tan desagradables que “durante la Segunda Guerra Mundial fue usado para hacer el agua imbebible y deshidratar al enemigo”, cuenta la periodista Dalia Ventura. Era una destilación de cuernos, cuero, marfil y sangre descompuestos. A todo eso le agregaba carbonato de potasio. Iba a servir para algo.
Johann Jacob Diesbach era un fabricante de pinturas e inventor suizo. Estaba en su laboratorio de Berlín preparando un lote de laca carmesí, un pigmento rojo hecho con cochinilla, un insecto traído de Latinoamérica, cuando se quedó sin potasa. Por algún motivo tenía el brebaje de Dippel, que llevaba mucho de este material que a él le faltaba. Probó mezclarlo, ¿qué podía salir mal? Lo dejó reposar toda la noche. A la mañana siguiente, cuando volvió al laboratorio, encontró belleza.
La explicación está en el hierro de la sangre, lo que generó una reacción química novedosa. Lejos del rojo buscado, la solución fue un azul extraño, brilloso, potente, fascinante. Diesbach se habrá quedado varios minutos mirándolo de cerca, exponiéndolo al sol para apreciar mejor la tonalidad. Parece que el motor del mundo es la suerte. “Si el azar no hubiera intervenido, sería necesaria una teoría profunda para inventarlo”, dijo el químico francés Jean Hellot años después.
La primera mención a este pigmento, la primera vez que alguien lo escribe, es en una carta de Johann Leonhard Frisch a Gottfried Wilhelm Leibniz (presidente de la Academia Prusiana de Ciencias) fechada el 31 de marzo de 1708. Firsch dijo haberlo mejorado a través del tratamiento ácido para su comercialización y en 1709 se decidió cambiar el nombre a Azul de Berlín. A partir de entonces la invención se vuelve un fenómeno imparable.
“Con el descubrimiento del azul de Prusia se abarató el coste de un color que, hasta entonces, se obtenía a partir del lapislázuli, la gema de color azul ultramar cuya extracción de las montañas occidentales de Afganistán encarecía el tinte. De esta manera, Frisch se hizo rico y expandió su comercio en las tiendas de París, Londres y San Petersburgo. El azul de Prusia se puso de moda”, escribió el periodista y escritor Montero Glez.
El primer cuadro que incluye el Azul de Prusia es El entierro de Cristo, realizado en Rotterdam en 1709 por Pieter van der Werff. Es la evidencia más antigua del uso del pigmento. Al año siguiente adquirió cierta masividad al utilizarse por los pintores de la corte prusiana y, enseguida, como color oficial del uniforme del ejército. Al poco tiempo se empezó a usar en París por artistas como Antoine Watteau, Nicolas Lancret y Jean-Baptiste Pater.
Se dice que el mayor alcance se obtuvo a mitad de siglo cuando Pierre-Joseph Macquer descubrió que al depositar el pigmento directamente sobre la lana, el algodón o la fibra de seda por medio de sal de licor de sangre amarilla se mejoraba significativamente la solidez. Eran cuestiones prácticas. Por esta invención nombrar a Macquer Inspector General de Plantas de Teñido. Se fundaron once fábricas de este pigmento en Alemania entre 1756 y 1799.
Alrededor de estos establecimientos fabriles predominaba el mal olor —crear el Azul de Prusia dependía del procesamiento de los desechos animales—, por lo que las zonas residenciales se alejaron completamente y algunas fábricas se mudaban cerca del bosque. Sobre la producción de este pigmento escribió Theodor Fontane en su novela Frau Jenny Treibel. Los protagonistas son los miembros de una gran familia berlinesa que manejaba estas fábricas.
En 1759, la Compañía Sueca de las Indias Orientales exportó el pigmento a China e India y año a año las cantidades se fueron multiplicando y llegando a cada vez más países. Así se introdujo este color en las xilografías tradicionales japonesas y está presente en La gran ola de Kanagawa, la famosa estampa del pintor Katsushika Hokusai, publicada entre 1830 y 1833, durante el período Edo de la historia de Japón.
Esa década, la del treinta, se produjo lo que los historiadores del arte llaman la revolución azul. Los primeros diez grabados de la serie, entre los que se encuentra La gran ola, son de las primeras estampas japonesas en las que aparece el azul de Prusia. La innovación tuvo un éxito inmediato y para el año nuevo de 1831 el editor de Hokusai, Nishimuraya Yohachi, hizo anuncios publicitarios por todos lados propagando el tono del pigmento hacia la masividad.
Más tarde, en 1893, el expresionista noruego Edvard Munch pinta un paisaje nocturno de la costa de Åsgårdstrand, cerca de Oslo. Allí Munch pasaba sus veranos desde hacía diez años. Es la vista desde la ventana del hotel donde había conocido el amor por primera vez. Lo importante no es el paisaje, si no la emoción de la noche y ese misticismo y esa melancolía solo podía lograr con el color azul. No fue cualquier azul, fue con Azul de Prusia. Tituló la pintura Noche estrellada.
Ese mismo color y ese mismo título usó Vincent van Gogh en 1889. Es la vista desde la ventana de su habitación de asilo en Saint-Rémy-de-Provence, justo antes del amanecer. Es una obra icónica para la historia del arte. Para la mayoría de los críticos es su obra maestra. La historiadora del arte Lauren Soth dijo que la pintura es una “imagen sublimada de los sentimientos religiosos más profundos de Van Gogh” y que usó este color para representar a Cristo.
“Ya para 1782, poco más de 70 años después de su descubrimiento —cuenta el periodista Jorge Cantillo—, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele descubrió que si mezclaba azul de Prusia con ácido sulfúrico diluido podía producir un gas incoloro, soluble en agua, que era altamente mortal. Este ‘ácido azul’ o ‘ácido prúsico’, es lo que hoy conocemos como cianuro de hidrógeno o cianuro, una palabra derivada de la palabra griega para azul oscuro”.
Y si bien el Azul de Prusia derivó en el cianuro que usaron los nazis en las cámaras de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial, es un pigmento que produjo grandes bellezas que se pueden ver en El joven azul (1770) de Thomas Gainsborough, en varios de los nenúfares de Claude Monet y en el “Periodo Azul” (1901-1904) del español Pablo Picasso, en obras como El gran autorretrato azul, La vida, El viejo guitarrista o Las dos hermanas. Esta es la historia de un color.
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