Marcelo Luján: “Mejor es ser torero o futbolista; pero la escritura es lo único que se me da más o menos bien”

Radicado en Madrid desde el año 2001, el narrador criado en Mataderos acaba de ganar el Premio Internacional Ribera del Duero con su libro de cuentos "La claridad". En este diálogo con Infobae Cultura, se refiere al galardón, a la cuarentena, a la identidad de extranjería, a la transformación del idioma y a la constelación literaria que ha creado

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Marcelo Luján
Marcelo Luján

Marzo de 2001. Marcelo Luján llega al aeropuerto con las valijas y se sube al avión. Se baja en Madrid. Lo esperan algunos amigos. Tiene un dinero que obtuvo por la venta de un departamento. Quiere dedicarse a la escritura. Ese es su objetivo. “Y necesitaba irme, no a la mierda, sino a vivir a otro país”, cuenta ahora, en diálogo telefónico con Infobae Cultura. Aún es “un argentino viviendo en España”, esa identidad doblada cuyas puntas tocan ambos países sigue intacta en él. “Madrid me gustó mucho, se parece mucho a Buenos Aires, tiene una oferta cultural interesante. Para vivir es una gran ciudad. No todas las ciudades que son lindas están buenas para vivir. Para un laburante, quiero decir”, agrega.

Cuando llegó el diciembre fatal, pese a la lejanía él también perdió. “Fue terrible porque un montón de guita que tenía, que era mía, la perdí. Pero bueno, solo es plata. Y pude sacar adelante mi vida: yo era muy joven, tenía mucha energía, estaba muy contento y escribía un montón, cosa que hace mucho tiempo que no hago. Empecé a ganar premios, me empezaron a publicar los libros. Seguí muy conectado con la literatura argentina y con mis amigos como Leonardo Oyola, que es con la gente que me identifico. Yo soy de Mataderos, así que el barrio nunca lo suelto porque es parte de mi identidad. Después vino Selva Almada, con quien nos hicimos bastante amigos; también Gabi Cabezón Cámara. Ahora están todos muy consagrados, pero en ese momento empezábamos. Horacio Convertini también es muy amigo mío. Y leo mucho literatura argentina, por ejemplo Ricardo Romero me gusta mucho aunque no lo conozco. Argentina está siempre presente, pero ya llevo veinte años acá”.

Ahora lo que vemos es una fotografía, el pedazo último de su historia: hoy le entregaron el VI Premio Internacional Ribera del Duero en el Círculo de Bellas Artes de Madrid por su libro de cuentos La claridad. El jurado presidido por Fernando Aramburu lo eligió por unanimidad. “Confiaba mucho en el texto y es en definitiva lo único que tiene que importar”, asegura. El certamen literario premió su obra inédita —como lo hizo en 2017 con el libro de otra Argentina, Samanta Schweblin— con 50 mil euros.

“Pero esta locura —continúa— no vuelvo a hacerla más y no se la recomiendo a nadie: escribir un libro de cuentos desde cero, como si fuese una novela. En general cuando pasás la página treinta o cuarenta ya tenés un destino, un tono establecido, un montón de universos que ya están establecidos, entonces es cuestión de ponerte ahí, avanzar, aunque también es un laburo. Acá son seis cuentos largos. Terminaba uno, que me llevaba ocho meses, y tenía que empezar de cero con otra historia, con las decisiones técnicas, que no fuesen reiterativas pero que no se despegaran de esta homogeneidad y esta cohesión interna. Eran un montón de retos técnicos que me puse, pero también sin faltarle el respeto al lector, es decir, que tenga un feedback bueno, que el mensaje llegue al receptor como corresponde”.

"La claridad" de Marcelo Luján
"La claridad" de Marcelo Luján

En Luján no hay un método ni una fórmula, pero sí un plan, un objetivo, un reto: “A mí no me gusta encriptar mucho la movida. Está bueno llegar a la cantidad de lectores posibles. Que mi mamá lo entienda es algo que siempre busco. La pongo como ejemplo siempre, a su generación. Si hay un segundo nivel de lectura y me hablan del futuro narrativo, perfecto; pero yo quiero que mi vieja disfrute el futuro narrativo sin saber técnicamente lo que es. Soy muy cuidadoso escribiendo, por eso tardo tanto publicar. Tampoco es que vivo de la venta de los libreros, sino de toda la periferia y la constelación de cosas que me dan libros más o menos prestigiosos. Yo acepto todas las posturas de todos los compañeros y compañeras, pero me interesa eso: sacar menos libros, pero haberlos laburado muy a conciencia, que haya escrito lo que quise. Y este libro es muy especial porque me llevó muchos años”.

Ese plan consistía en un trabajo fino: “No era la idea juntar cuentos: uno que tengo acá, otro que publiqué en el diario, otro que me encargaron, este lo reescribo un poco porque lo escribí en el colegio y más o menos hago un libro y entre novela y novela aguanto un poco la bronca del editor. No, no. Esto de hecho me llevó el doble de tiempo que una novela y muchos más dolores de cabeza, pero era un reto personal y profesional y lo quería hacer. No tengo compromisos editoriales, puedo tomar tres años para escribir el libro que quiero. Y bueno, salió esto. Se cuadró que se dieron las bases del Ribera que es como un súper premio para este tipo de textos. Y lo mandé con todo escepticismo porque es un premio muy complejo. Tiene muchos puntos atractivos: la guita, mandan ahí autores con la cara muy seria, Aramburu de jurado. Hay muchos elementos, no es sólo la plata. Cuando me anunciaron que era finalista vi a todos los compañeros y compañeras que también habían llegado y sabía que iba a ser un final picante, digamos, pero confiaba muchísimo en el texto. Además tenía la intuición que lo que había hecho yo nadie lo hace, porque no tiene sentido perder tres años en un libro que luego el editor te viene a decir: ‘¿peo no tenés una novela?’ Sabía que iba a ser un texto difícil de ganarle. Tenía como una intuición, pero también estaba súper callado, porque tampoco podés salir a chulear y demás. Somos todos buenos y también hay una cuota de suerte”.

Seis cuentos: “Treinta monedas de carne”, “Una mala luna”, “Espléndida noche”, “El vínculo”, “La chica de la banda de folk” y “Más oscuro que tu luz”. Aunque originalmente el libro tenía cinco relatos —”de factura impecable”, escribió Fernando Aramburu—, se decidió agregar un sexto. Es que el premio falló el 10 de marzo, cuatro días antes que el Gobierno de España inicie la cuarentena. “Pensá que la fecha de premiación estaba prevista para el 24 de marzo. Yo había preparado un discurso porque en Argentina era un día especial y quería destacar el valor de la memoria. Y al final de todo eso: nada. Empezaron a pasar los meses, los organizadores se empezaron a asustar porque con el fallo emitido el silencio se tenía que respetar. Y yo tuve que encriptarme mucho y tratar de olvidar algo bastante complicado de olvidar. Se lo dije a mis hermanos y a mi viejo que está en Buenos Aires, que me pedía que le mande una foto de la tapa. Mi viejo tiene ochenta años, no se la podía mandar por WhatsApp porque le da a un botón y lo publica en Facebook”.

Marcelo Luján
Marcelo Luján

“Con la cuarentena tuve tiempo de laburar mejor el libro. Había mucha incertidumbre, porque no sabíamos cuándo iban a abrir las librerías. Bueno, como ocurre más o menos ahora en Argentina. Con esa incertidumbre, ni que baje Tu Sam podés saber lo que puede pasar. Entonces empezamos a trabajar el libro”, cuenta Luján y se detiene en un detalle, que no es tan detalle: la tapa. “Había una acuarelista coreano que me gustaba mucho, pero que no había modo de contactar al tipo ni a su galerista de Nueva York. No contestaba los mails, entonces me dicen que empiece a buscar más opciones”. Sin más vueltas ni intermediarios, le mandó un mensaje por Instagram “de artista a artista y, apelando al llanto latinoamericano, le dije que esto iba a ir a Latinoamérica, capaz al coreano le interesaba”. Última chance y a contrarreloj. Byung Jun Ko, ese es su nombre, contestó enseguida. “Me pidió un dineral por los derechos. Yo se lo pasé a quien corresponde. Quien corresponde me sacó cagando. Y le escribí al coreano y le dije que me sacaron cagando, pero que le podían dar tanta guita. Perdido por perdido ya está. Y me contesta al toque con tres M y un ok”.

Los límites lógicos se desdibujan en la cuarentena. Eso lo sabemos todos. Pero a veces puede ser una pesadilla. A los pocos días de haber recibido el llamado de Aramburu, Marcelo Luján se despertaba en la madrugada y se pregunta: ¿Esto pasó? ¿De verdad gané el premio? “Me levantaba y eran cinco segundos que no estaba seguro. Porque tampoco tenía adónde chequear si fue un sueño o no”, dice ahora y se ríe. El tiempo pasó y las cosas se fueron acomodando. No sólo par él, para todos. Hace ya quince días que se terminó el estado de alarma en España, y si bien hay muchas restricciones —uso obligatorio de barbijo, mantener la distancia de seguridad, etc.— ya pueden salir del sedentarismo excesivo. Y anunciar al ganador del Ribera del Duero. “Ahora estoy un poco cayendo en la realidad, ya con el libro en mano”, cuenta Marcelo Luján, de quien se habla mucho pero se conoce poco. En la era del narcisimo y la exhibición, su juego es otro: “Trato de cuidarme el culo en las redes no diciendo boludeces y dedicándome a escribir bien. A mí me funciona. Si vos mirás mis redes no sabe nadie dónde como, si tengo hijos, novia o novio, porque eso es mi vida. Pero son decisiones personales”.

¿Un argentino silencioso viviendo en España? Por supuesto. Bajo su camisa, en el brazo izquierdo, un tatuaje del escudo de San Lorenzo. En el libro La claridad hay una frase de los Ratones Paranoicos del temazo “Isabel”. Muy argentino. “Dentro de poco voy a cumplir la mitad de mi vida en España. Ya hay muchas ideas que no sé si pasaron acá o allá. Cuando te vas a vivir al extranjero tu vida se parte, se convierte en dos vidas, y hay gente que no se lo banca, porque es muy personal, muy delicado”, dice. No es algo tan atípico como uno creería: “Somos muchos, no sólo argentinos, sino latinoamericanos que vivimos acá. Y nosotros como escritores tenemos un problema discursivo, porque tenemos que tomar decisiones y yo no fuerzo nada pero, claro, en veinte años veo la metamorfosis que tiene mi discurso, desde las primeras novelas hasta la última, y creo que me costaría escribir en rioplatense, porque cometería errores de registro. Me llaman mis amigos y me dicen cosas que no tiendo: ‘rescatate’. ‘¿Qué es eso?’ Claro, ¿cómo construyo un personaje en Mataderos? No lo puedo hacer. Y además estoy muy, muy contaminado por el acá. No es solamente el ‘vale’, es otra ciudad con otra cultura”.

Algunos libros de Marcelo Luján
Algunos libros de Marcelo Luján

“Es un debate muy bonito”, dice y vuelve sobre el tema: “Yo di una conferencia sobre este tema donde planteaba un poco esa metamorfosis y hablaba de Cortázar, que se fue a vivir a un país no hispanoparlante, por lo tanto su castellano se congeló. Si agarrás Los premios y Queremos tanto a Glenda, que tienen veinte años de diferencias, sus personajes hablan igual. Es curioso. En cambio mi castellano se contaminó pero el de él se congeló. Yo lo planteo como un problema: no poder comunicar y generar un discurso directo y verosímil en rioplatense, en porteño, para mí es triste. Sé que si me voy a Argentina un año me recupero, no pasa nada, pero internamente me jode. Perdés eso, ganás otras cosas. Es interesante incluso desde el punto de vista semiótico. Y por otro lado, yo estoy criado en la tradición literaria argentina. En Argentina los escritores arriesgan un montón, cosa que no pasa en la literatura española. Y ese mestizaje que se está armando, esa hibridez copada, nos pasa a los latinoamericanos que escribimos desde hace mucho tiempo acá. Eso está bueno para la lengua. Y este libro es un poco así: si lo leés, está escrito en español. Los personajes dicen ‘joder’, y esas cosas, pero la esencia que está adentro se nota”.

Marcelo Luján trabaja como coordinador de actividades culturales y talleres de creación literaria. Publicó los libros de cuentos Flores para Irene (Premio Santa Cruz de Tenerife 2003), En algún cielo (Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006), y El desvío (Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007). también escribió prosa poética —Arder en el invierno y Pequeños pies ingleses— y las novelas Moravia, La mala espera y Subsuelo. Cuando aparece la pregunta sobre por qué apostar a la literatura, hace un pequeño silencio en el teléfono y dice: “Mejor es ser torero o futbolista. Qué se yo. La escritura es lo único que se me da más o menos bien. Aparte ya he pasado muchas rachas buenas, muchas rachas malas. Cuando te hacés extranjero, aunque seas joven, empezás de cero. Y empezando a hacer amigos como en el jardín de infantes. Todo es más complicado, pero por suerte hay gente que te ayuda y que confía en vos. Y la literatura siempre me salvó de todo. Será porque dentro de todo zafa lo que hago”.

“Nuestro objetivo como individuos occidentales —concluye esta entrevista— debería ser buscar la felicidad y parte de esa felicidad está en laburar de lo que te gusta. Es muy difícil eso, y siempre hay un montón de mierdas dando vueltas que te lo complican, y la guita... pero si uno logra sobrevivir de lo que a uno le gusta es un placer triple. Y yo no vivo de los libros porque no tengo ni me interesa tener una literatura comercial de megaventas, pero te aseguro que vivo de los libros. Tengo ochenta alumnos por trimestre, y muchos alumnos se apuntan porque leyeron Subsuelo, y ese es el valor del libro, porque es laburo y es guita. Es un conjunto y un goteo y tenés que hacer buenos libros porque sino no te valen ni hacer dos libros por año. Yo respeto a los demás compañeros y compañeras que lo hacen, pero te cuento cuál es mi rollo porque es el que a mí me funciona. Y estoy orgulloso de que se me valore por un libro y de que eso me genere un respeto que equivale al dinero, porque cuando me llega la cartita de amor de Visa tengo que pagar con plata”.


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