Nunca me gustó hacer citas los sábados, ni siquiera de niño; entonces porque era el día de mis cosas, para mis sueños; cuando empecé a publicar dibujos y notas otra era la razón, sólo puedo dibujar el día que estoy tranquilo. Por lo tanto dedicaba los sábados para hacer las páginas de los vestidos que luego aparecerían en las más importantes revistas de Buenos Aires.

La referencia a los sábados tiene sentido y pronto les será develado, pero antes es necesario que hable de las razones de este libro y sugiera a todo aquel que espera encontrar en estas páginas tendencias políticas, ideologías partidarias, fallas o triunfos gubernamentales, que lo deje ya, lo regale o lo cambie por otro. No se me ocurrió escribir este libro, sino que el libro vino a mí, como tantas cosas que me han sucedido en la vida. Una amiga muy querida, que viene frecuentemente a casa, llegó con la noticia que un editor estaba interesado en un libro en el cual yo relatara hechos de mi carrera conectados con grandes figuras femeninas; dudé, porque soy muy cambiante y lo que me interesa profundamente hoy puedo olvidarlo mañana. Pero el libro giraba en mi cabeza, me despertaba a la mañana con ideas, con recuerdos y me sentí atrapado, el libro tomaba cuerpo, el libro me cercaba y aquí ustedes tienen acceso a un mundo secreto, que sólo yo pude ver, pude palpar, un universo que es parte de la historia, pues los pequeños hechos definen los personajes, y yo, afortunadamente, soy un testigo, un protagonista, que transcribe lo vivido en una época no demasiado lejana.

Conocí a Eva Perón justamente un sábado; podría haber sido meses antes, semanas después, pero no, fue ese sábado, los pocos con quienes comenté su llamado me instaron a que me apresurara a ir a la cita. De toda la vida me sucede que la persona que veo por primera vez me interesa desde el instante que mis ojos miran sus ojos, su vida anterior no me importa, nunca. Si por diálogos o anécdotas referidos a ella surgen en estas páginas circunstancias o hechos anteriores es porque, tratando de dar la imagen absolutamente personal, pero que como verídica que va a ser me encantaría trascendiera al mundo, es porque es inevitable que el pasado o estampas e imágenes del pasado surjan en el presente y aun en el futuro y en los sueños para el futuro. Confieso que no sentí ninguna emoción especial ni interés en el tiempo que esperé la hora de la cita ni en el que tardé en caminar las dos cuadras que había desde mi casa recién estrenada –mi primera casa en Buenos Aires, era el año 1944–, hasta Billinghurst casi esquina Arenales donde ella vivía.

Yo era un chico audaz, atrevido, ambicioso y quizás esas tres condiciones fueron las que pusieron duro mi dedo para oprimir el timbre de su puerta. Eran las 18 horas de un sábado de abril. La mujer rubia, de piel increíble, con altos zapatones de plataforma de corcho, pantalones de raso artificial anchos y blusa con moño chico en el cuello, debía ser mucho más audaz, ambiciosa y atrevida que yo, por lo menos me pareció al ver la forma como abría la puerta, de par en par y rápidamente.

El solo gesto de abrir una puerta puede demostrar miedos, cobardías, traumas, seguridad y hasta pudores. Allí delante de mí, con un seco “pase” y una mueca que quería ser sonrisa, estaba Eva.

Yo había observado la entrada clásica del departamento, típica de la década del 40, un espejo en el palier donde me miré antes de llamar, y un macetero con plantas de hojas en punta que estaban como sin vida. Recuerdo que yo llevaba un traje de franela gris cruzado con una camisa a cuadros en grises y marrones, de seda.

Eva atravesó el modesto living con pasos largos. Los muebles estaban tapizados en horrible tapestrí marrón y blanco y de calidad muy de las mueblerías de aquellos días y de hoy también, de la calle Sarmiento. Cortinas de brocato de perro gusto separaban el minúsculo living del comedor, de madera clara, muy de esos días y muy parecidos al de todas las familias de mi pueblo.

Era un departamento de cuatro ambientes en el cual se veían carpetitas tejidas a mano, cuadros ingleses, flores artificiales y una mesa con sillas alrededor. Era el típico departamento de esa época, un tanto impersonal, gris, sin demasiada imaginación.

Ni se sentó ni me senté, con sus largos trancos me llevó a un cuarto con dos roperos colocados a los costados de la pared y que sostenían una barra de hierro de la que pendían tapados de piel de nutria, zorros plateados y varios vestidos de sastrería teatral.

Se dio vuelta. Ya me había empezado a provocar respeto, y hacía tan poco que había llegado, ¡era increíble! Tenía algo esa mujer, algo de las diosas del cine de esos días. –¿Qué sabe usted de mí? ¿Le contó a sus estrellas que yo le hablé? ¿Qué le dijeron? ¿Me odian, no?

–No. No tengo por qué preguntar nada a nadie. Sé que usted es estrella de radio con grandes avisos. Sé que encarna a heroínas de la historia. Sé que, bueno, no lo sé, se dice que usted es la Señorita Radio, que va a filmar en pocos días más, sé que se la discute y que tiene muy buenas relaciones políticas.

–¡Eva! ¿Con quién estás? ¿Es el modisto? Traélo acá.

–¿Relaciones como esa? –me dijo Eva–. ¿No reconoce su voz? Vamos, usted no escucha discursos políticos.

–No. En realidad por radio sólo escucho tangos. –No me digas que te gusta el tango. No deberías decirlo, el mundo en que tu amplia publicidad te ha dado un lugar, no es precisamente muy de tango.

–Señorita, el coronel quiere que vayan con él.

Guillermina, que la acompañó desde años y por años estaba allí.

–Vení, pasá. Cuando al coronel se le mete algo en la cabeza no espera. Su ansiedad me exaspera.

De entrada subestimé un poco a aquella bella y joven mujer que había tenido la osadía de llamarme a mí, que a mis 17 años estaba en la cumbre de la publicidad. Acostumbrado a las casas puestas con dudoso gusto pero gran lujo de Inés de Anchorena de Acevedo, Paulina Singerman, Nélida Bilbao, María Duval o de gracia y arte increíble de Tilda Thamar, a departamentos bellísimos como el de María Pía Padilla Bordón o de Zully Moreno, estar en aquel departamento pobre y de mal gusto...

Ella pareció adivinarlo. Después hablamos de la ropa.

–Claro que yo no me probaré acá, dentro de unos días estará listo mi piso de Posadas y ya todo será más cómodo. ¿Sabías ya algo de mí, políticamente?

Había casi un tono de ligera disculpa en su voz.

–Estoy en el lugar, el justo lugar, en que mi camino se abre en dos, uno, el que siempre soñé, el cine. El otro al que me llevan las circunstancias. En el primero todavía no tengo y quizás pueda elegir los directores, en el otro ya está el hombre. ¿Sabés una cosa, pibe?, estoy con un pie en cada uno de los largos caminos que puedo recorrer y no sé en cuál de los dos poner el otro...

Paco Jamandreu (Argentina.gob.ar)
Paco Jamandreu (Argentina.gob.ar)

–Claro, es difícil elegir –alcancé a acotar, a aquella mujer, mezcla de Lana Turner e Isabel de Inglaterra, algo demasiado fuerte para mis alegres años. Pero, estoy seguro que entonces pensé: soy rápido para eso, me conviene, si cae alguna de las famosas, ésta lo será muy pronto, tiene agallas.

Ella pareció adivinarlo.

–¿Te dijeron alguna vez que tenés ojos de liebre? Debés ser rápido como ellas, pibe. Si yo te dijera que ya sé todo lo que pensás de mí, nos pelearíamos, pero sabés qué me gusta de vos, aparte de tus dibujos que veo semana a semana, que sos simple y claro. A mí me gusta lo claro, lo simple, lo limpio. Vos sos de un pueblo, ¿no? Alguien me dijo que habías dado clases en Los Toldos. ¿Viste qué cielo hermoso tiene? ¡Cuánto habrás soñado esos días con tu carrera, como yo soñaba con Buenos Aires, el cine, el teatro!

Ya habíamos entrado en confianza. Guillermina volvió a aparecer.

–Señorita, ¡el coronel! Insiste en que lo vayan a ver... Un dormitorio sencillo, casi como el de una pensión de segunda, Perón tirado en la cama, en una mano un sándwich de chorizo, en la otra un vaso de vino. Yo no sabía nada de Perón. Oía a mis hermanos y a la gente de cine y teatro hablar en todo momento de él, unos bien, otros mal; pero a mí no me importaba nada. Yo había nacido, ya lo sabía, para manejar géneros, lápices, pailletes, plumas, o sea todo lo frívolo y por dentro sólo mis muy calladas ambiciones; pero eso, ese macho enorme que ocupaba la cama toda con las botas afuera, me pareció la imagen de lo que no había nunca pensado conocer: un líder, grande la boca, más grande la sonrisa, jovial, me miró como quien mira algo que nunca ha visto en la vida, yo le devolví la misma mirada. Eva parada al lado de la cama, dijo:

–Ves, Juan, sos de conventillo, a las seis de la tarde comés chorizo y a la hora de la cena, te hacés el difícil.

Él se rió.

–Vamos, Eva. Las ganas que tenés de comerte un sándwich como éste, y el pibe también, estoy seguro. ¡Pero cómo vas a hacerlo si sos una estrella de la radio! Y va a filmar, ¿sabés pendejo que va a filmar? ¡Nada más y nada menos que con la Lamarque y Hugo del Carril! ¿Qué te parece?

–¡Vamos! Vamos, esto te lo quería contar yo, y por la ropa. No pensés en mí como en tus clientas; en mí habrá desde ahora una doble personalidad; por un lado la actriz; ahí mariconeá hasta el más allá: lamés, plumas, lentejuelas. Por otro lado lo que este mandón quiere hacer de mí, una figura política. Acá empezamos, para el 1° de mayo tengo que ir con él a una gran concentración, la gente hablará hasta por los codos, es la primera aparición de la pareja Duarte-Perón. ¿Qué me vas a hacer para esa ocasión?

–Un tailleur –dije, sin vacilar–. Un tailleur príncipe de Gales con doble abotonadura y cuello de terciopelo.

Así nació aquel día mi primer traje para Eva Perón, el tailleur, no cuadrillé, sino príncipe de Gales, sin sombrero, con el cual aparecieron sus primeras fotos en función de figura política argentina.

Los botones estaban mal pegados, no estaban centrados, yo recién empezaba también y mi equipo no era competente. Esa foto suya recorrió y recorre el mundo, ya no es hora de colocarle los botones centrados. Volvimos al living.

–¿Qué hacés mañana, domingo? –me preguntó.

–Tengo que dibujar, yo dibujo todo el domingo frente a la ventana de mi casa de Billinghurst 1775, planta baja, acá nomás, a una cuadra.

–¿No querés venir conmigo y Rita?

Rita era Rita Molina, gran estrella del tango y quizá la amiga más fiel y desinteresada que Eva tuvo en toda su vida.

Evita y el general Perón.
Evita y el general Perón.

–Le he pedido que me acompañe a una villa miseria, el coronel nos manda su coche. ¿Sabés por qué lo hago? Para saber si estoy preparada o me puedo preparar para las funciones a las que él cree que estoy llamada. Después te invito a tomar algo en El Águila. ¿Cuento con vos?

Confieso que mucha gracia no me hizo la invitación, yo había caminado siempre por la vida sin mirar la pobreza, pero aquella mujer tenía algo que convencía, todo se unía en ella, el casi descolor de su piel, su sonrisa apenas esbozada, su mirada que pasaba de autoritaria a sumisa, casi sin que uno pudiera aceptar el momento del cambio...

Y fuimos, a las ocho de la mañana. Eva, en el coche con una pollera paisana fruncida, de algodón colorado con flores pequeñas blancas, mocasines, una blusa clásica blanca y un pañuelo azul que cubría su pelo, y grandes anteojos negros. A su lado Rita que seguramente no había dormido, pues era la estrella de un lugar muy exclusivo de Buenos Aires, Pompadour. Tenía restos de maquillaje alrededor de sus grandes ojos claros. El coche tomó por Rivadavia, giró por Lacarra y paró frente a una villa. De un salto Eva estuvo abajo y cortó por las tortuosas callejas, atrás nosotros, el chofer llevaba juguetes y regalos.

Las mujeres, sólo las mujeres la reconocían, a Eva Duarte, la de la radio.


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