Por Moira Soto

Aunque empezó haciendo humor durante años con el grupo Improvisa2, Mariana Cumbi Bustinza se destapó con todo en 2015, año en que presentó como autora y directora de Menea para mí, espectáculo estacionado desde entonces en El Extranjero, sala donde acaba de estrenar Lo que quieren las guachas, con buena repercusión de público. En el interín, esta mujer de creatividad y energías inagotables –que cursó la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD) y en la Universidad Nacional de Arte Dramático (UNA)- ofreció Gorila, en 2016, pieza que paseó por varios teatros y actualmente se puede ver en El Estepario.
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Más allá de las calidad y originalidad formal que las distinguen, hay una temática fuerte que relaciona a estas obras: las intención, genuinamente lograda, de reflejar el mundo de las villas, de los barrios bajos, de ese conurbano empobrecido y marginalizado que suele ser mirado con mucho prejuicio, cuando no franco rechazo, por los habitantes de la ciudad principal que poco y nada saben de la vida cotidiana en esas enormes poblaciones paralelas.

No contenta con hacer una condensación creíble y muy tocante de este universo –su gente, sus códigos, sus tremendas carencias- en dos de estas piezas, Gorila y Guachas, Cumbi Bustinza se anima a proponer una posible aproximación sin preconceptos con representantes de la clase media; no por casualidad se trata de dos mujeres, extranjeras a la villa, a través de sendas historias de amor.
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Naturalmente, la cumbia villera –surgida en los años 90, afianzada en el siglo XXI y aceptada como graciosa concesión- es el ritmo principal que oficia de banda sonora en las obras de MCB, particularmente en Guachas y Menea: en ocasiones, con temas compuestos especialmente; en otras, para poner en evidencia el acentuado machismo de conocidas letras. Cabe aclarar que el Cumbi que Mariana adoptó como segundo nombre es el apodo que le pusieron sus amigos de la villa a causa de su fervor por este género que escucha siempre, que se larga a bailar a la primera ocasión.
Porque Cumbi, nacida en Caballito de familia de clase media modesta, entró tempranamente en contacto directo y afectuoso con la villa merced a un primer novio de ese origen. Previamente sensibilizada, vale acotarlo, por un padre y una madre que ayudaban a la gente de la calle que recalaba en la plaza Crisólogo Larralde. La niña Mariana, antes de rebautizarse Cumbi, fue anotada por su madre a los 8 en las clases de teatro gratuito de un comité radical del barrio. Y a los poquitos años, la chica audaz se las apañaba para reclutar pibes y hacer a puro pulmón, por única función, obras en la plaza. Terminado el secundario, la madre, atenta a los deseos de su hija, la alentó para que estudiara en la EMAD, más tarde en la UNA.
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Sin embargo, Mariana Cumbi Bustinza, por su forma de trabajar en el teatro, por su inconformismo frente a un mundo injusto que aspira a modificar en su escala, por no haberse dejado domesticar por ninguna regla académica, parece preservar –en el mejor sentido- a la artista salvaje que habita en ella. Por mantener incólume una pureza del corazón, por escuchar su intuición y defender un sistema de valores que le es propio, que justamente fue consolidando a lo largo de su vida y de su obra.
En esta trilogía actualmente en cartel, Menea para mí y Lo que quieren las guachas adoptan, con rasgos particulares, el formato clásico de la comedia musical nacida en Broadway. Es decir, alternancia de textos hablados y cantados, más coreografías, todo funcionando orgánicamente al desarrollo de la historia. Y hay que remarcar que ambos elencos –de ocho y seis actores, respectivamente- responden admirablemente en todos los rubros, con una entrega en la que se diría que, además de talento y recursos interpretativos, aportan un compromiso personal.
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Para la escenografía de Menea, MCB –que trabaja habitualmente con Agustín Addesso– eligió montar una especie de instalación en toda la sala: nada más ingresar, el público se topa con ropa colgada, papeles, basura, cajones amontonados en el suelo en aparente desorden. Las actrices –Natalia Gatto, Ornella Fazio, Germán Matías, María Laura Rojas, Luciano Crispi, Ezequiel Baquero, Catalina Jure, Mercedes Hazaña– en fila, de frente, miran abiertamente a los ojos del público, al que luego de dirigirán de palabra.
La niñez acortada, la adolescencia a las corridas, la violencia y los abusos, la prostitución y la droga, la brutalidad policial y la cárcel, los bichos colorados y también el amor. La vivencia palpable de la villa en trazos certeros, con un lenguaje y una gestualidad que se perciben auténticos, bailes siempre expresivos. Testimonial y apremiante, Menea para mí sensibiliza a un público que la viene apoyando largamente.
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En Lo que quieren las guachas, un muro blanco de sólida apariencia es el único elemento del decorado. Un muro –el exterior de un colegio privado- que representa la frontera entre dos territorios, que divide a la clase media pudiente –dos chicas, un chico estudiantes- y la clase baja –una travesti, un chico y una chica de la villa que ella ha adoptado-; un muro que será brevemente sorteado por Mica, la estudiante y Owen, el vendedor de medias. El retrato de la tilinguería cheta es implacable; la relación de la entrañable travesti Mariela con sus hijos elegidos, de una ternura absoluta. Hay otro cruce, sin amor, entre el estudiante Valentino y la chica de la villa, Yanina. Y hay dos abortos que ponen crudamente de manifiesto la facilidad y garantías con que encara esta situación la clase media; la inseguridad y el sufrimiento que deben sufrir las pobres.
Por su lado, Gorila plantea el encuentro como vecinos de una pareja barriobajera (la propia Cumbi Bustinza como Marlén; Tomás Cutler en el rol el Polaco) con madre e hija de clase media en declive (Mechi Hazaña y Cata Boucau). La atracción entre el Polaco y la madre, los celos de Marlén, el prejuicio exacerbado de la hija contra sus vecinos, un hecho accidental que deviene en tragedia están narrado mediante tiempos alterados y una atmósfera de tensión creciente, entre paneles movibles que van generando espacios, alternadamente opacos o translúcidos, según les peguen los focos. Como en Guachas, como en Menea, la directora y autora consigue que actores y actrices se apropien de sus personajes por el tiempo intenso que dura cada una de estas obras de dimensión social aparte de la artística.
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