(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

Un cielo panzón de lluvia amenaza fuerte en Recoleta pero parece que él tiene ganas de charlar y eso sí es una suerte. Y no es porque Juan Forn (Buenos Aires, 1959) sea un hombre de pocas palabras, no señor. Ocurre que hubo un día en que comenzó a medirlas, a regularlas como quien dice todo puede ser mejor si bajamos un cambio. Fue cuando el país hizo crack al mismo tiempo que hacía crack su propio cuerpo luego de dos pancreatitis, que Forn -editor literario, autor de novelas como Frivolidad y María Domecq y de cuentos que son emblema como "Nadar de noche"- comenzó un proceso de moderación en diversos sentidos. En pocos años abandonó los excesos y se decidió por destilar sus palabras, renunciar a la ficción y empezar a ocuparse de vidas reales, entre ellas, la suya. El destino elegido fue Villa Gesell, modesto Paraíso de la recuperación y consolidación de una nueva vida real y también literaria.

Desde el borde del mar, mientras construía su nuevo destino -que incluyó la paternidad de su hija Matilda, hoy de 17-, comenzaron a llegar las contratapas de Página 12 de los viernes, felicidad para lectores y ceremonia de iniciados. El ciclo arrancó en 2008 -cuando la que empezaba a hacer crack era la sociedad argentina, dividida por las ideas- y terminó el año pasado, cuando el autor de esas entrañables historias de exiliados, artistas fuera de época, científicos chiflados y poetas incomprendidos del siglo XX decidió que ya estaba bien, que ocho años de contarnos la vida de los otros semana a semana era suficiente y que era tiempo de iniciar una nueva etapa y dosificar la escritura.

Afortunadamente, las vidas contadas de Forn fueron tomando forma de libro en los tres tomos de Los viernes, que en estos días conviven en librerías con la reedición de La tierra elegida, otro volumen de crónicas. Y todos ellos comparten estantes con dos nuevos hijitos literarios de Forn cuyas narraciones no le pertenecen aunque sí su selección. Se trata de Anticonferencias, de Isidoro Blaisten y Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini, un clásico local y un clásico extranjero que fueron seleccionados por él para inaugurar Rara Avis, una flamante colección vintage -valga esa paradoja- que enriquece desde este mes el catálogo de Tusquets.

Pero entonces, decíamos, desde un piso 9 que mira al río, un río marrón y encajonado entre edificios que le ganan la pulseada a cualquier decadencia -en un cálido departamento prestado que lo alberga cada quince días, cuando viene a dictar sus talleres-, Juan Forn tiene ganas de charlar y dan ganas de escucharlo. Tantas como de leerlo.

Lo que sigue son algunas postales (y audios) de una conversación entretenida y anárquica sobre libros, escritores, capillas literarias, historias de vida y modos de escribir y de leer.

EL MUNDO (EDITORIAL), SEGUN FORN

— A mí me da vértigo cada vez que aparece la noticia de que alguno de los mega grupos compró otra editorial más. Hay muy pocos casos en los que una editorial de estas medianas, independientes, que tienen lindo perfil, una vez absorbidas por un monstruo conservan ese perfil. Generalmente se licuan, se pasteurizan. Y la verdad es que la clave para laburar en una editorial grande es laburar como si fuera una editorial chica, con la pujanza de la editorial chica. Eso quiere decir delegar lo menos posible, hacerlo todo vos en vez de confiar en la puta cadena de producción en donde el libro no es de nadie. Ya no es el editor el que lo cuida sino que, mientras está en manos del editor puede estar en manos de otro, después está en manos de otro… y nadie es responsable: nadie se pone la camiseta por ningún libro.

— Suena razonable. Pero ¿cómo haces eso si publicás 50 o 60 títulos al mes?

— Ah, no sé. Tampoco entiendo por qué hay que sacar 50 o 60 títulos por mes. Una de las cosas lindas que tenía el mundo editorial eran estos pequeños bolsones atemporales en donde el afán de lucro era moderado. Nadie se iba a hacer especialmente rico publicando libros pero te podías dar la satisfacción de decir bueno, consigo algunos libros que vendan lo suficiente como para poder darme el lujo de publicar otros que por ahí venden 300 ejemplares o que no los publica nadie. Yo pasé de conocer el mundo de las viejas editoriales familiares, al comienzo del mundo de las multinacionales globales, en los 90, en donde todavía y aunque parezca mentira, entre las novedades el 50% era buena merca, indiscutible. Noto en el último año y medio una especie de reacción de las multinacionales, como que se dieron cuenta de que los sellos independientes tienen mucho más encanto entonces tratan de generar ese efecto.

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

DE ESCRITORES FAVORITOS

-Me encantan los autores húngaros, son unas bestias, con esa economía de prosa y ese nivel de contundencia, de potencia. Me pasó también algo así cuando (John) Berger empezó con el ciclo de la tierra, viste. Los primeros libros en donde "bajó" y dijo ¿A ver? A mí siempre me gustaron esos tipos que reducen la paleta, ¿no? Que de pronto agarran y dicen "voy a hacer todo con tres colores". Y Agota Kristof en eso es una bestia. Hay tantas cosas lindas para publicar. Yo me morí cuando apareció Sandor Marai.

— Hay algo que pasa con autores como Marai, un tipo de literatura cuyo recorrido en los lectores tiene también mucho que ver con su vida y con su muerte. Autores que se suicidaron o muertes trágicas…

— Como la valijita de Irène Némirovsky…o el baúl de Pessoa.

— Sí.

— Bueno, hay leyendas…

— El propio Larsson, de Millenium.

— Bueno, yo padecí durante muchos años la acusación académica de: ¡No mezcles vida y obra! O "no hay autor", "el texto es hablado". Y yo: no loco, para mí vida y obra casi es el lugar más interesante, donde se cruzan, donde dialogan, donde se vuelven elocuentes la una para la otra.

— Mirá Vasili Grossman, si no…

— Bueno, ves, me recordaste una de mis grandes decepciones. Una de las cosas para mí más lindas es conseguir "meterle" un autor a grandes lectores que son muy impermeables. Eso de darle a alguien algo que es para siempre. A Abelardo (Castillo) le di a leer Márai, por ejemplo, y Cheever. Conseguí que leyera a Cheever, conseguí que leyera a Márai, y cuando le llevé de regalo Vida y destino me miró y me dijo: "Es realismo socialista. No es otra cosa".

— Y de Márai qué le diste a leer, ¿te acordás?

— Fue Confesiones de un burgués, yo sabía que era el libro que le iba a gustar, a él le gustaba todo enfático. El tema con Márai es que lo estamos leyendo tan fuera de contexto.

— Es verdad.

— Porque Márai era un tipo que tenía una actividad periodística intensa y era traductor. Mientras escribía su libro traducía a Kafka, él fue quien tradujo a Kafka al húngaro. Marai era amigo de todos los periodistas, los cronistas, los leía a todos. Él se crió en la época de los cafés… Nosotros llegamos a ver el final de eso, te sentabas en una mesa de bar y agarraba la palabra cada nene que vos decías "yo nunca voy a poder hablar acá, no me voy a animar nunca a hablar, son unas bestias".

— Se habían leído todo.

— Tenían una intervención en la realidad, una interacción con su tiempo tan intensa… A mí los libros de Márai que más me gustan son los libros trágicos, son cortitos pero son trágicos, como Los rebeldes, que es el de la pandilla de pibes que se acaban de recibir de bachilleres y viene la guerra. Y llega al pueblo un tipo que es el diablo, parece un actor de teatro, todo canchero, bigotudo, gordo, intenso, se levanta minas, y todos los pendejos se le vuelven medio fans y el tipo con esa cosa cosa dostoiesvkiana envolvente les dice "no, no hay mal, si van a ir a morir a la guerra dentro de 6 meses, ¿van a cuidar las formas en el pueblo antes de irse?" Y los pibes descontrolan, y descontrolan al pueblo en 48 horas. No sabés lo que es ese libro.

-¿Por qué elegiste la novela de Pratolini para abrir la colección Rara Avis?

Crónica familiar es el libro que todas las personas que conozco que lo leyeron se lo quisieron regalar a alguien. En cuanto cerraron el libro dijeron "esto lo tiene que leer fulano o mengano". A mí nada me gustaría más que ese libro porque para mí es un libro de toda la vida.

-¿Te gusta algo de lo que se escribe hoy?

-A mí me parece un poco poca cosa la estética actual, que es la estética del cualquierismo, de lo minimal, de no hinchemos las pelotas con los viejos valores. Yo me siento una especie de reaccionario a veces juzgando literatura. Siempre trato de meterme en el mundo de la plástica, que siempre va más adelantado; nosotros somos como muy lentos para digerir y para procesar estéticas. Pero bajaron los niveles. Es lo que pasa también con el sistema de validación: en la medida en que desaparecen voces confiables, coexisten cosas en donde hay tipos, qué sé yo… Yo veo gente hablando de (Karl Ove) Knausgaard de una manera completamente descabellada para mí. Porque yo entiendo cuando hay una fascinación en la que vos no comulgas del todo, pero la respetás. A mí Saer nunca me la levantó mucho pero siempre me dí cuenta de que era un "mono" que hacía cosas buenas. Yo lo miro a Knausgaard y digo acá no hay nada; no hay nada particularmente interesante. Esa clase de ejercicio de paciencia y de empecinamiento lo hace cualquiera. Yo leí hasta el tercer tomo… Encontré una escena mortal que es cuando están los dos hermanos en la casa del padre. Ahí dije bueno, está bien, vamos a respetarlo siempre porque escribió esto. Pero después esto de considerarlo, no sé, el Proust de nuestro tiempo…

A mí me parece un poco poca cosa la estética actual, que es la estética del cualquierismo

— Los periodistas hacemos esas cosas.

— Sí, pero por ejemplo con Aira te lo entiendo. Vos leés la obra de Aira, y, sí, puede ser, es un excéntrico. Entonces vos elegís ponerlo a la altura que quieras pero que tiene una originalidad que es indiscutible.

— ¿Te acordás de cuál fue el primer relato que hiciste, el primer cuento, oral o escrito, en donde del otro lado haya habido alguien que te prestó atención?

— Una vez me acuerdo que a los 11 años me invitaron a un campo de unos compañeros de colegio en diciembre y no sé por qué terminamos, creo que había víboras, una plaga de vinchucas o algo que no se podía salir al campo y el campo no tenía pileta, entonces nos la pasábamos en un galpón, en donde había un montón de cosas viejas y no sé por qué a mí se me ocurrió inventar una obra de teatro y escribirla. Y para mi estupor, los demás se fueron copando y yo me fui copando. Sí, esa debe haber sido la primera vez.

— No había fuego pero es como el relato primitivo alrededor del fuego.

— Después me di cuenta de eso, me di cuenta tarde, de todo me doy cuenta tarde en la vida. Me acuerdo desde los 15 que pasaba 5 horas escribiendo poesía y a los 20 me fui a Europa de mochilero…

— ¿Tu primer viaje a Europa?

— Sí, el primer viaje a Europa fue en un avión de carga. Y me acuerdo perfecto el día que estaba en Sitges en una comuna de exiliados que hacíamos casitas mediterráneas de cerámica y yo laburaba de lavaplatos en un restaurante a la noche y encontré un libro de Henry Miller, uno de los Trópicos, y me lo leí en 3 horas y después estaba Rayuela y me la leí en 6 horas y dije "esto es lo que yo quiero hacer".

— ¿Entonces la entrada a la narrativa como escritor fueron Henry Miller y Cortázar?

— Sí, esos libros. Después había otras novelas pero yo me acuerdo de los dos libros, y estaba también Cien años de soledad, los tres fueron cachetazos. Yo no había leído Cien años de soledad, no había leído Rayuela y no había leído a Henry Miller. Y encima lo de Henry Miller fue doble porque uno de esos días… Yo vivía enfrente de la estación de tren en uno de esos departamentos que daban a las vías, un ruido bárbaro, vivíamos como catorce, tenía que ir caminando al laburo y pasaba por la estación de tren y vi el diario El País doblado abandonado en un banco y en la tapa, había una foto de Henry Miller y decía que se murió Henry Miller. Me llevé el diario y me acuerdo que me fui caminando y me puse a llorar. Y años después leí un cuento de Abelardo que se llama "La fornicación es un pájaro lúgubre", que narra un día en la vida de un tipo el día que se muere Henry Miller…

LAS COLUMNAS, LA LITERATURA Y EL SIGLO XX

— Leí en una entrevista que te hicieron que pensabas el siglo XX como el momento histórico que condensa todo lo que te interesa para leer.

-Es que por ejemplo, mirá, te doy un ejemplo muy concreto, yo leo a Fitzgerald, o yo leo, a mí porque me gusta mucho, Joseph Roth. Y yo siento que llego hasta esa época. Siento la franela de la ropa, el color del mantel, el nivel de conversación, los prejuicios y miedos. Sé lo que significa la palabra judío, lo que significa la palabra sexo, lo que significa la palabra dinero. Voy 30 años más para atrás y ya soy extranjero, lo sigo pero ya estoy en el mundo, qué sé yo, Maupassant, en el mundo… El mundo Baudelaire. Son otras épocas para mí. Los disfruto pero es solo literatura, en cambio lo otro es literatura y es mi tiempo, entonces para mí se vuelven más elocuentes y me interesan todos los rincones de ese salón.

– ¿Te pasa lo mismo por ejemplo con la música y con la plástica?

— Yo creo que soy más convencional para mirar las demás artes. Soy más fácil de embaucar. Me gusta la belleza en las demás artes.

— ¿Escribís con música?

— No, ya ni escucho. Y ahora me puse Netflix y recuperé un poco la relación con lo audiovisual. Para mí el cine está muerto, hay una película cada 100 mil que me interesa.

— ¿Y cuando manejas no escuchas música?

— No, el problema fue que yo manejaba y durante… Hasta que se murió mi vieja hice la ida y la vuelta a Buenos Aires en auto. Y me robaron dos veces el estéreo y me cansé e hice lo peor que podía hacer que es viajar solo muchas veces en el auto y la cabeza…

— Estalla.

— Y sí, no paraba de pensar nunca, es un delirio. Yo con lo único que puedo distraerme de pensar es cuando hago yoga. Cuando camino por la playa, pienso. Cuando nado, pienso. Cuando estoy leyendo, pienso. Cuando escucho música, pienso. Cuando miro una película, pienso. Si estoy solo, estoy pensando. De hecho, para mí lo más difícil cotidianamente es apagar la cabeza, es insoportable.

— ¿Y cuando leés ves las costuras o podés relajarte?

— No lo digo por mandarme la parte, pero te juro que cuando empiezo a leer, por lo general, lo empiezo a ver desde adentro. Pero eso no me impide disfrutar, en realidad intensifica el placer. Empiezo a hacer marquitas, a subrayar.

— ¿Con lápiz o con lapicera?

— Con lápiz. Durante mucho tiempo… tengo libros marcados con birome y leés esos subrayados y te querés matar. (Risas)

— No son las que harías hoy.

— Exacto. Ahora hace años ya que uso el lápiz con punta de goma.

— ¿No leés en e-Book?

— No.

— ¿Nada?

— No pude, probé dos veces y no me gustó. Yo leo mucho en la computadora. Encontré la manera de sacarme el dolor de espalda abandonando el escritorio, yo tengo este silloncito que es mío -tengo uno igual en Gesell y escribo con una una laptop que es muy liviana y tiene una autonomía de batería larga. Entonces estoy sentado así, con banquitos y cosas alrededor… Y escribo así. Y estoy muchas horas navegando en internet buscando lo que no encuentro en los libros. Y entonces, por ejemplo, nunca puedo ver películas en la computadora porque me parece que es seguir laburando. Y tampoco me gusta leer en pantalla porque siento que…

— Que estás trabajando…

— Claro, para mí irme, en vez de estar con la laptop buscando información y estar con un libro subrayando, me es mucho más gozoso. En el fondo siempre escribir es trabajar. Y estar en la computadora es escribir, cortar y pegar… Pero da placer. Tengo que reconocer que yo recuperé el placer, el placer posta, de leer cuando me fui a vivir allá. Hubo un momento acá en que, la verdad, ya no lo conseguía… O sea, podía leer, sí, pero seguía en frecuencia "acelere".

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

— ¿Tomás notas cuando estás preparando las historias de las columnas o te sentás directamente a escribirlas?

— Yo corto y pego, tipeo cosas de libros, "tiro" mucho así en crudo y me voy a caminar. Vuelvo. Hay veces que cuando voy tirando los crudos de pronto tiro uno y lo marco con resaltador y me pongo en mayúscula "Por acá puede empezar. O "Puede terminar acá." Y después, con los "cachos" empiezo a jugar. Muchas veces de pronto, cuando junto dos fragmentos se me ocurre algo de otro libro, voy y lo busco y me pongo a pelotudear. Te ayuda mucho tener tiempo.

— Escribís allá ¿O acá también?

— No, hubo un tiempo en donde yo tenía una pareja acá y tenía a mi vieja en el geriátrico a tres cuadras de la casa de ella, entonces estaba una semana allá y estaba una semana acá con mi vieja y ella. Y ahí escribía, sí o sí. Ella tenía una casa muy linda en Villa Crespo con jardín y era un micromundo… Escribía en el invierno con la campera cerrada hasta arriba afuera para poder fumar y no molestar pero para mí era bastante parecido a escribir en Gesell.

— ¿Por qué dejaste la ficción?

— Porque ya no le veía la gracia a inventar personajes, le veía la costura: "ah, estás inventando, vas a terminar siendo autobiográfico como siempre, sos un plomo".

— En lo último fuiste lo más autobiográfico del mundo.

— Es que soy cada vez más autobiográfico de una manera para mí aceptable que es una manera enmascarada. De cualquier escritor o fulano que hablo en las contratapas estoy hablando de lo que me interesa a mí que hace ese tipo, que es lo que yo trato de hacer, ya sea que hable de Monterroso, de la princesa Marie Bonaparte o del loco que tenía el cerebro de Einstein en el auto. Me gustó cada vez más la realidad. Me empecé a poner a leer más libros entre historia, ensayo y de sociología y me empezó a interesar más la realidad porque empecé a entender más las corrientes subterráneas, el lugar donde se cruzan los prejuicios y la cultura de una época y de otra, de un país y de otro. Esto de pintar con tres brochazos Moscú 1917, guardias rojas en tachos con fuego en la calle, troika, nieve sucia, el papel. O México desierto. O Brasil, Ipanema. O Nagasaki. A mí me interesa mucho el artefacto narrativo, me interesa mucho lo que podés decir sin decir. Y el siglo XX es ideal para trabajar y las historias reales son ideales para trabajar eso. A mí lo que me divierte es que al ponerme a escribir corto empecé a levantar la apuesta en el terreno de la condensación, para que todo entrara en 100 líneas. Y en la medida en que te empezás a interesar cada vez más estéticamente o estilísticamente en la condensación, resulta que agarrás cualquier novela y decís: está alargada, se puede hacer en tres carillas, es más envolvente si lo hacés en tres carillas en lugar de veinte.

— Y sin embargo sos fan de Vida y destino.

— Sí. Pero Vida y destino tiene una cosa que es como una novela que está escrita, no hay alguien que la escribió paso a paso. Es una cosa que nació entera. A mí me impresionó cuando la vi porque la diseccionás y la agarras por pedacitos y es una masa. Pero a mí no hay libro de mil páginas que no me den ganas de cortarle 200. El vicio del editor, el joven manos de tijeras. Y yo a Vida y destino la verdad que no le hubiera cambiado nada. Cuando lo leí no lo podía creer.

A mí no hay libro de mil páginas que no me den ganas de cortarle 200

— Juan, cuando la gente viene a tus talleres, a qué viene ¿a leer o a escribir?

— Vienen todos a escribir.

— Y los hacés leer.

— Sí. (Risas). Bueno, el problema de la mayoría de los que escriben no es que no sepan leer, es que como no saben leer no se saben leer a sí mismos, entonces no saben lo que escriben. Hay gente que escribe y no sabe lo que escribe.

TODAS LAS VIDAS DE FORN

— ¿Extrañas algo de aquellos tiempos, en los 90, en donde eras uno de los protagonistas decisivos de las políticas culturales del momento?

— Es que yo asumí ese papel porque se dio así. Yo por naturaleza nunca fui el que asomaba la cabeza, el que se quería destacar. Y mis gustos literarios también siempre son mucho más por lo lateral o lo menor… O sea, a mí me gustaba Salinger, no me gustaba Mailer. Yo laburaba en Emecé pero siento que entré realmente en la escena cuando publiqué mi primera novela y todos eran tan irónicos y tan que no se podía decir nada en serio y yo era medio naif y de pronto dije no, acá me comen crudo estos boludos, así que me tuve que endurecer y recurrí al disfraz de la época que era la ironía. Canchero había sido siempre, pero más discreto. Y me puse bocón. Y nunca estuve del todo a gusto en esos años; íntimamente sentía que no estaba escribiendo bien, que estaba haciendo cagadas en la vida, que tenía muchas responsabilidades. Y muchas cosas las decidí en circunstancias delirantes. Entonces, necesité a mi lado a alguien que me ayudara a librarme de esa piel, que tuviera la suficiente capacidad para decir "me la banco". Y en ese sentido se dieron muchas cosas juntas. Yo cumplí 40 y a los 40 tuve una hija. Vino el derrumbe del país en el 2001 y yo tenía que cambiar de vida como sea, y la madre de mi hija, que había tenido toda una infancia pisando verde, me decía: yo no quiero que mi hija crezca en el asfalto, yo no quiero infancia de departamento. Vos explotaste, yo no aguanto más ni quiero criarla a ella así. Y ahí nos fuimos. Y por esta cosa de que la parte más divertida de la ciudad -los excesos y la noche- la tenía prohibida, volver a Buenos Aires no tenía mucha gracia y estaba enojadísimo conmigo mismo y con el mundo. Pero le echaba la culpa a Buenos Aires, decía que Buenos Aires era una mierda, entonces estuve mucho tiempo casi sin venir. Y entonces, cuando volví, cuando me empecé a enchufar un poco, todo el mundo me parecía viejísimo porque todos tenían 10 años más. Ir a una fiesta para mí era como ir al ISIS.

Los 90: Fresán, Forn, Andrés Calamaro, Enrique Pinti.
Los 90: Fresán, Forn, Andrés Calamaro, Enrique Pinti.

— Habías dejado como una foto congelada.

-Para mí había una continuidad total porque no los había visto en 10 años pero yo sentía un tiempo interno que no le coincidía ni medio al diálogo general.

Me tuve que endurecer y recurrí al disfraz de la época que era la ironía. Canchero siempre había sido pero más discreto

— ¿Te peleaste con mucha gente a lo largo de todos estos años? 

— Afortunadamente me reconcilié con mucha más gente de la que me peleé. Pero sí, algunas peleas hubo y con alguna gente no terminé bien. Pero afortunadamente, conseguí dejar atrás ese que yo era, para mí está muy lejano en el tiempo. Y soy muy crítico con ese también. A pesar de que me cuesta reconocer mis errores, creo que no fueron mis mejores años. Pero lo bueno de todos estos años es la camaradería con cierta gente con la que antes tenía pica. Y en algunos casos me quieren, la mayoría de los casos es gente que me la he cruzado y me ha dicho que le gustaban las contratapas, Los viernes. Esa especie de reconocimiento entre pares es lindo. Yo también lo hago, cada vez que algo me gusta le escribo al que lo escribió.

¿Y qué pasaba con las diferencias literarias que había en los 90?

-A nosotros como generación nos consideran blandos, ¿no? Los chicos del Proceso. La posmodernidad. Y por otro lado heredamos toda la mística de las legendarias peleas de los 60. Que los de los 60 las heredaron de los de los 20. Había que tener dos bandos enfrentados y había que detestarse y la verdad es que era tan falsa como pelea como fue la de los años 20, porque íbamos a los cumpleaños unos de otros. Nos podíamos chicanear en público pero no era para tanto. Yo nunca sentí que corriera sangre entre los bandos. Lo que sí me parecía era que había una mala fe mutua para discutir estética y…

— Sí, lo que era más serio y académico y lo que era más entretenimiento, o algo así.

— Con Luis Chittarroni y con Charlie Feiling fue con los que más empatía tuve, pero tuve más confianza y más trato a lo largo de los años con Caparrós o con Guebel o con Alan Pauls. Y la verdad que nos costaba, nos costó siempre mutuamente leernos con justicia, leíamos con un nivel de prejuicio… Yo te reconozco que hasta el día de hoy a Caparrós lo leo con un nivel de prejuicio, siempre. Y Alan me crispa y me malhumora. Con Dani Guebel con los años, la verdad que lo puedo leer, siento que lo leo más honestamente y mejor. Pero con algunos me dura todavía. Y es una cosa que te pasa, creo, con tu generación. Yo con los de más arriba y más abajo no tengo mucho prejuicio.

— Las contratapas fueron un refugio en una etapa clave de tu vida en lo personal pero al mismo tiempo coincidieron con un momento dificilísimo en la Argentina en términos de divisiones familiares y amistosas, divisiones de la vida cotidiana de la mayoría de la gente. ¿Esa contratapa también fue de algún modo un refugio? 

— A veces hablaba de la situación política de alguna manera más o menos elíptica. Qué sé yo, el día que Macri ganó las elecciones escribí una columna sobre Bulgákov en donde contaba que como médico le tenía que abrir un forúnculo en un ojo a una mina que era un globo amarillo, el globo amarillo y el miedo a la fiebre amarilla. Algunas veces traté de intervenir. Lo que pasa es que yo siento que políticamente soy un boludo cualquiera, lo que veo nunca tiene nada de original y no tengo la menor certeza en casi ninguna aseveración política. Entonces cuando daba para acercar mi mundo a ese mundo, lo hacía. Yo no sé escribir de política sin parecer una mezcla entre didáctico y predicador. Y no me cabe ni medio ese discurso. Yo lo que ofrecía es lo que decía Piglia: los libros son más interesantes que la vida. Es decir, en los libros la vida está tuneada… y lo que trato de hacer es ofrecer esa intensidad que a mí me parece extraordinaria de los libros. El viejo rito de contar historias, pero contarlas cortito. Además yo creo que el relato como dispositivo es la mejor manera de conocimiento, de comunicación, es confesión, de una serie de cosas. Danilo Kis siempre decía que lo que tiene de lindo la poesía es que parece que habla del que lee. El que lee siente que habla de él. Si uno consigue eso en la prosa ya recorrió el camino, ya cruzó la parte más difícil. Y yo lo que trato de hacer con esas historias, a mí me parece que la razón por la que funcionan es por eso. Algo pasa ahí que el lector siente una especie de comunión. No quise saber muy bien, no quería que se automatizara el recurso. Por eso me fui, por eso paré. Porque además soy medio obse, medio maníaco obsesivo y no sé parar.

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

LAS REDES SOCIALES PARA UN HOMBRE SIN WHATSAPP

— Hoy con las redes sociales vos podés construir un perfil muy rápidamente. Imaginate a Felisa Pinto con redes. ¿Y Briante en Twitter? Sería un demonio. Fogwill, ni hablar. Uno puede pensar lo mismo de Aira. César es increíble, yo le admiro el autodominio y la autocontención porque podría alimentar a su grey de tantas múltiples maneras.

— Bueno, vos te retiraste.

— Sí, sí, pero yo no tengo el reconocimiento que tiene él.

— No, pero te retiraste y podrías también tener tu "club de los viernes".

— Yo me fui siempre de todo. Dejé todo arriba: me fui de la fiesta cuando estaba arriba.

— Sos Greta Garbo: te fuiste linda (risas)

— Claro.

 

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