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“A veces los vecinos me ayudan a mí”: Adiuska, su hijo de tres años y la vida en un “llega y pon”

Adiuska Suárez Morton vive con su hijo de tres años en un cuarto de madera de Flora y Fauna, donde debe recurrir a recipientes disponibles para cubrir las necesidades domésticas

Adiuska Suárez Morton reside con su hijo de tres años en el asentamiento informal Flora y Fauna del municipio habanero de Marianao. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Adiuska Suárez Morton busca agua en las casas de algunos vecinos y la guarda en las vasijas que encuentra. En su vivienda de madera, ubicada en Flora y Fauna, un asentamiento informal de Marianao, no tiene un tanque que le permita conservarla para cocinar, limpiar y cuidar a su hijo de tres años.

La madre, de 38 años, llegó a La Habana desde Guantánamo después de escapar de una relación marcada por la violencia con el padre del niño. Tras denunciarlo y conseguir que fuera encarcelado, decidió trasladarse con el dinero que tenía ahorrado e iniciar una nueva vida.

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La pequeña casa que compró con esos ahorros es apenas un cuarto. Adiuska intenta ampliarla de forma gradual, con los recursos que consigue después de resolver las necesidades más urgentes del hogar.

“Tengo dos hijas, una tiene 20 años y otra tiene 15 años, y un niño de tres añitos que vive conmigo aquí en La Habana”, explicó la mujer a CubaNet. El niño menor permanece a su cargo en la capital.

El salario del hospital se reparte entre la comida y el cuidado del niño

La madre trabaja como empleada de limpieza en un hospital habanero situado en la calle 26. Por esa labor recibe 20,000 pesos mensuales (aproximadamente USD 23.72, según la cotización del mercado informal de divisas reportada por CiberCuba hasta el 27 de octubre), una suma que debe distribuir entre los alimentos, los gastos de la vivienda y la atención de su hijo.

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El salario de 20.000 pesos por labores de limpieza en un hospital de la calle 26 apenas alcanza para comida y gastos básicos. (REUTERS/Alexandre Meneghini)

El cuidado del niño representa un desembolso fijo de 4.000 pesos al mes (aproximadamente USD 4.74, según esa misma cotización). Ese pago no contempla todo lo que necesita comer durante el día, porque Adiuska debe llevarle pan, comida, jugo, yogur u otros productos.

La mujer sale a trabajar con esa provisión preparada y vuelve a una casa en la que cada gasto requiere cálculos. El dinero disponible debe cubrir también los artículos de primera necesidad y cualquier mejora que necesite el único espacio donde viven ambos.

La madre describió de este modo el impacto de los precios en su vida cotidiana: “Estoy pasando cantidad de trabajo con los precios tan altos como están, es para volverse loca”.

Su vivienda tiene paredes de madera, pero ella la reconoce como el resultado de sus propios esfuerzos después de dejar Guantánamo. “Vivo en una casa de madera, pero como quiera es mi casa. Estoy luchando aquí sola”, afirmó.

Una vecina compartió frijoles cuando no había comida en la casa

Asentamientos informales conocidos popularmente como “llega y pon”. (Foto: Otmaro Rodríguez)

En Flora y Fauna, la ayuda entre residentes se vuelve necesaria en los momentos de mayor escasez. Adiuska contó que existe un intercambio constante entre vecinos, quienes comparten lo poco que tienen cuando alguien enfrenta una necesidad inmediata.

“A veces los vecinos me ayudan a mí y yo los ayudo a ellos. Hace dos días yo no tenía nada de comer y la vecina me dio un poquito de potaje de frijoles”, recordó ante el medio.

Ese plato resolvió una jornada en la que no tenía alimentos en casa. La solidaridad vecinal no elimina las dificultades económicas, pero permite enfrentar situaciones puntuales mientras la madre busca cómo sostener a su hijo.

Los asentamientos informales conocidos popularmente como “llega y pon” han crecido en distintos sectores de La Habana, entre otros factores, por las dificultades para acceder a una vivienda. Contar con un terreno o una construcción en esos barrios no asegura servicios ni infraestructura estable.

Las familias deben resolver con sus propios medios los problemas de construcción, abastecimiento y acceso a recursos básicos. Para Adiuska, el agua es una de las carencias que condicionan toda la rutina doméstica.

Las vasijas reemplazan al tanque que no puede comprar

La ausencia de un tanque propio obliga a guardar el agua en diversas vasijas recolectadas en el asentamiento. (Video cortesía Rachel Molina/ ARCHIVO)

La madre no tiene dónde almacenar agua cuando logra conseguirla. Por eso debe trasladarla desde las casas de algunos vecinos y conservarla en recipientes disponibles dentro de su cuarto.

“Aquí estamos pasando mucho trabajo con el agua. Tengo que buscar agua en casa de algunos vecinos y no tengo tanque, tengo que llenar las vasijas que encuentre para poder guardarla”, detalló Adiuska a CubaNet.

La falta de un depósito obliga a improvisar cada vez que necesita una reserva. Conseguir agua se suma al trabajo en el hospital, la atención de su hijo y la búsqueda diaria de alimentos.

El problema del abastecimiento afecta a otras zonas de la capital cubana. En septiembre de 2025, EFE documentó que habitantes de Centro Habana y La Habana Vieja llevaban semanas sin recibir agua corriente y dependían de cubos y otros recipientes.

En julio de 2026, Human Rights Watch describió que los apagones y el deterioro de la infraestructura agravaban el acceso al agua en distintos barrios habaneros. La situación de Adiuska se desarrolla en medio de esas dificultades para garantizar un servicio básico.

Las fluctuaciones eléctricas también tuvieron consecuencias dentro de su casa. El televisor que poseía dejó de funcionar por problemas de voltaje, según contó.

Reemplazar ese equipo no está entre sus prioridades. La comida de su hijo, el dinero para pagar su cuidado y el agua para el hogar ocupan el primer lugar en su lista de gastos.

La meta es ampliar el cuarto y asegurar condiciones básicas

El traslado a La Habana le permitió alejarse de la violencia y obtener un espacio propio. Aun así, la casa que consiguió no tiene las condiciones que necesita para vivir con tranquilidad junto a su hijo.

Adiuska aspira a conservar su empleo y ampliar la vivienda cuando pueda reunir los materiales y el dinero necesarios. Su presente depende de su salario y de la red de vecinos que le ofrece ayuda cuando falta comida o agua.

“Esto tiene que cambiar un día porque no es fácil esto”, dijo al hablar sobre la situación del país. Para ella, esa expectativa se traduce en una necesidad concreta: que trabajar cada día alcance para alimentar a su hijo y vivir en una casa con agua y servicios básicos.

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