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¿Cómo se implementan los mercados de carbono en Costa Rica y qué riesgos existen?

Un crédito de carbono certifica que se ha logrado evitar o reducir la emisión de una tonelada de CO₂ equivalente y puede ser adquirido por terceros

El conflicto en el Territorio Indígena Bribri de Talamanca puso bajo debate los bonos de carbono promovidos por Grupo Goico International. (Foto: cortesía)

El reciente conflicto en el Territorio Indígena Bribri de Talamanca puso en el centro del debate a los bonos de carbono promovidos por Grupo Goico International, exponiendo las dudas sobre su impacto real en la atmósfera.

La polémica no es solo local: los sistemas de comercio de emisiones han estado marcados por denuncias de fraude, metodologías poco fiables y afectaciones a la gobernanza de comunidades indígenas, según señala El Observador.

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En la práctica, los mercados de carbono proponen que cada crédito equivalga a la reducción, remoción o prevención de una tonelada de dióxido de carbono equivalente (CO₂e). Sin embargo, el valor de estos instrumentos depende de que pueda demostrarse científicamente que la reducción ocurrió y no es solo una promesa sin sustento.

La operación se basa en lo siguiente: toda actividad humana genera gases de efecto invernadero —principalmente dióxido de carbono, pero también metano y óxido nitroso— que se agrupan bajo el concepto de CO₂e para facilitar su contabilidad. Un crédito de carbono representa una tonelada de ese valor, aunque la mezcla de gases y su potencial de calentamiento varía.

Qué son los créditos de carbono y cómo funcionan

Los créditos de carbono se transforman en instrumentos financieros con precio propio, comercializables tanto por países como por empresas. Algunas compañías los adquieren por obligación legal para compensar emisiones, mientras que otras buscan mejorar su imagen o cumplir metas de neutralidad de carbono.

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En esencia, el mecanismo consiste en descontar del total de emisiones de una empresa las toneladas equivalentes a los créditos comprados. Para que este sistema funcione, la reducción o remoción de gases debe estar respaldada por pruebas: transparencia, monitoreo, verificación independiente y metodologías científicas robustas.

El proceso involucra intermediarios y verificadores externos que aplican estándares internacionales, lo que suma costos y exige controles estrictos. Si la información se exagera o el sistema de control es insuficiente, el crédito pierde su valor y el impacto ambiental es nulo.

Cada crédito de carbono equivale a una tonelada de dióxido de carbono equivalente y exige demostrar una reducción, remoción o prevención real. (EFE/Georgi Livocski)

De acuerdo con Carbon Market Watch, el sistema “pretende reducir los gases de efecto invernadero fijando un precio a las emisiones, principalmente al dióxido de carbono”. La organización advierte que, aunque en teoría no importa quién compre o venda los créditos, en la práctica existen lagunas que pueden dejar sin efecto real la política de reducción de emisiones.

En términos simples, los créditos de carbono son instrumentos que permiten a empresas y países compensar sus emisiones pagando por reducciones verificadas en otras partes. El problema surge cuando la reducción no está debidamente comprobada, lo que puede convertir la compra en una simple operación financiera sin impacto en el clima.

El comercio de emisiones desde 1997 y el debate bajo el Acuerdo de París

La discusión internacional sobre las emisiones comenzó hace décadas, pero adquirió forma concreta en 1997 con el Protocolo de Kioto, el primer acuerdo que incluyó el comercio de emisiones como herramienta global. Aunque el tratado fijó metas, estas no se cumplieron, según El Observador.

En 2015, el Acuerdo de París introdujo un nuevo marco para los mercados de carbono, pero los detalles sobre cómo funcionarán siguen bajo debate en las conferencias climáticas. El artículo 6 de este acuerdo estableció mecanismos de cooperación internacional, aunque persisten desafíos para hacer efectivos los objetivos.

Existen dos tipos principales de mercados de carbono: los sistemas de comercio de emisiones (ETS) y los mecanismos de compensación. En el primer caso, las empresas negocian permisos futuros para emitir gases; en el segundo, se venden reducciones ya logradas. Carbon Market Watch aclara que “el factor temporal es crucial” para distinguir entre ambos modelos.

Los desafíos de los proyectos forestales y los riesgos de fraude

Para que un proyecto de carbono sea legítimo, debe demostrar que su intervención evitó una pérdida de carbono que habría ocurrido de forma creíble. No basta con afirmar que se conserva un bosque: se requiere probar que existía una amenaza real de deforestación y que el proyecto la frenó.

Los créditos de carbono operan como instrumentos financieros que empresas y países usan para compensar emisiones o cumplir metas de neutralidad de carbono. (Crédito: TripAdvisor)

Este punto es clave cuando los créditos se asocian a áreas protegidas o bosques sin otros usos. Si no existe un riesgo concreto de degradación, la reducción de emisiones no puede considerarse adicional ni válida para el mercado.

Otro aspecto fundamental es el monitoreo y reporte. Sin un sistema sólido de seguimiento y verificación, el proyecto pierde credibilidad, lo que ha llevado a escándalos en el sector, de acuerdo con El Observador.

Uno de los casos más notorios es el de South Pole en Zimbabue. La consultora suiza vendió millones de créditos a grandes empresas alegando que evitaba la deforestación. Sin embargo, una investigación periodística concluyó que muchos de esos créditos no representaban reducciones reales, ya que la empresa habría exagerado el riesgo de pérdida de bosque.

El debate sobre los créditos de carbono revela que, aunque se presentan como solución al cambio climático, su efectividad depende de controles rigurosos y comprobaciones científicas transparentes. Sin esos elementos, el sistema corre el riesgo de convertirse en una herramienta sin impacto real en la atmósfera.

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