La experiencia de una joven pastusa que se trasladó a la capital de Colombia revela cómo las diferencias culturales siguen presentes en la vida cotidiana de quienes migran dentro del país.
Lauramayag06, conocida por sus publicaciones en redes sociales, compartió una serie de observaciones sobre los hábitos y costumbres de Bogotá que, tras varios años de residencia, todavía le resultan desconcertantes.
Su testimonio inició con una frase típica de las personas que viven en la capital: “Bogotá queda a dos horas de Bogotá”. Con esta frase, la creadora de contenido ilustra que las distancias internas en la ciudad desafían cualquier comparación con su ciudad natal.
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En Pasto, asegura, “todo es cerca”, hasta el punto de que los estudiantes podían “ir hasta la casa, almorzar, dormirnos” y regresar a clase durante el receso. En contraste, para quienes viven en la capital, la posibilidad de volver a casa en la pausa del almuerzo es una rareza casi inalcanzable.
La joven narró también su desconcierto ante expresiones propias del habla bogotana. “El ‘ah’, rolo. Yo no sé cómo explicarles eso. Es que literalmente la gente acá lo utiliza para todo. O sea, dice una frase y termina con ‘ah’. No lo llego a entender, pero se me ha pegado”, confiesa. Reconoce que, aunque convive a diario con estos giros lingüísticos, no logra incorporarlos del todo a su forma de hablar.
Otro detalle que resaltó es el uso de palabras distintas para objetos cotidianos. “Acá en Bogotá en vez de decirle lapicero al lapicero le dicen esfero. Eso sí no se me ha pegado. Para mí siempre y toda la vida será lapicero”, aseguró.
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Pese a estos choques, destaca una característica de la capital que valora especialmente: la libertad personal y la indiferencia ante la apariencia ajena. “Aquí a la gente no le importa cómo te veas, cómo te vistes, cómo hablas. De verdad, a nadie le importa. A nadie le importas tanto”, reflexiona.
Las historias de lauramayag06 resonaron con muchos de sus seguidores, quienes compartieron en los comentarios sus propias experiencias con las diferencias culturales entre regiones. Una respuesta común es la sorpresa al escuchar preguntas como: “¿De qué parte de Pasto eres?” o “¿Eres de Pasto Pasto?”, revelando la tendencia capitalina de hacer preguntas sobre el origen de las personas.
Otros usuarios notaron particularidades del día a día en la capital: pedir un café y recibirlo con leche por defecto, o que personas adultas pregunten “¿de qué colegio eres?” como forma de establecer conexiones sociales. Además, algunas palabras y expresiones tradicionales de Pasto, como “se puso teja” o el uso de “tajalapiz” en lugar de “sacapuntas”, resultan desconocidas para quienes crecieron en Bogotá, generando confusión y risas entre quienes se enfrentan a estos pequeños malentendidos.
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Las marcadas diferencias de acento, vocabulario y costumbres en Colombia tienen una raíz en la geografía nacional. Las tres cordilleras de los Andes dividieron el territorio y mantuvieron aisladas a las comunidades durante siglos, lo que permitió el desarrollo de variaciones lingüísticas propias incluso entre regiones próximas, como Antioquia y Cundinamarca.
La historia también dejó huella en la manera de hablar de los colombianos. La fusión del español con lenguas indígenas y dialectos de personas esclavizadas de origen africano dio lugar a particularidades fonéticas, entonaciones y palabras únicas.
El acento de Cundinamarca, por ejemplo, presenta rasgos que se remontan a la influencia del pueblo Muisca. En la costa Caribe, la presencia de migrantes andaluces y canarios se manifiesta en la aspiración de la “s”, mientras que en Santander, la llegada de colonos alemanes en el siglo XIX se asocia con un tono más directo y seco.
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El aislamiento de ciudades como Medellín contribuyó a la conservación del “voceo” y otras formas antiguas del español, mientras que las élites bogotanas adoptaron modelos peninsulares que derivaron en una forma de hablar más pausada y formal.
Otro de los puntos resaltados fue la manera en que los bogotanos se visten y es que la altitud de Bogotá, situada a más de 2.600 metros, obliga a los habitantes a vestirse en capas: chaquetas impermeables, ruanas y calzado abrigado conviven con prendas ligeras para adaptarse a los cambios de temperatura a lo largo del día.