Desde muy pequeño, la cocaína fue una presencia cotidiana en la vida de Juan Pablo Escobar, hijo de Pablo Escobar, líder del Cartel de Medellín. Su infancia estuvo marcada por el poder criminal de su padre, los lujos extremos y una violencia difícil de imaginar para un niño.
Juan Pablo Escobar, quien luego adoptó el nombre Sebastián Marroquín, conoció el narcotráfico y la verdadera naturaleza de su entorno a los siete años, cuando su propio padre le confesó ser un “bandido”.
Durante la década de los 80 y principios de los 90 en Colombia, vivió rodeado de riquezas en la Hacienda Nápoles, animales exóticos y una cotidianidad donde los peligros eran constantes. Desde el relato de su niñez, queda claro que la presencia de la cocaína y la tensión por la violencia marcaron profundamente su visión del mundo y su desarrollo personal.
“Tenía siete años y me lo dijo él: ‘Yo soy un bandido y es a eso a lo que me dedico’”, recuerdpo Juan Pablo en la entrevista para El Buscador. La violencia y el miedo también eran parte integral de la vida familiar. “La violencia que yo vi siendo niño es indescriptible. Y había otra cosa que daba más miedo de mi padre y era que él no sentía miedo”.
El primer contacto con la cocaína: la lección de Pablo Escobar a su hijo
A los ocho o nueve años, Juan Pablo tuvo una conversación decisiva con su padre sobre las drogas. En su diálogo con el medio mencionado lo describió así: “Me puso todas las drogas disponibles y me dijo: ‘Hijo, siéntate. Hoy vamos a hablar de drogas’. Empezó: ‘Esta es la cocaína, la marihuana, el LSD, la heroína’. Y empieza a hacer una descripción absoluta. ‘Y así se compone y así es, y este es el daño que te hace’”.
Pablo Escobar, quien llegó a distribuir cerca del 80% de la cocaína mundial en aquella época, fue tajante con su hijo: “La cocaína es un veneno. El verdadero valiente, hijo, es aquel que no consume las drogas”. Juan Pablo afirma que ese mensaje lo marcó para siempre y que nunca probó “cocaína” en su vida.
La única vez que tuvo un contacto físico con la droga fue durante una estadía en la cárcel de La Catedral, cuando su padre le indicó: “Agárrate un poquito y póntelo exactamente en la muela donde te duele... Eso fue lo más cerca que estuve”.
Infancia entre sicarios, miedo y violencia extrema
El relato de Juan Pablo en la entrevista para El Buscador no omite detalles sobre el ambiente de violencia en su entorno. Allí mencionpo la explosión del coche bomba en el edificio Mónaco, la residencia familiar en Medellín. “Me vi aprisionado por el techo de mi habitación, no podía respirar y gritaba por ayuda a mi madre”. Tras lograr salir bajando nueve pisos entre escombros, asegura que fue “un milagro” quedar ileso.
La exposición al peligro era constante. Las mudanzas y la clandestinidad se sucedían: “Me escondía permanentemente con las nanis, me sacaban de un lado, me llevaban para el otro”.
Como él mismo relata, también fue testigo de contradicciones en la vida criminal de su padre: “Mi papá odiaba a los secuestradores, pero cuando se quedó sin dinero, empezó a secuestrar personas para sostener la estructura”.
El contacto con la muerte llegó a una edad temprana: “A los siete años le vi por primera vez la cara a la muerte. Descubrí la otra cara del hombre que me había traído al mundo. Supe que mi padre era un bandido y mi vida ya nunca sería la misma”.
Muchos de esos años transcurrieron bajo estrictas medidas de seguridad y el miedo incesante a morir a manos de los enemigos de su padre. “Vivíamos en el paraíso sin saber que nos preparábamos para la guerra”, resumió para el medio mencionado.
El exilio, el estigma de su apellido y la necesidad de reconciliarse con su pasado marcaron la adultez de Juan Pablo Escobar. “Se me presume culpable porque traigo un apellido que no puedes ser buena persona”, repite cuando rememora las dificultades para rehacer su vida y encontrar integración, especialmente tras llegar a Argentina.
Hoy, su mensaje es claro: no repetir la historia. “Ese es el gran reto para mí, que él (su hijo) crezca con el conocimiento suficiente de la historia para que entienda que aquí no hay nada bonito para repetir”. Advierte que toda narrativa que glorifique la criminalidad es engañosa: “El narcotráfico no te va a llevar al éxito”.