La infancia de Juan Pablo Escobar, hijo del narcotraficante colombiano Pablo Escobar, estuvo marcada por el privilegio de una riqueza exorbitante y una presencia constante de violencia. Juan Pablo, quien actualmente utiliza el nombre Sebastián Marroquín, vivió esos años bajo la sombra del poder y el peligro.
Con siete años, recibió de boca de su propio padre una revelación que fracturaría su niñez: “Yo soy un bandido y es a eso a lo que me dedico”. Así lo narró en una entrevista en El Buscador, además de desentrañar con detalles inéditos y personales los efectos devastadores del crimen organizado sobre la familia, el propósito de relatar su historia y la imposibilidad de la redención a través del dinero mal habido.
Las primeras impresiones al despertar entre jirafas, cebras, rinocerontes y elefantes en la Hacienda Nápoles formaban parte de la vida cotidiana de un niño convencido de ser el dueño de un “mundo mágico sin límites”.
La convivencia diaria con animales exóticos y el lujo desmesurado pronto dejaron de asombrar, hasta el punto de compartir lagos con imponentes hipopótamos como parte de la rutina.
Crecer en la Hacienda Nápoles significaba vivir rodeado de especies importadas en una propiedad de tres mil hectáreas en Colombia, cuyo ambiente funcionaba como un zoológico privado. Las jornadas, envueltas en lo extraordinario, incluían desde nadar con hipopótamos sin conciencia del peligro, hasta interactuar con personajes como niñeras sicarias y familiares encargados de la seguridad.
Entre la fascinación y el riesgo, la infancia se desarrolló bajo una abundancia opulenta, que ocultaba una “cárcel de oro” y una sensación constante de vigilancia.
“La hacienda Nápoles era un lugar donde mi padre pudo empezar a materializar sus sueños. Teníamos un zoológico con mil doscientas especies importadas de todas partes”, recuerda el protagonista. “Era levantarse y ver jirafas, cebras, hipopótamos, rinocerontes, elefantes... Era muy extraño, pero un lugar también donde...”.
Las experiencias infantiles giraban en torno a desafíos difíciles de imaginar en cualquier otro entorno. “Con mis niñeras jugábamos y apostábamos a ver quién podía subirse al lomo del rinoceronte. No faltaba el ignorante o el valiente que lo hacía”.
Así, situaciones peligrosas se integraban con naturalidad a la vida diaria. La magnitud del lugar quedaba marcada por su extensión: “ya no había nada más para comprar, para tener. Ahí estaba todo”.
Convivir y jugar con hipopótamos en la infancia
La cercanía cotidiana con los hipopótamos se evoca con una mezcla de ingenuidad y asombro. “Yo nadaba con hipopótamos, no por valiente, por ignorante. Me imaginaba que tenían cara de cerdito buena gente, no da la sensación de que es un animal que va a abrir sus fauces y te va a comer”, expresó en El Buscador.
El protagonista relata una confianza casi total hacia animales potencialmente letales. “Nadaba con ellos por ignorancia, los tenía al lado. Increíblemente, gracias a Dios no me pasó nada. Por eso me cuesta entender cuando dicen que es el animal más agresivo y tal, porque no es lo que yo vi. Les creo, no es que vaya a debatir eso, pero me crié en ese mundo, en esa hacienda Nápoles”.
Esa falta de conciencia del peligro alimentaba la idea de una invulnerabilidad aparente: “Crecí convencido de que era el dueño de un mundo mágico en donde no había límites”.
La percepción del lujo en esos años adquiere una dimensión contradictoria. “Eran momentos de lujo, de ostentación, de excentricidades. Al final no disfrutabas eso. Por más que estés en una cárcel de oro, sigue siendo una cárcel”, afirma el protagonista durante la entrevista.
La seguridad y la abundancia material no garantizaban una vida plena ni libre. “No es una historia para presumir, es una historia para reflexionar. Si hay alguien testigo de cómo repercute en un niño y en la familia los actos violentos de un padre, soy yo”.
La historia de la hacienda Nápoles evidencia cómo la abundancia absoluta convivía con una sensación de encierro, riesgo y vigilancia. “Teníamos todo lo imaginable pero vivíamos, en realidad, entre barrotes invisibles”, señala.