El relato de Keiry, una joven colombiana, expuso una de las formas más peligrosas de migración en el continente. Su experiencia como víctima de secuestro en México reveló cómo las redes delictivas aprovechan la vulnerabilidad de los migrantes.
Mientras las cifras oficiales de la Cancillería de Colombia confirman que al menos 226 colombianos permanecen desaparecidos en México y más de 400 han sido asesinados de manera violenta en el último año.
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Keiry reconstruyó su historia en redes sociales, describiendo los detalles de un viaje que comenzó como un intento para llegar a Estados Unidos evitando la selva del Darién. Tras recibir como regalo los vuelos a México, ella y su pareja decidieron tomar la ruta “más directa”, pasando primero unos días en Playa del Carmen.
Antes de partir, Keiry tuvo un sueño perturbador: “Soñé que yo estaba en una cárcel, que me sentía profundamente angustiada por esa situación de no tener libertad. Me sentía abrumada, triste, horrible y yo me quería matar”. Despertó con una mezcla de miedo y tranquilidad, convencida de que el sueño era una advertencia.
En Ciudad de México, la pareja compró pasajes de autobús con ruta a Ciudad Juárez. Keiry notó algo extraño: la asesora tomó fotos de sus pasaportes, pero decidieron ignorar la sospecha. Al abordar, el conductor exigió un “permiso de migración” para llegar a zonas fronterizas.
Ante la ausencia del documento, el hombre les advirtió: “Si ustedes se suben a ese bus, es bajo su responsabilidad, porque últimamente está pasando que están bajando los migrantes y ni siquiera es la policía de México”.
Decidieron continuar el viaje, enviando mensajes de alerta a su familia. Durante el trayecto, la migración detuvo el autobús, revisó documentos y, al identificar sus pasaportes, los obligó a descender. “Nos dijeron que nos iban a llevar a una casa de migrantes… que iban a dar comida y permisos”, relató Keiry, aunque su intuición le advertía que algo no estaba bien.
Un grupo de unas 25 personas, entre ellas niños y ancianos, fue subido a una furgoneta sin distintivos oficiales. El destino fue una casa en medio del desierto, donde los recibieron personas armadas.
Y relató: “Nos hicieron desnudar completamente… para mirar que no tuviéramos nada guardado dentro de la ropa”, contó. En la casa había unas 200 personas más en condiciones de hacinamiento extremo y sin información sobre su situación; además, nunca supieron a qué tipo de grupo criminal pertenecían sus captores.
En uno de los episodios que recordó Keiry fue cuando la apartaron del grupo por un secuestrador: “Me empezó a poner así como la mano en la pierna… Yo no sé, yo siento que Dios en ese momento me iluminó la mente para actuar de esta forma”. Fingió interés y solicitó postergar cualquier abuso, logrando así evitar una agresión sexual inmediata.
Su marido, Sebastián, desarrolló una grave infección pulmonar. “Él lo que tenía era una infección en los pulmones por la tos y la fiebre”. La falta de atención médica provocó que Keiry colapsara y enfrentara a los secuestradores: “¡Que él no tiene gripa, ustedes no entienden, ustedes son unos desgraciados, él se va a morir por la culpa de ustedes y ustedes no están haciendo nada!”.
La reacción le costó un aislamiento temporal y un inesperado giro: el jefe de la casa resultó ser colombiano y paisa, lo que le evitó un mayor castigo. “Solamente Dios hace esas cosas, porque literal a otras personas por cosas más insignificantes sí las habían torturado”.
Después de tres semanas incomunicados, los secuestradores permitieron a Keiry y a otros rehenes llamar a sus familias. La exigencia fue clara: USD 2.800 por persona para la liberación. “En ese momento mi vida valía 12.000.000 de pesos. Porque si yo no hubiera pagado esa plata, yo no estaría acá en este momento”.
Finalmente, después de seis semanas, el pago fue realizado y los liberaron, llevándolos en autobús hasta la estación de Juárez. La experiencia dejó marcas profundas y una advertencia para otros migrantes.
La Asociación de Colombianos en Baja California aconseja a aquellos que enfrenten desapariciones en México: reportar de inmediato ante la Comisión Nacional de Búsqueda sin compartir datos personales, presentar denuncia formal ante la Fiscalía, acercarse a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas para recibir asesoría jurídica y notificar al Consulado colombiano.
La historia de Keiry no es un caso aislado. Entre mayo de 2004 y mayo de 2024, más de 600 familias colombianas han sido afectadas por desapariciones en México, según la Cancillería, una cifra que ilustra la magnitud de un fenómeno que sigue cobrando víctimas entre quienes buscan cruzar fronteras en busca de un futuro mejor.