Este es el origen de la Novena de Aguinaldos: una tradición forjada por mujeres

Con motivo del inicio de las novenas, que empiezan el 16 de diciembre, Infobae Colombia revela cuál es el origen de esta tradición tan querida por los colombianos

Compartir
Compartir articulo
Desde el 16 de diciembre, los católicos rezan la novena como preparación espiritual para celebrar el nacimiento de Jesús - crédito Infobae
Desde el 16 de diciembre, los católicos rezan la novena como preparación espiritual para celebrar el nacimiento de Jesús - crédito Infobae

Son tres los elementos necesarios para celebrar una novena de aguinaldos: el pesebre, el novenario y, por último pero más importante, estar rodeado de seres queridos. Sin lugar a duda, esta es una de las tradiciones navideñas que más identifican e interpela a los colombianos, que también se practica en Ecuador y Venezuela.

A pesar de ello, no es frecuente conocer sobre el origen de esta práctica, o los nombres de las personas que ayudaron a dar forma a esta costumbre. Menos conocido es el rol protagónico que han desempeñado las mujeres en su arraigo y conservación.

Ahora puede seguirnos en WhatsApp Channel y en Google News.

Con motivo del inicio de las novenas, que empiezan a celebrarse el 16 de diciembre, Infobae Colombia revela cuál es el origen de esta querida tradición por los colombianos.

La Novena de Aguinaldos en Colombia

Lo primero que habría que indicar es que esta práctica, característica de la idiosincrasia colombiana, hunde sus raíces hasta la colonia. Su composición es obra del quiteño Fray Fernando Jesús Larrea (1700-1773), miembro de la Orden de los Franciscanos, que se desempeñó como misionero en Popayán y Cali, donde falleció. Sin embargo, su impresión se dio hasta 1784, años después de su muerte.

El historiador Felipe Arias Escobar expone, en un artículo especializado, que gran parte de la responsabilidad en su creación y divulgación recae en una benemérita miembro de la elite santafereña: María Clemencia Caycedo.

Tal vez el nombre le sea familiar, o no, pero lo que debe saber es que esta mujer financió, estructuró y creó el Colegio de La Enseñanza, la primera institución educativa enfocada en las mujeres, tanto de la élite como de las clases populares, aunque en ese momento no se empleaba ese término. Aunque murió en 1779, el fruto de su esfuerzo se vio recompensado cuatro años después, cuando a Bogotá llegó la Real Cédula del rey Carlos III que avalaba el proyecto. Es también importante mencionar que esta dama santafereña perteneció a la orden Tercera Franciscana, rama laica de los Franciscanos.

En la benemérita miembro de la elite santafereña Clemencia de Caycedo se debe la creación y divulgación de la novena de aguinaldos - crédito @banrepcultural/X
En la benemérita miembro de la elite santafereña Clemencia de Caycedo se debe la creación y divulgación de la novena de aguinaldos - crédito @banrepcultural/X

Una copia de la novena de 1784 es resguardada en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en la sección de libros raros y manuscritos, para su consulta es necesario contar con autorización. Sin embargo, una copia de 1843 está disponible para su consulta virtual, aquí puede conocerla:

Pero las Novenas de Aguinaldo que actualmente recitamos no son iguales a la formulada por el padre Larrea en siglo XVIII. La métrica actual y los gozos fueron añadidos en el siglo XIX, adaptándola a las necesidades de la modernidad. Acá nuevamente se encuentra la obra de una mujer, una religiosa. La Madre María Ignacia, que era conocida antes de su ordenación con el nombre de Bertilda Samper Acosta, hija de la célebre escritora Soledad Acosta y del político José María Samper.

A esta poetisa, cuya obra permaneció inédita por mucho tiempo, le debemos la inclusión de los gozos:

“Oh sapiencia suma/del Dios Soberano/Que al nivel de un/niño te hayas/rebajado!/¡Oh divino infante/ven para enseñarnos/la prudencia que hace/verdaderos sabios!”

Así como el contagioso estribillo ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!.

Las mujeres y la Navidad

Tal vez cuando esté reunido con su familia o amigos no va a pensar o recordar a la reina María Amelia, o a doña María Clemencia de Caycedo o a Bertilda Samper Acosta, así como en el padre Larrea. Pero si tendrá presente los buñuelos, la natilla elaborados por abuelas y madres. Su recuerdo de armar el pesebre, sacando todas las figuras de una caja o bolsa, bajo la atenta supervisión de una mujer.

Todas estas experiencias no son solo recuerdos, son una expresión de salvaguardia y conservación de una tradición que configura nuestra identidad como colombianos. Pero también son una manifestación de cuidado y cariño. La Navidad es una época de encuentro, tal vez el momento más propicio para el reconocimiento de las dichas labores de cuidado.

Pero también es un momento para el cambio, así como la Madre Ignacia modificó la novena de aguinaldos, actualizándola, nosotros podemos cambiar nuestras cargas e involucrarnos en labores domésticas y del hogar.

La reina de los pesebres: María Amalia de Sajonia

Hija de Federico Agusto II, Rey de Sajonia y de Polonia, fue prometida a Carlos VII de Nápoles, cuando apenas tenía 14 años. Retrato de la Reina María Amelia de Sajonia - crédito Alexander Palace/Wikipedia
Hija de Federico Agusto II, Rey de Sajonia y de Polonia, fue prometida a Carlos VII de Nápoles, cuando apenas tenía 14 años. Retrato de la Reina María Amelia de Sajonia - crédito Alexander Palace/Wikipedia

Es un lugar común reconocer el rol del santo Francisco de Asís, que instauró la costumbre en la península itálica durante la Baja Edad Media, desde donde se popularizó a lo largo de los católicos asentados en el Mediterráneo. Pero poco se conoce el rol de la reina María Amelia de Sajonia (1723-1760).

María Amelia es recordada por ser el único amor en la vida del rey de España Carlos III, que nunca volvió a contraer nupcias. También por ser la madre del que sería Carlos IV, aquel que abdicó ante Napoleón en Bayona; pero poco se habla de su rol fundamental en promover las excavaciones de las recién descubiertas ciudades romanas de Pompeya y Herculano, sepultadas por la erupción del Vesubio; o de su promoción a la práctica de los Belén, como se conoce a los pesebres en España.

En la Navidad de 1759, su primera y última en Madrid, ordenó la instalación de un belén en el Palacio del Buen Retiro, junto con sus hijos, los infantes, que tuvieron un rol protagónico; las piezas fueron traídas desde Nápoles. El pesebre fue “abierto al público”, permitiendo que la aristocracia pudiera verlo. Al año siguiente, un gran número de nobles replicaron la práctica.

Aunque existen testimonios de su existencia previa, la popularización es adjudicada a la reina. Estos pesebres integraban la representación religiosa con las costumbres de la región donde era desarrollada. Así, por ejemplo, los modelos napolitanos eran modelados en barro y pintados a mano. Algunos artesanos se especializaron en su realización y de alguna manera se empezó a competir por tener el conjunto más bello, ello como una señal de prestigio social.

Algunas piezas del siglo XVIII aún se conservan en el Museo de Artes Decorativas de Madrid. Esta institución señala que:

“La indumentaria de los personajes de estos belenes es una fuente de gran valor antropológico y etnográfico dado que aparecen tipos sociales urbanos de toda condición, un hecho poco habitual en las artes plásticas de la Edad Moderna”

Una reflexión que también puede ser aplicada para las realidades latinoamericanas, donde la práctica también se arraigó. Nuestros pesebres replican nuestras realidades sociales, se representan arrieros, cafeteros, pastores y pescadores en el caso de la costa. Incluso en el caso de Bogotá, es posible encontrar algún TransMilenio, puesto por un niño.