Opiofobia: qué pasa en Colombia con el terror de médicos y pacientes a los medicamentos para tratar el dolor

Intoxicación, sobredosis, dependencia y muerte suelen ser los imaginarios que rodean a los opioides. Un experto explicó a Infobae Colombia las falencias en el sistema de salud que han contribuido a su satanización

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El tiempo limitado de consulta con un médico, la desinformación y el uso indiscriminado de opioides han contribuido a acrecentar el temor hacia ellos - crédito Jesús Aviles/Infobae
El tiempo limitado de consulta con un médico, la desinformación y el uso indiscriminado de opioides han contribuido a acrecentar el temor hacia ellos - crédito Jesús Aviles/Infobae

Las primeras referencias a la utilización del opio datan del siglo XVI antes de Cristo. El papiro de Ebers, uno de los más antiguos tratados médicos de que se tenga noticia, escrito en Egipto durante el reinado de Amenofis I, registra el uso de esta sustancia para tratar los dolores de cabeza del dios Ra. Hay indicaciones de su uso en la Biblia, en el Talmud, en la literatura hindú y árabe; en textos médicos griegos, que aseguran que tanto Hipócrates como Teofrasto lo utilizaron en sus recetas, y en escritos romanos, que describen el método para obtener opio a partir de la cápsula de la adormidera. Galeno, el más reconocido médico de la antigüedad después de Hipócrates, también dejó una detallada descripción de las preparaciones realizadas a partir de esta sustancia, y Paracelso lo llamó «piedra de la inmortalidad».

En aquella época, el opio se usaba como analgésico y contra la disentería, por sus propiedades antidiarreicas, pero no fue sino hasta el siglo XIX que se empezó a usar esta sustancia de forma masiva. La morfina se empezó a fabricar industrialmente en Alemania en la década de 1820 y en los Estados Unidos unos 10 años más tarde, y desde entonces comenzaron a aparecer productos basados en opio que se comercializaban sin receta de forma libre para el tratamiento de dolor y otras dolencias.

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Sin embargo, con los beneficios llegaron los problemas. En 1870, los médicos estadounidenses alertaron por lo que llamaron el “hábito de la morfina” o “narcomanía” y en 1910 se produjo la que se considera la primera gran epidemia de opioides en ese país, debido al uso ilícito de la “Heroína” (diacetil morfina), un producto que la farmacéutica Bayer introdujo en 1898 como un efectivo tratamiento para la tos, pero que termino siendo usado ilegalmente en la calle por personas que descubrieron que tenía efectos estupefacientes.

El consumo de heroína, morfina y otras drogas se extendió tanto que los Estados Unidos aprobaron en 1914 la primera Ley antinarcóticos que, entre otros efectos, permitió el control por parte del Gobierno de las prescripciones de medicamentos derivados del opio. Solo se permitía su administración para pacientes terminales cuya vida pudiera “contarse en semanas”.

A partir de la década de los años 20 se comenzó a hablar en Estados Unidos de “opiofobia”. Tanto médicos como pacientes evitaban al máximo el uso de opioides, lo que trajo otras consecuencias. De acuerdo con gran cantidad de especialistas, el rechazo a la utilización de esas sustancias derivó en un perjuicio para los pacientes con dolores crónicos y severos, a los cuales no se les podía brindar un adecuado tratamiento, por lo cual se generó un nuevo movimiento en defensa de lo que llamaron un “uso adecuado de los opioides en el tratamiento del dolor”.

Aparecieron múltiples estudios que aseguraban que estas sustancias no eran tan adictivas como se había dicho, los cuales, sumados a los reclamos de muchos profesionales de la salud, permitieron que hacia finales del siglo XX se relajaran los controles, hasta que apareció la oxicodona en 1995, y con ella la segunda epidemia de opioides.

Para el año 2003, casi 3 millones de estadounidenses usaban Oxycodin (la presentación comercial de la oxicodona) para fines no terapéuticos y las cifras de muertes por sobredosis se dispararon. Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos, casi medio millón de personas murieron entre 1999 y 2019 a causa de una sobredosis relacionada con algún opioide, ya sea ilegal o recetado por un médico.

Las alertas hicieron renacer también la opiofobia y las posibles consecuencias negativas en el tratamiento de dolores crónicos. Consultamos con algunos especialistas sobre lo que pasa con la prescripción de opiáceos en Colombia y cómo esta nueva emergencia que deja miles de muertos cada año afecta a los pacientes en el país.

El farmacólogo clínico e investigador Fernando Cifuentes explicó a Infobae Colombia que los opioides son utilizados para tratar el dolor moderado y severo de los pacientes. Esto quiere decir que son analgésicos muy potentes creados para tratar sintomatologías que otros fármacos no son capaces de aliviar.

Opioides como la morfina, la petidina, el fentanilo, la oxicodona, el remifentanilo, la hidromorfona, la meperidina y el tapentanol son clasificados por el Fondo Nacional de Estupefacientes del Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia como de control especial. Mientras que el tramadol, la codeína y la hidrocodona no ameritan un proceso de control de ese calibre.

Sin embargo, todos son sometidos a inspecciones rigurosas, puesto que su uso indebido ha demostrado traer graves consecuencias de salud en los pacientes, que, además, han conllevado a su satanización. Entonces, si hay tanto control sobre ellos, ¿por qué hay casos de intoxicaciones, sobredosis, dependencia y muertes por el consumo de opioides en Colombia?

Lo que estamos haciendo mal

Según el Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública (Sivigila), en 2019 hubo 120 intoxicaciones por opioides en Colombia. Aunque ninguna de las muertes presentadas ese año fueron atribuidas a estos fármacos, en temporadas anteriores sí se presentaron por lo menos dos fallecimientos derivados del consumo de este tipo de medicamentos; además, el número de intoxicaciones era mucho mayor: en 2016 hubo 384 casos; en 2017, 512; y en 2018, 348.

De acuerdo con el Estudio de Mortalidad Asociada al Consumo de Sustancias Psicoactiva elaborado por el Ministerio de Justicia y del Derecho, entre 2013 y 2020 hubo un total de 28.541 muertes por consumo de drogas, de las cuales 37 fueron atribuidas a sobredosis por morfina y 19, por tramadol.

En momentos de consulta, los pacientes deben ser informados sobre el consumo adecuado de medicamentos y su disposición final - crédito: Instituto de Neurociencias Rockefeller de la WVU/EFE
En momentos de consulta, los pacientes deben ser informados sobre el consumo adecuado de medicamentos y su disposición final - crédito: Instituto de Neurociencias Rockefeller de la WVU/EFE

De acuerdo con el experto, una de las múltiples causas de todos estos efectos adversos es la falta de información. En teoría, una persona a quien se le receta cualquier medicamento debe ser advertida sobre las dosis que tiene que usar, el tiempo exacto del tratamiento y la forma en que debe desechar el medicamento. Sin embargo, esto no siempre pasa.

Los tiempos cortos de atención al usuario han sido determinantes en esta problemática. En menos de 30 minutos de consulta, un médico debe interrogar, evaluar, diagnosticar, ordenar exámenes y recetar medicamentos a un paciente. En todo ese proceso, se suelen omitir indicaciones relevantes para evitar que los opioides empeoren las cosas.

“Toca aprovechar el tiempo de verdad. Si yo solamente me voy a ver contigo en estos momentos y no sé qué va a pasar en 15 días, te tengo que sensibilizar mucho”, explicó Cifuentes a Infobae Colombia.

Pero hay otro inconveniente: la caja de pastillas que la mayoría de las personas guarda en un cajón de su casa. Algunas de ellas están vencidas, de otras se desconoce su propósito y hay unas cuantas que no deberían estar ahí por ningún motivo, como los opioides. “Yo digo, dios mío, esto qué hace acá (sic), medicamentos que no deberían estar guardados en un closet, ni por temperatura ni por condiciones”, expresó el experto.

En los hogares colombianos suele haber una caja con medicamentos, que, muchas veces, están mal almacenados y vencidos - crédito Shutterstock
En los hogares colombianos suele haber una caja con medicamentos, que, muchas veces, están mal almacenados y vencidos - crédito Shutterstock

Dependencia y adicción

Guardar los medicamentos de manera indiscriminada es un riesgo, sobre todo si se ha estado medicado con opioides.

Se han presentado casos en los que los pacientes no solo han experimentado un alivio en el dolor, sino que han llegado a sentir más energía, euforia o sensaciones de bienestar luego de consumirlos. Al identificar estos beneficios, de manera autónoma y desinformada, los usuarios se automedican y deciden tomar opioides en los momentos en que se sienten agotados, intranquilos e infelices. Poco a poco, el cuerpo va demandando más dosis. Ahí empieza la dependencia.

“Si eso progresa en el tiempo, ya requiere una búsqueda compulsiva y entramos al tema de adicción, una enfermedad psiquiátrica complejísima de manejar, que puede tener un desenlace fatal”, detalló Cifuentes.

Para tratar estos casos, se necesita todo un trabajo interdisciplinar, implica la intervención de profesionales en psicología, psiquiatría, farmacología y neurología. A veces también se requiere de hospitalización. Se emplea entonces la medicación con otras sustancias que contrarresten los efectos que han causado los opioides.

Según el farmacólogo, algunos pacientes tratados han demostrado un restablecimiento del 60%; no obstante, es difícil alcanzar el 100%. “Se requieren muchos recursos económicos y de tiempo; no es fácil ese proceso”.

Según explicó a Infobae Colombia Julián Quintero, director e investigador de la Corporación Acción Técnica Social y cofundador del proyecto Échele Cabeza cuando se dé en la cabeza, al país llegó la Naloxona, un medicamento que revierte la sobredosis de opioides. Ya se está utilizando en una sala de consumo supervisado instalada en el barrio Santa Fe, en Bogotá.

“[La naloxona] tiene que estar no solamente en el ámbito intrahospitalario y las ambulancias, sino también en de la mano de las personas consumidoras y de sus familias, y de las organizaciones que prestamos atención a ellas”, sostuvo Quintero.

Las consecuencias de un mal diagnóstico

El limitado tiempo de consulta también juega en contra del diagnóstico. En medio del afán, un médico puede medicar a un paciente con un opioide muy potente, para un dolor que en realidad no es tan fuerte. Luego, el usuario queda suelto, solo, sin información suficiente y mal diagnosticado. Es todo un coctel de decisiones y situaciones equivocadas que pueden generar un caos en la salud de las personas.

Cuando yo prescribo un opioide, yo me caso con ese paciente. Tengo que seguirlo”, explicó el experto. Esto, teniendo en cuenta que, en el tiempo en el que no se sabe nada del usuario, pudo haber suspendido el tratamiento, haberse automedicado o, incluso, haber recomendado el opioide a otra persona. “Ahí el control no existió”, sostuvo.

Entonces, aparece el riesgo de intoxicación, que surge cuando el cuerpo supera el nivel de tolerancia al medicamento. “Si yo no manejo bien el esquema de dosificación, puedo pasar de un nivel inferior de seguridad a un nivel de toxicidad muy rápidamente”, explicó el experto a Infobae Colombia.

La llegada de la opiofobia

Intoxicación, sobredosis y muerte es lo que se piensa que rodea a los opioides. Hay un miedo generalizado a su prescripción y uso - crédito Cuartoscuro
Intoxicación, sobredosis y muerte es lo que se piensa que rodea a los opioides. Hay un miedo generalizado a su prescripción y uso - crédito Cuartoscuro

El cúmulo de errores y casos problemáticos ha generado una ola de rechazo hacia los opioides. Cuando se pregunta por su prescripción, “la gran mayoría de personas, médicos, enfermeras, biólogos, pacientes del común, dicen: adicción, dependencia y muerte”.

Incluso, de acuerdo con muchos especialistas, algunos de opioides como la morfina, han sido estigmatizados. Se piensa que únicamente es utilizada cuando el paciente está a punto de morir y no queda otra alternativa que simplemente manejar el dolor y esperar a su deceso.

Cifuentes aclara que el terror a recetar y tomar opioides es, en realidad, infundado. Sus beneficios son múltiples, pero los errores en la prescripción y en el uso desinformado e indiscriminado, los desdibujan por completo. Se requiere de educación, tanto para el personal médico como para los usuarios, que logre desmantelar esos imaginarios.

Mientras tanto, quienes están medicados y quienes no, deben procurar seguir las indicaciones del médico tratante y, no está de más, revisar la caja de pastillas que guardan en casa, y deshacerse de adecuadamente de aquellos fármacos que ya no necesitan.

La Secretaría de Salud de Bogotá recomienda separarlos en un frasco y llevarlos a uno de los 500 puntos instalados en la ciudad para su disposición final. Están ubicados en droguerías, almacenes de cadena, entidades públicas y centros de veterinaria.

Finalmente, el especialista insistió en que es importante reconocer que cada persona es distinta y que, por ende, su cuerpo no responderá igual que otros a los medicamentos. Si alguien presenta efectos adversos, no quiere decir que el opioide sea malo, sino que el paciente tuvo una reacción diferenciada. Por eso, se debe hacer un diagnóstico individual y acertado, con aprovechamiento del tiempo y sensibilización, sin excluir la necesidad de hacer seguimiento a los pacientes.