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La mujer ucraniana de 77 años que caminó 15 kilómetros bajo cielos llenos de drones para escapar del “infierno”

Los equipos de rescate ya no entran en la ciudad de Limán, en el este de Ucrania, porque se considera demasiado peligrosa. La única salida es un aterrador viaje a pie

Nina Ivanova en un centro de evacuación en Sloviansk, Ucrania. Ella y sus hijas decidieron arriesgarse y emprender la marcha, como lo han hecho incontables ucranianos antes que ellas a lo largo de la línea del frente
Nina Ivanova en un centro de evacuación en Sloviansk, Ucrania; ella y sus hijas decidieron arriesgarse y emprender la marcha, como lo han hecho incontables ucranianos antes que ellas a lo largo de la línea del frente (Cassandra Vinograd/The New York Times)
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¿Quedarse o intentar escapar? Nina Ivanova, de 77 años, pensó que las probabilidades de sobrevivir eran las mismas tomara la decisión que tomara, y que no tenía nada que perder.

Las fuerzas rusas estaban a poco más de kilómetro y medio de distancia, bombardeando su ciudad, Limán, en el este de Ucrania, con bombas planeadoras y drones. Su marido había muerto tras una larga enfermedad y su casa estaba destruida. Ella estaba escondida en un sótano con sus dos hijas.

Limán estaba en llamas, pero los equipos de evacuación civiles y militares ya no entraban en la ciudad, pues era muy peligroso. La única salida era a pie: 15 kilómetros bajo cielos llenos de drones.

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Ivanova vio cómo unos perros se comían un cuerpo en Limán; esto contribuyó a empujarla a su límite, dijo. Ella y sus hijas probarían suerte desplazándose, como incontables ucranianos lo hicieron antes que ellas a lo largo de toda la línea del frente.

“Nos levantamos y nos fuimos”, dijo.

La vida en Limán

Un militar de la 115.ª Brigada Mecanizada Independiente de las Fuerzas Armadas de Ucrania camina por una calle, en medio del ataque ruso contra Ucrania, en la ciudad de Lyman, en la región de Donetsk (REUTERS/Sofiia Gatilova)
Un militar de la 115.ª Brigada Mecanizada Independiente de las Fuerzas Armadas de Ucrania camina por una calle, en medio del ataque ruso contra Ucrania, en la ciudad de Lyman, en la región de Donetsk (REUTERS/Sofiia Gatilova)

Ivanova y su esposo, Borys, vivieron en Limán durante décadas. Ahí criaron a sus hijos, en una casa en la calle Michurina.

La ciudad, que tenía una población de 20.000 habitantes antes de la guerra, servía como centro ferroviario para la región del Donbás. Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, tomar el Donbás era un objetivo central, y eso convirtió a Limán en un blanco prioritario.

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Las fuerzas rusas se abrieron paso luchando a través de los densos bosques y campos que rodean Limán y tomaron la ciudad en mayo de 2022. Las tropas ucranianas los expulsaron cinco meses después. Pero Limán nunca estuvo completamente libre del fuego ruso.

Con el tiempo, los pequeños avances de Moscú hacia la ciudad empezaron a acumularse, y los ataques contra Limán comenzaron a intensificarse de nuevo el otoño pasado. Fue entonces cuando las entregas de ayuda humanitaria cesaron.

La casa de Ivanova fue alcanzada por un ataque el 17 de diciembre. El techo se derrumbó y las ventanas volaron en pedazos. Dos días después, su sala quedó destrozada en un segundo ataque.

Sin embargo, su familia estaba a salvo. Se refugiaban en el sótano de un edificio de cinco pisos junto con otros vecinos. Dormían bajo tres cobijas, con chaquetas y gorros, a temperaturas bajo cero, y cocinaban la ayuda alimentaria almacenada sobre ladrillos en una fogata.

El humo se eleva tras un ataque militar ruso en la localidad de Lyman (REUTERS/Sofiia Gatilova)
El humo se eleva tras un ataque militar ruso en la localidad de Lyman (REUTERS/Sofiia Gatilova)

Ivanov, de 79 años, que había estado postrado en cama durante ocho años, murió el 12 de enero. Las mujeres Ivanova lo enterraron en el patio.

Las cosas no hicieron más que empeorar. Un hombre que vivía en ese sótano murió en un ataque el 14 de marzo. Otro murió al día siguiente, mientras cavaba una tumba para el primero.

Eso dejó a siete personas en el refugio subterráneo: las Ivanova, una amiga llamada Tetyana Shmarko y una familia de tres integrantes.

Las Ivanova se quedaron mientras las tropas rusas intensificaban los ataques de marzo y abril que se extendieron hasta mayo. Se quedaron incluso cuando sus suministros disminuyeron, incluso cuando otros se arriesgaban a huir de la ciudad a pie e incluso cuando el alcalde les imploró que hicieran lo mismo.

Luego, el 23 de mayo, dijo Ivanova, se dieron cuenta de que simplemente ya no podían seguir sentadas en ese sótano. Su paciencia y su valor se habían agotado.

La huida

Militares de la 115ª Brigada Mecanizada separada de las Fuerzas Armadas de Ucrania caminan a lo largo de una calle, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en la ciudad de primera línea de Lyman (REUTERS/Sofiia Gatilova)
Militares de la 115ª Brigada Mecanizada separada de las Fuerzas Armadas de Ucrania caminan a lo largo de una calle, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en la ciudad de primera línea de Lyman (REUTERS/Sofiia Gatilova)

Su intento inicial de caminar hacia un lugar seguro terminó en fracaso. Las Ivanova y Shmarko llegaron a un bosque, pero no pudieron entrar: había demasiados cráteres y árboles caídos. Después de tres horas de deambular, sabían que los bombardeos de la mañana pronto comenzarían. Tomaron la desgarradora decisión de regresar.

Después de volver, agotadas y abatidas, llamaron al alcalde y le dijeron que se resignaban a su suerte. Él les dijo que debían descansar un par de días, pero que tenían que intentarlo de nuevo. Volvieron a empacar las mochilas, cuyo peso las había agobiado en el primer intento, sacando ropa deportiva y reduciendo de 10 a cinco los pares de ropa interior y calcetines.

Dos días después del intento fallido de escapar, y tras una noche que Ivanova pasó rezando —se sentía demasiado ansiosa para dormir o comer—, ella y sus hijas, Olha, de 54 años, y Tetyana, de 53, se prepararon para partir a las 3:40 a. m., cuando suele haber menos drones en el aire. Llevaban calzado deportivo cómodo, pero no se preocuparon por ponerse varias capas de ropa. La caminata y el miedo la mantendrían sin frío.

A ellas se unieron Shmarko y la otra familia del sótano: una pareja y su hijo de 31 años, que se encontraba herido. El grupo equilibró las mochilas y a un par de gatos sobre dos bicicletas, y luego empezaron a caminar.

Esta vez, tomaron una ruta diferente —un camino circular más largo— por consejo del alcalde. Pasaron junto a edificios destruidos. Pasaron por el ferrocarril, con sus vías destrozadas, y luego por el bosque quemado. Pasaron junto a los restos de vehículos militares y vieron jirones de uniformes rotos en una autopista marcada por cráteres.

Un tocón de árbol arde durante un incendio forestal en las afueras de Lyman, región de Donetsk (REUTERS/Thomas Peter)
Un tocón de árbol arde durante un incendio forestal en las afueras de Lyman, región de Donetsk (REUTERS/Thomas Peter)

Siguieron avanzando, demasiado asustadas para detenerse siquiera a tomar un sorbo de agua. Los drones estaban volando, y los bombardeos por lo general comenzaban después de las 7 a.m.

La otra familia del sótano tenía dificultades para seguirles el paso. El hijo, con dos pedazos de metralla en la espalda producto de un ataque ruso anterior, no podía caminar rápido.

Pero las Ivanova y Shmarko no detuvieron sus pasos. Ni sus plegarias.

Las redes antidrones sobre la carretera ofrecían poco consuelo. Los autos civiles y militares destruidos debajo de ellas ilustraban lo escasa que era la protección. Ellas conocían a otras personas de Limán que habían muerto mientras caminaban por este tramo.

Ivanova estaba agotada. “Caminaba por la carretera como una borracha, no me podía mantener en pie, me tambaleaba y me caía”, recordó.

Después de cuatro horas y 20 minutos, lograron ver el río Siverski Donets. La hija de Ivanova, Tetyana, que había pescado allí de niña, corrió para encontrar el cruce y lanzó gritos.

Unos soldados ucranianos salieron de los arbustos en la orilla del río. El alcalde les había dicho que esperaran a las Ivanova. Los soldados les ofrecieron agua y les dijeron que se escondieran entre los setos.

Un soldado ucraniano descansa en una trinchera en el frente, cerca de Liman, en la región ucraniana de Donetsk (Iryna Rybakova vía AP)
Un soldado ucraniano descansa en una trinchera en el frente, cerca de Liman, en la región ucraniana de Donetsk (Iryna Rybakova vía AP)

Las bolsas y los gatos fueron cargados en un pequeño bote de madera que fue tirado a través de las oscuras aguas verdes con cuerdas que se han utilizado durante toda la guerra para transportar soldados y suministros. Las mujeres irían después: de a dos, con chalecos antibalas.

Ver el bote que la llevaría marcado por metralletas dejó a Ivanova “tan asustada”, dijo. Si hubiera sabido lo que implicaría cruzar el río, les dijo más tarde a sus hijas, habría rechazado el viaje y se habría “acostado ahí con mi viejo, enterrada en el patio”.

Los soldados intentaron calmar sus temores, bromeaban y les prometían llevarlas “con comodidad”.

Cuando llegaron al otro lado, las Ivanova treparon por la empinada orilla del río a través del barro. “No tienes idea de cómo nos veíamos”, dijo Ivanova entre risas.

Más soldados las recibieron allí, las subieron a vehículos todoterreno y les indicaron: “Agárrense fuerte”.

Hacia un lugar seguro

Un conductor entrega comestibles a una mujer que es una de las pocas residentes que quedan en un vecindario que resultó gravemente dañado por los combates en la ciudad fronteriza de Lyman, en medio del ataque de Rusia a Ucrania (REUTERS/Thomas Peter)
Un conductor entrega comestibles a una mujer que es una de las pocas residentes que quedan en un vecindario que resultó gravemente dañado por los combates en la ciudad fronteriza de Lyman, en medio del ataque de Rusia a Ucrania (REUTERS/Thomas Peter)

Los vehículos todoterreno aceleraron a través de un bosque, hasta la autopista y hacia unos vehículos militares que las esperaban y que las llevaron a un centro de evacuación en Sloviansk, donde nos encontramos con ellas. Llegaron alrededor de las 10 a. m., todavía cubiertas de barro.

Cuando se bañaron más tarde, fue la primera vez que el agua caliente había tocado su piel en meses, dijeron.

El cabello rubio de Tetyana Ivanova aún estaba mojado cuando llamó a una tía.

¡Hoy salimos a pie, caminamos 15 kilómetros!”, exclamó. Había otras noticias que dar después de meses en un sótano sin señal de teléfono. Mi padre murió, lo enterramos”, dijo.

Los trabajadores humanitarios les llevaron el almuerzo a las mujeres. Durante siete meses, habían soñado con pan y helado comprados en tiendas. Aun así, no podían comer.

“Estamos en shock”, explicó Ivanova, sentada y encorvada en un catre.

Insistió en que se sentía bien después de la caminata. Los tobillos hinchados, aprisionados por unas sandalias negras y doradas que les habían donado, sugerían lo contrario. Y sin embargo, los pies adoloridos no tenían importancia a estas alturas.

“Escapamos del infierno”, dijo Ivanova. “Nos arriesgamos a una probabilidad del 50 por ciento, como dicen: nos mataban allí o en el camino”, añadió. “Cincuenta por ciento… nada que perder”.

© The New York Times 2026.

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