
ERA 14 AÑOS MÁS JOVEN Y "SKATER". ¿POR QUÉ NO INVITARLO A MI CASA?
"Déjame que te aclare una cosa", me dijo mi mejor amiga por teléfono. "Si no vas a acostarte con ese chico, mejor no lo invites a tu casa para nada".
"Sí, entendido", dije, sabiendo que tenía razón. Pero era demasiado tarde; ya lo había invitado a mi casa.
Hacía cuatro años que nadie me tocaba. En realidad, hacía cuatro años que no dejaba que nadie me viera, no solo sin ropa, sino también desnuda emocionalmente, desprotegida, esperanzada.
A los 44 años, me acababa de divorciar, tenía dos hijos pequeños y volvía a vivir en la ciudad costera del sur de California donde había crecido. La separación me había costado casi todo: mi casa, mis ahorros, la mayoría de los muebles. Me encontré parpadeando y desconcertada en un departamento austero, sin siquiera una espátula, consumida por el trabajo de montar un hogar y navegar por un nuevo acuerdo de coparentalidad. No había tiempo para el deseo en este nuevo capítulo. No lo habría durante muchos años.
Me despidieron de mi trabajo en una empresa de publicidad con una indemnización por despido que me dio unos meses para resolver las cosas, y recurrí a lo único que aún tenía sentido: escribir. Me lancé a escribir una novela en gran medida por escapismo.
Imaginé una novela adictiva ambientada en la escena del rock de principios de los 2000, empapada de vida nocturna y sexo. Me inventé una heroína audaz y temeraria, con un espíritu aventurero que se agitaba en su interior, porque yo había sido ella. No me atrevía a pensar que podía escribir literatura, pero aspiraba a crear una vertiginosa lectura de playa, algo que creía saber. Quería que fuera cinematográfica, seductora, vivaz. Porque yo no lo era.
En aquellos primeros años posteriores al divorcio, dejaba a mis hijos con su padre en los días que le tocaba cuidarlos y huía a la cafetería para escribir. Sin vacilar, no fuera a ser que tuviera un momento para asimilar lo mucho que había perdido. Pasar de una casa llena de risas y objetos infantiles al silencio --un silencio enloquecedor-- caló hondo en mi psique como algo que "está mal".
Además, muchas cosas estaban mal, pero yo igual escribía. Durante mucho tiempo, mientras los placeres de la historia tomaban forma, al libro le faltó una pieza vital: la sexualidad explícita. Mi libro era como una muñeca Barbie con los genitales borrados, alisados. Había escrito literalmente "escena de sexo aquí", solo como un marcador.
Creé un hombre para que mi heroína se enamorara de él, un antihéroe mítico con botas y cuero: el forastero, el rebelde, pero también, el canalizador: el creador herido que lidera con fanfarronería y oculta su ternura. Quería que sus escenas de amor fueran a la vez salvajes y devocionales, pero aún no podía visualizarlo.
Quizá lo escribí para que existiera, porque, no mucho después, lo conocí en Bumble.
Se parecía a un arquetipo por el que siempre me había sentido atraída, un impulso que intentaba reprimir. Era un trabajador de la construcción que tenía sus propios sueños perdidos después de que una lesión le arrebatara una posible carrera profesional como "skater". Alto y corpulento, tenía el rostro de una estrella de cine de la época dorada. Vestía con elegantes índigos bien combinados, y tenía los brazos cubiertos de tatuajes extraños e incomprensibles: ángeles y demonios, garabatos toscos, un plátano.
Tenía 30 años, 14 menos que yo. Aun así, algo en él llegó a lo más profundo de mí y aflojó un cerrojo que no estaba segura de querer volver a abrir.
Aquella ventosa noche de invierno en que vino, limpié la casa de manera deliberada. Reduje las huellas de los niños. Encendí una vela llamada Noche de Alegría y encendí un fuego. Preparé un té especiado que había traído de París y coloqué revistas antiguas de "skate" sobre la mesita como una ofrenda inconsciente.
Recordé a la chica que solía ser en Brooklyn cuando era periodista musical: la que siempre hacía planes, la que encontraba nuevos lugares escondidos que nadie conocía, y vaya que había organizado noches como esta: la música, los olores, la lencería. Una habitación, caliente y preparada.
Llegó y se dirigió a las revistas. Me explicó los pesos pesados del "skateboarding" mientras yo le señalaba los artistas, y la conversación giró en torno al miedo y la libertad, el riesgo y la rebelión. Me habló de cómo caer en un "halfpipe" imita la vida: el ángel que te aconseja que lo hagas y el diablo te dice que te alejes.
Al principio no me tocó, ni cuando se sentó a mi lado, ni siquiera después de dos ponches calientes. Su contención hizo que mi corazón latiera con fuerza.
Estudié su rostro, el vaso sanguíneo roto en su ojo por el "jiu jitsu", la hermosa curva de sus labios. Se me aceleró el corazón, pero de repente me atreví a sostenerle la mirada más tiempo del necesario, una invitación. Finalmente, su mano rozó la mía. Luego, el beso más ligero, apenas perceptible, suave como una tela de araña.
Fue insoportablemente lento, entregado con una paciencia casi tántrica que no sabía que un hombre tan joven pudiera poseer. Su beso no era codicioso ni estratégico. Era tierno. Hizo todas las preguntas sin prisa ni deseo de respuestas. Mi cuerpo se ablandó.
Me atrajo hacia su regazo y supe que tenía que hablar.
"Solo quiero que quede claro", dije. "Porque te invité a venir. Me gustaría que nos besáramos y nos conociéramos. Pero no estoy preparada para tener sexo".
Su respuesta fue sencilla, ligera: "Está bien".
Esa sencillez, totalmente despreocupada, fue una revelación. Porque en mi vida anterior, mucho antes del matrimonio o la maternidad, este momento probablemente habría sido recibido con presión, coacción. Mientras nos besábamos como adolescentes, sentí que una esencia de mí misma volvía corriendo.
Sentí como si el universo se abriera de par en par y me entregara este pequeño regalo imposible: un hombre hermoso que respetaba mi "no" mientras nos mostraba un camino hacia el "sí". Su boca pasó de mis labios a mi cuello. Sus manos permanecieron suaves, exploradoras. Podía sentir la excitación bajo sus pantalones de mezclilla, pero nunca me presionó. Le toqué los tatuajes de los brazos y le pregunté por uno que parecía un plátano.
Se rio. "Me lo hice en una fiesta", dijo. "Todos sacamos diseños al azar de un sombrero".
Era una combinación seductora, el exterior sucio con la suavidad que había debajo, tan parecida al personaje romántico sobre el que yo estaba escribiendo.
En un momento dado, se inclinó sobre mí y, sin que lo supiera, consiguió arrinconarme en el brazo del sofá. Por un momento, no pude moverme. Recordé una presión similar que había sentido antes, un recuerdo que reverbera. Mi respiración se detuvo.
Él se dio cuenta y se encontró con mi mirada.
"¿Estás bien?", preguntó. "¿Te sientes cómoda?".
Tras la pausa y su suave pregunta, no estaba segura de haberme sentido nunca más cómoda.
No tuvimos sexo aquella noche, ni la siguiente. Lo que sí compartimos fue algo mucho más íntimo de lo que había experimentado en años: la presencia. Estaba presente en mi cuerpo y presente en el deseo. Un recordatorio. Yo soy esta mujer.
A la mañana siguiente, todavía con su olor a agua y jabón en el pelo, me senté en una cafetería y escribí por fin una escena erótica para mi novela. Me salió a borbotones, una escena apasionada de sexo urgente en un baño público con "rock and roll" a todo volumen al otro lado de la puerta. La escena me pareció vívida, intensa, sin complejos. Volví a leerla, con el corazón acelerado, y sentí que se me encendía el pecho.
¿Qué clase de madre escribe algo así?
Pensé que podía eliminarla del libro. Nadie debía leerla. Pero sabía que no la eliminaría. No podía.
Las palabras habían activado algo que no sentía desde antes del matrimonio, antes de las rupturas y la reparación. No era solo un beso. Ni siquiera era solo sexo. Era el retorno de mi propia vitalidad. Me había devuelto la vida a través de la escritura.
Resulta que esa es la verdadera historia de amor.
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