Hace aproximadamente una década, Michael Valenti, de Woodstock, Nueva York, desarrolló de forma repentina un fuerte dolor en la parte inferior derecha del abdomen. Tenía una fiebre ligera y creyó que la causa era apendicitis. Su médico pensó lo mismo y lo envió a la sala de emergencias, donde una resonancia magnética reveló que no tenía apendicitis sino diverticulitis, una infección en una evaginación de su colon que nunca supo que tenía.

Valenti me comentó que el ataque se presentó “de la nada”, y que fue especialmente confuso porque la gran mayoría de los divertículos y las infecciones consecuentes se desarrollan en el colon sigmoideo ubicado en la parte inferior izquierda del abdomen.

La diverticulosis, que es el nombre que reciben las bolsas diverticulares, es común en los países occidentales, donde la dieta típica saturada de alimentos refinados es baja en fibra, y el riesgo de desarrollar este padecimiento aumenta con la edad, por lo que llega a alcanzar un 60 por ciento de riesgo a los 70 años. A menos que las bolsas se descubran en un análisis no relacionado, como una colonoscopia, la mayoría de las personas con diverticulosis no se enteran de que tienen esta enfermedad.

No obstante, los divertículos pueden atrapar residuos de comida mientras esta pasa por el colon y convertirse en un caldo de cultivo perfecto para las bacterias. En consecuencia, aproximadamente el 20 por ciento de las personas con diverticulosis desarrollará diverticulitis, una inflamación e infección que si no se atiende de forma adecuada puede derivar en abscesos peligrosos, perforación del colon o peritonitis.

Algunas personas con diverticulosis también presentan episodios crónicos recurrentes de síntomas gastrointestinales como dolor abdominal, inflamación, estreñimiento y diarrea, síntomas que se asemejan a los del síndrome del intestino irritable.

Para Valenti, quien afirmó no haber tenido síntomas intestinales previos, un antibiótico potente y varios días sin ingerir nada más que puros líquidos acabaron con la infección, y le dijeron que a partir de entonces evitara comer nueces, semillas y alimentos como los arándanos, las fresas y las galletas con semillas. Aproximadamente entre una cuarta y una tercera parte de los pacientes con diverticulitis presenta episodios recurrentes, y hace dos años Valenti se convirtió en uno de ellos. De nuevo, se recuperó con antibióticos y una dieta de líquidos claros.

Pero la primavera pasada tuvo un tercer episodio. Entre los dos últimos episodios, el consejo de evitar las nueces y las semillas había sido echado por tierra. En esta ocasión, el médico le recomendó a Valenti aumentar su consumo de fibra, pero no le dijo a este hombre de 69 años, amante de la carne y las papas, qué debía comer para evitar otro ataque y sus complicaciones posiblemente graves.

Al escuchar esto, le envié a Valenti un artículo de reciente publicación que documenta los hábitos alimenticios y el riesgo de padecer diverticulitis en más de 50.000 mujeres de mediana edad del Estudio de Salud de las Enfermeras (NHS, por su sigla en inglés). En un inicio, estas mujeres no tenían enfermedad intestinal alguna y se les hizo un seguimiento de más de 20 años. Durante ese tiempo, 4343 mujeres desarrollaron diverticulitis, y el riesgo más alto de padecer el trastorno se presentó en aquellas que menos fibra alimentaria consumían.

El estudio reveló que la fibra que más las protegía era la de las frutas y los cereales. Comer más frutas enteras (no en salsas y jugos), especialmente manzanas, peras y ciruelas pasa, dio como resultado un riesgo menor de desarrollar diverticulitis. La fibra de las verduras, los frijoles y las lentejas también se asoció con un riesgo reducido de presentar una infección.

Cada porción diaria adicional de frutas enteras reducía el riesgo un cinco por ciento, y las mujeres que consumían casi diez gramos de fibra de cereales a diario disminuían un diez por ciento sus probabilidades de desarrollar diverticulitis comparadas con quienes menos fibra comían, tres gramos aproximadamente. Por ejemplo, media taza de cereal All-Bran de Kellog’s proporciona diez gramos de fibra, mientras que tres cuartos de taza de avena cocinada solo tiene tres gramos, y una taza de Cheerios, el favorito de Valenti, también tiene tres gramos de fibra.

En el estudio del NHS, la fibra insoluble, como la que encontramos en el cereal integral, proporcionó más protección que la fibra soluble en alimentos como los frijoles negros. El aguacate, el camote y el brócoli son buena fuente de ambos tipos de fibra.

En un estudio previo realizado con aproximadamente 44.000 profesionales de la salud de sexo masculino, la fibra de las frutas y verduras, mas no la de los cereales, se relacionó con un riesgo reducido de padecer la enfermedad diverticular.

“No como tanta fruta como debería”, reconoció Valenti, y luego afirmó que ahora sabe que debe esforzarse si quiere estar saludable.

Entretanto, su esposa, Linda Brewer, quien también espera poder prevenir otro episodio y hace poco se enteró de que es prediabética, ha adaptado el menú casero de la pareja para incluir granos enteros ricos en fibra y más ensaladas, verduras y legumbres. Eliminaron de su dieta el arroz, la pasta y el pan blancos.

Las dietas con poca fibra reducen el volumen y el agua que se encuentra en las heces. Esto predispone al cuerpo al estreñimiento, lo cual, a su vez, aumenta la presión en el colon, lo que puede debilitar los músculos de las paredes colónicas, dando como resultado una hernia o evaginación.

Los investigadores de la Escuela de Medicina de Yale sugirieron que un desequilibrio en la población bacteriana del colon podría explicar la influencia que tiene la fibra alimentaria en el riesgo de inflamación crónica del colon aun sin que haya desarrollo de diverticulitis. En la publicación que hicieron en la revista Therapeutic Advances in Gastroenterology en 2013, reportaron que una dieta baja en fibra cambia la composición de las bacterias en el colon, lo cual produce un aumento significativo de microorganismos anaeróbicos. Sugirieron que los probióticos podrían ayudar a restaurar una población más saludable de bacterias en los intestinos.

Idealmente, los beneficios de la fibra alimentaria en la prevención de la enfermedad diverticular y las infecciones derivadas deberían demostrarse mediante ensayos clínicos bien diseñados, que por desgracia son demasiado costosos y difíciles de realizar.

En lugar de un estudio más definitivo, el consumidor sabio actuará con base en la evidencia existente de la investigación epidemiológica exhaustiva. Décadas de estudios sugieren que todos deberíamos tener una dieta rica en fibra alimentaria, y no solo para la salud del intestino.

Una dieta alta en fibra puede ayudar a reducir el riesgo de enfermedades cardiacas y diabetes, así como facilitar el mantenimiento de un peso saludable. Por ejemplo, la fibra soluble de los frijoles y la avena podría ayudar a reducir los niveles en la sangre del colesterol “malo” (LDL, por su sigla en inglés), que daña las arterias. En personas con diabetes, la fibra soluble ayuda a controlar los niveles de azúcar en la sangre. Además, puesto que los alimentos ricos en fibra satisfacen más que los bajos en fibra, pueden ayudarte a comer menos y mantenerte satisfecho durante más tiempo. También suelen tener menos calorías que la misma cantidad de alimentos bajos en fibra.

La ingesta diaria de fibra recomendada por la Academia Estadounidense de Medicina en adultos de 50 años o menos es de 38 gramos para los hombres y 25 gramos para las mujeres; para los adultos de 51 años o más, es de 30 gramos para los hombres y 21 gramos para las mujeres. Verifica la información nutricional en los alimentos empacados o consulta una lista como la que se encuentra en MedlinePlus.