La escena es, en ella misma, toda una metáfora. Son dos jóvenes que gritan “grève, blocage, manifestation!” a pleno pulmón en una de las manifestaciones masivas que recorren las calles de Francia. Ambos van vestidos de negro, con su rostro cubierto, pero los matices delatan las diferencias. El primero sigue la estética de los Black bloc, extrema izquierda, ninguna marca que los delate, excepto la bandera negra con la A en un círculo, clásica del anarquismo. El segundo, muy cerca de él, también viste completamente de negro, pero su estética es la del Estado Islámico: cabeza enfundada en una balaclava, y en la frente una banda de tela verde con la Shahada (“no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”) inscrita en letras árabes blancas. Ambos se manifiestan juntos. Ambos gritan contra el capitalismo. Ambos odian La Republique.
¿Qué une a los grupos de extrema izquierda que han capitalizado las protestas en Francia, con los grupos vinculados al islamismo radical que se manifiestan a su lado? ¿Se ha producido la famosa fusión del islamo-izquierdismo asentado en la idea de la “convergencia de luchas”, que teorizó Pierre-André Taguieff en 2002 en su libro “La nueva judeofobia”? De hecho, a pesar de que Taguieff lo planteó en términos de denuncia (el riesgo de que bandos opuestos se unieran contra la democracia liberal), el concepto nació en positivo de los teóricos modernos del marxismo. El referente es Chris Harman, miembro del Socialist Workers Party, quien en 1994 ya planteó la necesidad de que la izquierda colaborara tácticamente con el islamismo porque movilizaba a las masas oprimidas por el imperialismo. La tesis quedó cuajada en su libro “El Profeta y el Proletariado”: “with the state never, with the Islamists sometimes”. Y ese, “con los islamistas a veces”, se ha convertido en la “interseccionalidad” que actualmente defienden prominentes sociólogos de izquierdas, para los que los movimientos islámicos son aliados naturales de los movimientos estudiantiles y obreros, en su lucha contra el estado burgués. De hecho, si vamos más lejos en el tiempo, la propia revolución jomeinista fue aplaudida por muchos intelectuales de izquierdas franceses que ya intuyeron la alianza que podían cuajar con esos enemigos acérrimos de Occidente.
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En todo caso, se trata de una fusión izquierdoislamista que lleva décadas de fructífera y pública relación, aunque, sorprendentemente, no haya sido detectada por la gran mayoría social. El ejemplo más evidente y llamativo fueron los pactos del chavismo con Irán, el famoso eje Caracas-Teherán que, además de los acuerdos comerciales y militares, construyó un sólido nexo ideológico basado en dos preceptos: el odio a Estados Unidos e Israel y el desprecio al sistema democrático. Otro ejemplo de ese nexo delirante fue el del líder de Podemos Pablo Iglesias que dirigió dos famosos programas (Fort Apache, de debate político, y Spoilers, de cine y política) en Hispan TV, la televisión de Irán en castellano, donde incluso permitió que las mujeres debían cumplir estrictas normas de vestimenta. La “justificación” de Pablo Iglesias para explicar la contradicción que suponía la vinculación de un político de izquierdas con una teocracia islámica violenta, fue épica. En una conferencia en 2013 abordó el tema usando el símil del “pragmatismo” de Lenin cuando en la Primera Guerra Mundial aceptó regresar a Rusia con un tren blindado alemán. Lenin quería volver para liderar la revolución bolchevique, y a Alemania le interesaba que los comunistas desestabilizaran a Rusia. Y con ese símil en boca, Pablo Iglesias explicó su alianza con Irán: “A los iraníes les interesa que se difunda en América Latina y en España un discurso de izquierdas porque afecta a sus adversarios. ¿Nos aprovecha a nosotros? Sí”.
Es el mismo “provecho” que explica la convergencia que se ha producido en los campus universitarios norteamericanos, en las manifestaciones de izquierdas en todo Latam, en los discursos de Pedro Sánchez y Gustavo Petro, o en las protestas europeas, a raíz de la guerra de Gaza: manifestantes de izquierdas, activistas de LGBT, neocomunistas, ecologistas, artistas y músicos progresistas, todos ellos al lado de banderas de organizaciones yihadistas como Hamas, y comprando los discursos que el islamismo ha viralizado contra Israel. La famosa consigna “desde el río hasta el mar” que forma parte de los estatutos de Hamas, y que explicita la voluntad de destruir completamente a Israel, ha sido aclamada públicamente por el gobierno español a través de su misma vicepresidenta, Yolanda Díaz, o de la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego. O, por rematar, las felicitaciones entusiastas del régimen iraní a Pedro Sánchez, por sus posiciones furibundamente antiamericanas y antiisraelíes.
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Sin embargo, de todos los ejemplos posibles, el más paradigmático es el de Zohran Mamdani, el musulmán chií que juró su cargo sobre el Corán y que representa como nadie la confluencia de intereses entre el islamismo político y el socialismo radical. Una confluencia que ahora siguen otros candidatos demócratas. En ambos casos (socialismo e islamismo), el objetivo es poner en jaque a la democracia liberal, cuyo modelo social combaten, y cuyos valores judeocristianos aborrecen. Se trata, pues, de una alianza táctica que instrumentaliza el descontento de las periferias, usa la narrativa de la victimización (muy arraigada en barrios de mayoría musulmana), y busca la desestabilización del sistema a través del caos social. Todo ello ha conseguido mutar la radicalización juvenil, que ha incorporado, con naturalidad, la convergencia entre la izquierda y el islamismo. De ahí que podamos observar la imagen delirante de activistas gays manifestándose con banderas de Hamás. Con un añadido que no es menor: la financiación que, vía Irán, Qatar y múltiples organismos vinculados al islamismo radical, llega a los movimientos de izquierdas. ¿O alguien consideró (más allá de Greta Thunberg, que es un caso perdido) que las protestas en los campus universitarios, o las flotillas a Gaza nacían por generación espontánea?

Es tanta la evidencia, y son tan claras las justificaciones de los líderes de izquierdas, que sería una imperdonable ingenuidad no considerar este pacto táctico entre el islamismo radical y la extrema izquierda, como el reto más serio que debe acometer la democracia liberal. Dos grandes movimientos ideológicos han confluido y trabajan por un mismo objetivo: quebrar el sistema de libertades que cuajó en el siglo XX, y cuya solidez está en riesgo. Del ateísmo anarquizante a la teocracia islamista: la democracia como enemigo común.
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Instagram: Pilar Rahola
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