Los desafíos para el sistema político de los Estados Unidos

Tanto el Partido Republicano como el Demócrata deben pensar sus próximos movimientos teniendo en cuenta la realidad que vive el país en términos políticos

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La candidata por el Partido Republicano Liz Cheney durante un acto por la primaria en Wyoming. Allí perdió la posibilidad de postularse para el Capitolio por enfrentarse al candidato de Donald Trump (Reuters)
La candidata por el Partido Republicano Liz Cheney durante un acto por la primaria en Wyoming. Allí perdió la posibilidad de postularse para el Capitolio por enfrentarse al candidato de Donald Trump (Reuters)

El líder del mundo libre, los Estados Unidos de América, no se enfrenta realmente a una crisis económica como han argumentado algunos analistas y opositores políticos a la Administración Biden. La inflación del nueve por ciento es preocupante pero no terrible hasta el punto de que no se pueda revertir. La experiencia ha demostrado que la economía de los EE. UU. es resistente y que cualquier crisis que enfrente ahora es probable que se recupere.

El principal problema que enfrenta Estados Unidos es político e institucional. Su democracia corre el peligro de derrumbarse.

Esto sucede debido a la actitud de no pocos políticos, gran parte de la ciudadanía y hasta de algunos sectores claves de la prensa.

Primeramente, hemos visto que en las elecciones primarias en el partido Republicano previo a las elecciones de 2020 fueron suprimidas de facto. Comités partidarios locales no permitieron competencia a Donald Trump.

Acto seguido pese a que hay indicios muy serios que despiertan la sospecha de que Trump podría haber infringido la ley en varias instancias, muchos políticos de su partido lo han respaldado atacando las instituciones judiciales y del estado en general.

¿Porque está sucediendo esto? Porque Trump es popular. Ir en contra de Trump arriesga las posibilidades de estos políticos de ser elegidos o reelegidos.

Precisamente este ha sido el temor expresado por pensadores como James Madison, Tocqueville y de John Stuart Mill: la tiranía de las mayorías.

La voluntad de la mayoría en este caso dicta el comportamiento de los políticos. Para asegurar el apoyo de esas mayorías, un número significativo de políticos republicanos está dispuesto a sacrificar la estructura institucional de la democracia estadounidense. Como ha señalado el estudioso Jan-Werner Müller, no es sólo la efervescencia popular la que respalda a los demagogos. Para que los populistas tengan éxito, necesitan el respaldo de algunos políticos más tradicionales. Esto es lo que ha sucedido en los Estados Unidos. Lideres del conservadorismo convencional como los Senadores Lindsey Graham, Marco Rubio, Mitch Mc Connell y Charles Grassley así como también el líder de la minoría republicana en la cámara baja Kevin Mc Carthy, el ex líder de la cámara baja Newt Gingrich y el ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliani han brindado apoyo directo o indirecto a la política populista no democrática.

No estamos sugiriendo que estos republicanos deberían haberse apurado en acusar a Trump y expulsarlo del partido. Se supone que todos, incluido el Sr. Trump, se presumen inocentes hasta que el sistema judicial los pruebe culpables. Sin embargo, el hecho de que estos políticos a menudo lleguen a la conclusión de que Trump es víctima de una persecución política, o que el FBI debería ser desfinanciado por allanar la casa de Trump en busca de documentos clasificados representa un ataque a un sistema que históricamente ha garantizado la responsabilidad pública.

No hay mejor ejemplo que la derrota de la congresista Liz Cheney en las recientes primarias republicanas del Congreso. Cheney copreside el comité que investiga los hechos que llevaron al asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021.

El hecho de que ella apoyara firmemente una investigación llevó a más de 100 miembros republicanos del Congreso a respaldar a la oponente pro-Trump de Cheney, Harriet Hageman. Cheney, quien tiene sólidas credenciales conservadoras y ganó hace dos años con el 73% de los votos en el estado de Wyoming, recibió el apoyo de algunos moderados destacados como el senador Mitt Romney y el expresidente George W. Bush. La derrota de Cheney no fue un caso aislado. De los 10 republicanos que votaron para acusar a Trump, solo dos han ganado la reelección en las primarias republicanas.

La pregunta es nuevamente, si el asalto al Capitolio no es una buena razón suficiente para investigar, ¿cuáles deberían ser los criterios para una investigación? Hay indicios de que el propio Trump o su campaña podrían haber mentido cuando declararon fraude electoral o haber cometido un crimen cuando pidieron agregar votos en favor de Trump en los conteos. ¿Acaso no debería investigarse? ¿Acaso no es EE. UU. una nación de leyes? ¿O la popularidad exime de escrutinio público?

La respuesta a esta última pregunta parecería ser afirmativa ojos de los seguidores de Trump.

Pero luego están los demócratas dispuestos a apoyar a los que niegan las elecciones y los republicanos que tienen teorías de conspiración. Estos demócratas esperan que un candidato más extremista sea más fácil de derrotar en una elección general. Estos están dispuestos a jugar con fuego y eliminar el último bastión de defensa de los republicanos moderados. Lo que es peor es que una victoria demócrata no está necesariamente garantizada. Tal grado de cinismo es también un ataque a la democracia. Un buen demócrata debe apoyar a un republicano moderado constitucionalista, particularmente en tiempos en los que no es solo la política lo que está en juego sino el mismo sistema democrático. Estos republicanos han defendido al sistema sacrificando su propio futuro político.

Esta bicentenaria democracia estadounidense se encuentra en una crisis comparable a las que enfrentan las democracias jóvenes. El expresidente checo, el difunto Vaclav Havel, describió el comportamiento de sus colegas políticos en 1992, apenas tres años después de la transición a la democracia. Havel ha señalado que la actividad política se ha caracterizado por “un anhelo extravagante de poder y la voluntad de ganarse el favor de un electorado confuso ofreciendo una colorida gama de propuestas atractivas sin sentido alguno. Las acusaciones mutuas, las denuncias y las calumnias entre los opositores políticos no conocen límites... Las consideraciones partidistas aún prevalecen visiblemente sobre los intentos pragmáticos de llegar a soluciones razonables y útiles a los problemas... Apoyar al gobierno en una buena causa es prácticamente vergonzoso. Cortar a los políticos que declaran su apoyo a otro grupo político es una cuestión de rutina”. Se recurre a cualquier recurso con tal de mantenerse en el poder. El futuro y el carácter democrático de la nación importa menos.

En América Latina este tipo de democracia caótica y deterioro populista es bien conocida.

Se supone que el sistema democrático debe incluir personas con ideas diferentes, liberales, conservadoras, socialistas, libertarias, etc. Por lo tanto, en nuestro caso es importante tener partidos demócratas y republicanos fuertes e independientes. Además, los sistemas parlamentarios y presidenciales (no en América Latina) han servido como centros de razón donde estas ideas se ponen sobre la mesa y pueden persuadir o lograr un compromiso.

Ninguna institución puede sobrevivir sin un comportamiento que la sustente. En los Estados Unidos, se está marchando en la dirección equivocada.