
El triunfo presidencial en abril fue rotundo. La elección parlamentaria del 21 de julio, tras el cierre anticipado de la Rada de Poroschenko, fue más importante aún considerando que en dos meses y medio, Zelensky logró lo que ni Macron en Francia consiguió: construir un partido propio y ganar la legislativa con un buen margen, lo cual le permite abrigar esperanzas de una gobernabilidad exitosa.
Todo es viento a favor para el actor cómico devenido en Presidente. Lo apoya Merkel y la UE, pero también Trump y hasta Putin no deja de ilusionarse que las heridas post Crimea cicatricen y las viejas buenas relaciones entre Ucrania y Rusia retornen, no obstante la permanencia de las tensiones en el sudeste. El líder del Kremlin ha logrado recuperar un peón en la política ucraniana tras la caída de Yanukovich en el Euromaidán.
El Partido Plataforma Opositora por la Vida, de Yuri Boycko y el oligarca Viktor Medvedchuk, ha obtenido un importante 13 % de votos y una buena representación en bancas parlamentarias, convirtiéndose en el garante de los Acuerdos de Minsk y apoyando con prudencia a Zelensky en su necesidad de rearmonizar relaciones con Moscú. Claro, ésta deberá dar alguna señal positiva o algún gesto de buena voluntad como, por ejemplo, devolver los marineros ucranianos detenidos por el incidente de Kerch en noviembre pasado.
Ya Putin ha sido elocuentemente claro respecto a que no apoyará ninguna secesión más de Ucrania, al no haber apoyado oficialmente la rebelión del sudeste. Al mismo tiempo, Kiev deberá ocuparse de los propios problemas domésticos ucranianos como la reforma fiscal y monetaria, el régimen impositivo, la baja de la inflación, el juzgamiento de los corruptos, acrecentando la transparencia en el servicio público, etc. Ya no podrá tener como excusa la injerencia de Putin o la falsa promesa del acuerdo con la UE, como hacía ilusionar Poroschenko al pueblo ucraniano.
Zelensky sabe que el camino a Bruselas está plagado de obstáculos; será muy arduo y hasta imposible si primero no acuerda de alguna forma con el sudeste alguna transición de reconversión industrial con Moscú. Ojalá los años por venir sean mejores para rusos y ucranianos y en paz, como los vi yo mismo en estas vacaciones europeas en Berlín o Varsovia, con sus respectivas diásporas de los años noventa y post 2014, respectivamente, comparten negocios, trabajos, gastronomía y hasta idiomas.
Profesor de Política Internacional de la UNVM, integrante del CARI.
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