Jaime Bayly: "Cristiano en patines"

Jugadores de Rusia celebran uno de los goles marcado a Arabia Saudita. (AP Photo/Antonio Calanni)

UNO

Yo quería que empatasen para favorecer a Uruguay y aguarle la fiesta al desalmado señor Putin. Pero Rusia hizo un partido muy completo y mereció largamente ganar. Me sorprendió el juego paupérrimo, chapucero, de los saudíes. La segunda división de Boca, o de River, o de Racing, juega mucho mejor que ellos. Esmirriados, desmañados, abrumados por las circunstancias, a los árabes les quemaba la pelota y se deshacían de ella como si fuera un alijo prohibido, de contrabando. No tuvieron que esmerarse demasiado los anfitriones para prevalecer con autoridad. Jugaron con la que probablemente será la peor selección del torneo, suerte la suya. Uno se pregunta qué hace el señor Pizzi, de anteojos y fijador, con una corbata verde ¿pro aborto legal?, dirigiendo a los saudíes. Si fracasó con Chile, que es una gran selección, ¿en qué estaban pensando los príncipes y los jeques cuando lo ficharon por una millonada? Como siempre, el azar también jugó, y esta vez favoreció a los rusos. Porque el número 8, Denis Cherysev, entró al campo debido a la lesión de un compañero e hizo probablemente el partido más importante de su vida. Metió dos goles preciosos: el primero, como todo un crack, domesticando a la pelota con un aplomo soberbio, burlando a dos defensores desparramados en el césped, y pegándole de zurda, a lo Messi; y el segundo, cacheteando la pelota con tres dedos, casi con desdén, como si fuera un entrenamiento, qué golazo. El técnico ruso acertó con los cambios. Me hizo gracia su aspecto patibulario, de boxeador retirado, como también encontré llamativa e hilarante, y hasta enternecedora, siempre que no choques contra él, claro, la apariencia del 22, Dzyuba, el gigantón, que parecía el malo inhumano que no sentía dolor alguno de la trilogía Millennium del sueco Stieg Larsson. Quiero ver a Godín y Josema Giménez peleando por todo lo alto con ese corpulento gigantón: alguien, me temo, va a quedar lisiado, o con el ojo morado. ¿Es Rusia una potencia? ¿Llegará a semifinales? ¿O parecieron mejores de lo que son porque jugaron con un adversario muy vulnerable? Rusia va a clasificar, huelga decirlo. Los dos últimos anfitriones que se alzaron con la copa mundial fueron Argentina hace cuarenta años y Francia hace veinte. No creo que a los rusos les alcance el fútbol para tamaña proeza. Pero tienen suficiente equipo para animar el torneo.

José María Giménez celebra el tanto del triunfo. (AFP PHOTO / JORGE GUERRERO /)

DOS

Me alegró muchísimo que ganara Uruguay. Lo merecía. Egipto se plantó bien, pero extrañó a Mo Salah. Cúper, su entrenador, es muy avezado, sabe defender, en Valencia será siempre un prohombre, y Egipto lo hizo con bastante solvencia. Pero los mejores atacantes de Uruguay no fueron Suárez y Cavani: terminaron siendo Giménez y Godín, quienes, en el juego aéreo, son temibles, como bien se sabe, porque cabecean con la oreja, con la nariz, con los dientes. Los muchachos del maestro Tabárez estuvieron a la altura de sus mejores tradiciones, y consiguieron una victoria muy ardua y disputada, gracias a su mítica garra, a su espíritu indomable. Porque parecía que el partido era un empate y Giménez ganó en el salto a tres egipcios y virtualmente aseguró la clasificación: Uruguay no debería de tener mayores problemas en ganarles a los saudíes y sumar seis puntos. Aun perdiendo con los rusos, pasaría a octavos. Suárez no le mordió la oreja a nadie y estuvo desusadamente extraviado en el momento supremo del gol: falló dos goles cantados y, a mis ojos, defraudó. Cavani jugó bastante mejor, cedió pases rápidos y certeros a Suárez, pegó un tiro libre en el palo, la suerte no le acompañó. No llegó a gustarme del todo el medio de Uruguay. Nández, Arrascaeta y Betancur tuvieron grandes dificultades en organizar jugadas presurosas de ataque, dejando muy desamparados a los delanteros, que no recibieron la pelota limpia y con intención de riesgo. Egipto cumplió. Si juega Salah el próximo partido, y ojalá que así sea, tendremos una idea más cabal de cuán bien puede llegar a jugar la mejor versión del equipo norafricano, y también sabremos si los rusos son tan fieros como parecieron en el debut.

Cristiano es marcado de cerca por Gerard Piqué.

TRES

Comenzaré diciendo que lo que hicieron Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, y Julen Lopetegui, entonces entrenador de España, me pareció horrible, mercenario, impresentable. Pérez no debió poner en marcha la operación de seducción y fichaje del técnico de la selección en vísperas del mundial, debió pensar en su país primero, no en su club. Lopetegui fue oportunista y desleal, no debió negociar con Pérez, debió decirle hablemos a la vuelta de Rusia, ahora mi prioridad es España y punto, no se habla más. Y si, angurrientos ambos, habían llegado a un acuerdo de palabra, o incluso ya sellado y firmado, ¿cuál era la premura por anunciarlo, poniendo en entredicho la unidad del vestuario, enemistando a Lopetegui con los jugadores del Barcelona en la selección, que no son pocos? ¿No podía el señor Pérez esperar al 16 de julio? ¿Por qué llevaba tanta prisa? Porque quería vanagloriarse de ser un negociador astuto y haber persuadido a quien le sugerían Sergio Ramos y quizás el propio Zidane. Pero los tiempos y las formas, las prepotencias y las felonías, fueron francamente deplorables. Dicho esto, dos errores no hacen un acierto, y tal vez hubiera sido mejor no despedir a Lopetegui, humillándolo, y, de nuevo, poniendo el jaque el bienestar sicológico del plantel. Lopetegui se ha puesto en una situación espantosa, de la que no puede salir ganando en ningún caso: si a España le va bien, todos pensaremos que se privó de disfrutar de esa gloria por elegir un dinerillo más de Pérez, porque su sueldo como técnico de España tampoco era una minucia; y si le va mal, no pocos españoles, incluyendo a muchos forofos del Madrid, le culparán de la debacle. Pifias entonces para Florentino Pérez, por poner su ego desmesurado por delante de todos; para Lopetegui, por pensar en la billetera antes que en la gloria; y para Rubiales, por dejar que el despecho y el orgullo le traicionasen, desoyendo el consejo de los jugadores sabios, como Iniesta, que le sugerían no echar al seleccionador a pocos días del debut. En medio de tan insólitas y aciagas circunstancias, España hizo un buen partido ante Portugal, demostró carácter y estuvo a punto de ganarlo. Pero tropezó con la grandeza ya legendaria de Cristiano Ronaldo, que hizo un partido memorable. No fue Portugal quien empató, fue Cristiano casi en solitario: qué pedazo de jugador, qué ambición depredadora la suya, qué confianza se tiene, qué rapidez mental para entregar la pelota de primera y salir de contra como un misil teledirigido, qué picardía para inventarse un penal que no lo pareció. Fue, a no dudarlo, el mejor del partido, y bien puede que sea el mejor del torneo y hasta el goleador. No es nada fácil convertir tres goles en un partido del mundial. El primero, a ser francos, no pareció penal, pero Cristiano tuvo el mérito de fabricar la jugada y enredarse con Nacho, y eso, la inventiva descarada al filo del reglamento, también es un talento nada despreciable en el fútbol. En el segundo le ayudó De Gea, con pinta de Quijote distraído y melancólico, pero igual el zurdazo llevaba veneno. Y el tercero, a poco del final, fue un tiro libre perfecto, insidioso, pletórico de maestría, raspándole la oreja a Busquets y clavándola allí donde las arañas tejen, salivándolas, sus telas entreveradas y pegajosas. España me gustó, no decepcionó. Costa superó mis expectativas: en el primer gol le pegó a Pepe un manotazo, pero si ya el penal concedido a Cristiano era cuando menos debatible, pareció justo que el árbitro italiano no anulase el gol de Costa. El segundo fue una jugada colectiva muy bien ejecutada, estupendo Busquets buscando de cabeza el segundo palo. Y el tercero, qué golazo de Nacho. Pero, una vez que pasó a comandar el partido, España confió demasiado en sus aptitudes para esconder la pelota, para amansarla y retenerla, para anestesiar el partido y aturdir al rival, y no quiso o no pudo liquidarlo. No contaba con Cristiano. Hechas las sumas y las restas, me parece que España fue mejor y bien pudo ganar. Sin embargo, Cristiano hizo un partido tan hermoso que no merecía perderlo: Piqué le hizo una falta que bien pudo ahorrarse (cuando suben Piqué y Ramos a buscar un córner, España queda muy desprotegida, y Portugal hizo daño de contra, lástima que Guedes, el 17, pareció un amateur cuando Cristiano lo dejó solo para definir), y el aire se preñó de una sensación inquietante de gol, y fue entonces cuando Cristiano le apuntó a la esquina, pellizcó la pelota con un efecto vicioso, De Gea miró pasmado y creo que algo apocado por el fallo del segundo gol portugués, que minó su confianza, y, en cierto modo, se hizo justicia con el empate en los estertores del juego. En España me gustó mucho Isco, que con el correr de los minutos se afianzó y demostró su grandeza. En Portugal descolló Cristiano y los demás acompañaron muy por debajo: todos corren, sudorosos, y Cristiano es como si patinara grácilmente.

El Kun Agüero respondió con un gol a pesar del pobre desempeño de su equipo.

CUATRO

Quedé preocupado por el empate de Argentina, no tanto por el resultado, sino porque jugó consistentemente mal. Tuvo la pelota, pero los ataques estuvieron lastrados por la confusión y la irrelevancia, generando escaso peligro. Islandia supo defender, acosar sistemáticamente a Messi, enredar el juego, pero todo aquello era previsible y, no obstante, los argentinos parecían pasmados, sin respuestas. Sampaoli se equivocó varias veces: con el portero Caballero, que sembró dudas, siendo Armani superior; con Rojo, cuando Fazio parecía llegar en un mejor momento; con Biglia y luego Banega, que hunden el juego en un marasmo de abulia y apatía, trasladando morosamente la pelota a los lugares más previsibles, sin mortificar al rival; y con Meza, siempre listo para trasladar el riesgo a otro, eximiéndose él mismo de asumirlo. Los tres de arriba, Messi, Di María y Agüero, trataron todo cuanto pudieron de conspirar con jugadas rápidas, maliciosas, de buen pie, y sin embargo chocaron con la inexpugnable muralla de Islandia. Ahora viene Croacia y no será fácil. Sampaoli debería hacer algunos cambios. Yo pondría a Dybala en lugar de Meza; a Lo Celso en vez de Biglia; a Pavón reemplazando a Di María; y a Armani en la portería. El penal fallado de Messi no pone en entredicho que es, con diferencia, el mejor del mundo. Sin embargo, quizás revela que una extraña niebla melancólica se apodera de él cuando tiene que echarse el equipo a la espalda y ganar en solitario el partido, es decir que carece de la locura mesiánica, caudillista, de Maradona. Si Argentina no le gana a Croacia, estará en apuros. Sera menester ganar sí o sí. Y para ello Sampaoli debería hacer algunos cambios. Por lo pronto, no tiene sentido lanzar al campo a un equipo tan defensivo, con doble 5, como el que jugó contra Islandia. Hay que atacar con más hombres. Apuesto por Dybala, Lo Celso y Pavón. A no perder la fe: ninguno de los tres últimos campeones del mundo comenzó ganando su primer partido en la copa: Italia empató con Estados Unidos y al final fue campeón en 2006; España perdió en su debut con Suiza en 2010, ya casi nadie lo recuerda, y eso no le impidió ser campeona; y Alemania empató con Ghana en su primer partido del mundial de 2014, pequeño traspié que no les privó de alzarse con la copa.

La decepción de Paolo Guerrero tras la derrota de su equipo. (REUTERS/Marcos Brindicci)

CINCO

Perú jugó un gran partido. Salvó en contados momentos, fue superior a Dinamarca, impuso la belleza de su fútbol pícaro y atrevido, donoso y embustero, gracias al cual provocó varias ocasiones de gol, que, por desdicha, la suerte estaba de espaldas, no pudo validar: un zurdazo cruzado de Carrillo, el mejor del campo, habilísimo, veloz y resuelto para asaltar la cueva del tesoro danés, que atajó el excelente portero; el penal fallado de Cueva, qué drama, me temo que, al ejecutarlo, sintió que cargaba con el Perú entero a sus espaldas y se le amotinaron las piernas, cómo no entenderlo, si hasta Messi, con toda su sabiduría, falló un penal en el mundial; el cabezazo de Rodríguez que Farfán no pudo empujar adentro, cuando era cosa de soplarla; el tiro dubitativo y manso de Flores, mano a mano con el portero; el taco genial de Guerrero, de espaldas al arco, que mereció ser gol y pasó raspando el palo, vencido ya el arquero; y, la más clara de todas, el disparo de Farfán al centro mismo del arco, a pase de Carrillo, tras un desborde fulminante por derecha, que rebotó en los pies del arquero, cuando merecía ser gol. Dinamarca prevaleció porque los dioses de la fortuna jugaron para ella, porque su arquero estuvo supremamente confiado y respondón, y porque Perú no estuvo fino para convertir. ¿Debió jugar Guerrero desde el principio? Es la gran pregunta. Diría que sí, pero cualquiera es buen entrenador después del partido: Guerrero tiene un aplomo insolente del que, sin menoscabar a nadie, creo que carecen los demás. Si Cueva metía el penal y Perú se iba al descanso un gol arriba, era otro partido. ¿Puede Perú dar pelea ante Francia? Creo que sí. Pero Guerrero debería arrancar, ahora sí, como titular. Australia casi le empató a Francia, ¿por qué los peruanos, tan virtuosos en el juego, no podrían aguarles la fiesta a los franceses, y arrebatarles por lo menos un empate?

Si quiere leer otras columnas de Jaime Bayly: http://www.elfrancotirador.com/

Últimas noticias

Mas Noticias