Con las manos vacías. Así se fue el ministro del régimen de los ayatolás, Abbas Araqchi, de la reunión que mantuvo con Vladimir Putin este lunes en el Kremlin. La alianza entre Moscú y Teherán, durante años considerada un desafío para los intereses occidentales en Europa y Oriente Medio, atraviesa un momento de tensión y desconfianza, según un análisis publicado por The Wall Street Journal.
Durante casi una década, ambos regímenes colaboraron en Siria para mantener al dictador Bashar al-Assad en el poder -y masacrar al pueblo sirio-, y tras el inicio de la invasión rusa a Ucrania, Irán reforzó el esfuerzo bélico ruso con municiones, proyectiles de artillería y miles de drones. Sin embargo, la reciprocidad parece haberse agotado en el momento en que Teherán enfrenta su mayor desafío existencial en décadas.
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El acuerdo estratégico alcanzado entre Moscú y Teherán no incluyó un pacto de defensa mutua, aunque sí fortaleció el intercambio de inteligencia y prohibió que ambos países ayudaran a los enemigos del otro en conflictos armados.
A pesar de estos compromisos, analistas citados por el diario norteamericano sostienen que la ayuda militar rusa a Irán es improbable, incluso ante advertencias internacionales -como la del presidente Donald Trump, por ejemplo- que abogan por un cambio de régimen en la república islámica.
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Nikolay Kozhanov, profesor de la Universidad de Qatar y experto en relaciones ruso-iraníes, explicó que “Irán puede pedir a Rusia que lo respalde en represalia contra Estados Unidos, pero Moscú nunca lo aceptará”. Esta postura refleja la naturaleza transaccional de las alianzas de Putin, quien, según el análisis, busca evitar una escalada de violencia que podría resultar perjudicial tanto para Irán como -sobre todo- Rusia.
Además, el Kremlin intenta mantener una relación intermitente con Israel y preservar sus vínculos con Trump, quien se ha abstenido de imponer sanciones adicionales a Rusia pese a la negativa de entablar negociaciones de paz sustantivas con Ucrania.
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La desilusión iraní respecto a la fiabilidad rusa no es nueva. Tras el ataque liderado por el grupo terrorista Hamás el 7 de octubre de 2023, que dejó más de 1.200 israelíes muertos, el régimen teocrático anunció la concreción de un acuerdo para la adquisición de cazas Sukhoi Su-35, helicópteros de ataque Mi-28, sistemas de defensa aérea S-400 y aviones de entrenamiento Yak-130. Sin embargo, solo recibió los aviones de entrenamiento.
Según Nicole Grajewski, investigadora de la Carnegie Endowment for International Peace y autora de un libro sobre la relación entre Irán y Rusia, problemas de producción y presiones diplomáticas de otros países del Golfo llevaron a Moscú a retener tecnologías más sensibles y poderosas.
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En 2023, ataques israelíes destruyeron algunos de los mejores sistemas de defensa aérea iraníes, suministrados previamente por Rusia. En los meses siguientes, Moscú no reemplazó ese equipamiento, ya fuera por incapacidad o falta de voluntad.
El lunes, el canciller iraní Araghchi solicitó a Putin nuevos sistemas de defensa aérea y asistencia para restaurar la red de energía nuclear iraní, según una fuente informada sobre las conversaciones. No obstante, la respuesta rusa fue evasiva.
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Cuando periodistas preguntaron la semana pasada por qué Rusia no suministraba armas para ayudar a Irán a contrarrestar los ataques israelíes, Putin afirmó que el interés iraní en el material bélico ruso había disminuido y que no existían nuevas solicitudes específicas. “No hay realmente nada de qué hablar”, zanjó el mandatario.
La experiencia iraní no es un caso aislado. Armenia, país democrático que sí mantiene un tratado de defensa mutua con Rusia, tampoco recibió ayuda de Moscú cuando sus fuerzas en la región de Nagorno-Karabaj fueron atacadas por las tropas de Azerbaiyán en 2020 y 2023. Esta situación aceleró el giro de Armenia hacia una alianza más estrecha con Estados Unidos.
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De manera similar, cuando el régimen de Assad en Siria cayó el año pasado, Putin solo ofreció asilo al dictador y su familia, sin intervención militar. Su asistencia se limitó a casa y comida.
Fabrice Pothier, exasesor principal de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, resumió la situación: “Rusia no es tan buen amigo de los dictadores como pretende: Putin suele dar la espalda a sus amigos autocráticos cuando más lo necesitan”.
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En vez de brindar apoyo militar a Irán, Putin ha intentado posicionarse como posible mediador en el conflicto. Sin embargo, Trump desestimó esa posibilidad la semana pasada, sugiriendo que el líder ruso debería centrarse primero en mediar la guerra en Ucrania.
Pese a esta “traición” rusa, la situación podría dejar al régimen de Irán aún más aislado y dependiente de Rusia y China, quienes podrían aprovechar esa vulnerabilidad.
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Tino Sanandaji, investigador sueco-iraní de la Escuela de Economía de Estocolmo, señaló que “una queja común en Irán es que China y Rusia, en vez de ser verdaderos amigos, explotan el aislamiento iraní para obtener recursos naturales baratos, mientras venden a Irán material militar de segunda categoría a precios inflados, y a veces ni siquiera entregan el equipo prometido”.
Algunos expertos advierten que la credibilidad de Rusia como aliado está en entredicho. El politólogo Andrey Kortunov escribió: “El hecho es que Rusia no pudo evitar el ataque masivo de Israel contra un país con el que, hace cinco meses, había firmado un acuerdo de asociación estratégica. Moscú claramente no está dispuesto a ir más allá de las declaraciones políticas”.
Este compromiso laxo de Putin con sus aliados podría ser, además, una llamada de atención para los autócratas que lo ven como un leal socio. El dictador venezolano Nicolás Maduro debería tomar nota en América Latina.
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