
El monasterio de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en la Plaza del Carmen de Florencia fue proclamado Casa de Vida en reconocimiento de la ayuda ofrecida por las religiosas de esa comunidad a mujeres y niños durante las redadas nazis perpetradas en 1943. Entre aquellos que recibieron refugio se hallaban los hijos del Gran Rabino de Genova, Riccardo Pacifici (quien fuera asesinado en Auschwitz), Emanuele y Raffaele, que fueron trasladados posteriormente a otro convento.
El nieto del Gran Rabino, también llamado Riccardo Pacifici se desempeñó hasta recientemente como Presidente de la UCEI (Unión de Comunidades Judías de Italia), demostrando que muchas generaciones deben su existencia a Casas de Vida como la de las Hermanas Franciscanas de Florencia.
Tras la razzia que llevó a la deportación a Auschwitz de 1.022 judíos romanos, los nazis avanzaron rápidamente hacia el norte de la península italiana para efectuar nuevas incursiones en las principales ciudades.

Florencia, por su importancia y cercanía, fue el primer objetivo nazi. La comunidad judía de esta ciudad pagó un atroz precio al Holocausto, sufriendo dos redadas, el 6 y el 26 de noviembre de 1943.
Al intensificarse las persecuciones, dado que los alemanes habían exigido la lista de todos los judíos de Florencia, el Comité de Asistencia Judío, creado por el joven rabino jefe de esa ciudad, Nathan Cassuto, decidió pedir ayuda a la arquidiócesis de Florencia. Los primeros contactos fueron facilitados por Giorgio La Pira, quien tras la guerra sería alcalde de esta ciudad. Hoy se encuentra en proceso de causa de canonización por la Iglesia Católica.
El arzobispo de Florencia, el cardenal Elia Dalla Costa, encargó inmediatamente al párroco de Varlungo, el sacerdote Leto Casini y al sacerdote dominico, Cipriano Ricotti, que ayudaran al Comité de Asistencia Judío para poder salvar a judíos en varios monasterios y en institutos religiosos de la diócesis.
Siguiendo las indicaciones del cardenal, más de 21 conventos e institutos religiosos (sin contar las parroquias) abrieron sus puertas ofreciendo refugio a más de 110 judíos italianos y 220 extranjeros.

Las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en su convento de la Plaza del Carmen, respondieron al llamamiento. Ochenta madres con sus niños muy pequeños fueron acogidas. Se escondieron en las celdas del convento. En silencio. En el recíproco respeto de las costumbres religiosas convivieron y compartieron esos espacios de vida.
Todo esto fue posible gracias al valor de la madre superiora, sor Ester Busnelli, reconocida Justa entre las Naciones por Yad Vashem en 1995.
Las Hermanas de la Plaza del Carmen arriesgaban la vida en todo momento. Sabían muy bien que los alemanes castigaban despiadadamente a quien ayudaba a los judíos para impedir que fueran apresados. Las refugiadas y las religiosas vivieron dos meses sin hacer ruido. A veces se escondían en las cantinas. Convivían con el miedo constante de la irrupción de las fuerzas italianas o alemanas o a ser delatadas por un espía. La furia nazi avanzaba cada vez con más fuerza.
Luego llegó la noche de la razzia. Era el 27 de noviembre, alrededor de las 3 de la mañana. Una patrulla de unos treinta SS, ayudados por milicianos fascistas, entraron por la fuerza en el convento. Revisaron habitación por habitación, gritando en alemán: "¡Levántense!". Lograron apresar a muchas de las mujeres con sus hijas o bebés y llevarlas al gran salón del teatro.
Dos mujeres se salvaron pues se escondieron de bajo de la cama de una religiosa enferma. Cuando los soldados entraron en su habitación, la monja gritó: "¡Contagiosa! ¡Contagiosa!". Los SS no se atrevieron a entrar por miedo a quedar contagiados.
Una muchacha judía, Lea Lowenwirth-Reuveni, se ofreció como traductora en alemán y francés, y logró liberar a muchas mujeres, haciendo creer a los nazis que eran mujeres húngaras, que no tenían documentos. En total, se salvaron unas treinta mujeres y niñas.

En medio del caos, una mujer que había sido capturada con su bebé en brazos, Isaac, lo dejó caer con cuidado a los pies de una religiosa. La monja le cubrió con las faldas de su hábito, salvándole la vida. Hoy ese bebé es un padre de familia que vive en Israel y que en una ocasión ha venido con sus hijos a Florencia para dar gracias a las religiosas.
Las mujeres deportadas primero fueron encerradas en las cárceles de Florencia y después conducidas a Verona. Por último, fueron deportadas al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, de donde nunca más salieron.
En aquel lugar de exterminio, Wanda se encontró con su marido, el rabino Riccardo. Allí ambos perdieron la vida. Su nieto, el hijo del niño salvado por las religiosas en Florencia, se llama Riccardo, y hoy es el presidente de la Comunidad Judía de Roma.
En la ceremonia de entrega de la placa que conmemora la obra de las Hermanas Franciscanas de Florencia, el 19 de noviembre, participaron la religiosa que sucedió como superiora a la madre Ester, sor Vera Pandolfi, el rabino jefe de Florencia, Joseph Levi, y la presidente de la Comunidad Judía de Florencia, Sara Cividalli, cuyos seres queridos fueron escondidos a pocos metros de ese monasterio.
En nombre de la Fundación Wallenberg, Silvia Costantini, Directora de Comunicaciones y de Relaciones institucionales de Aleteia, ofició de maestra de ceremonias y descubrió la placa
El Board de la Fundación Wallenberg ha resuelto reconocer públicamente la colaboración de Costantini en el programa Casas de Vida.
Baruj Tenembaum, fundador de la ONG destacó la contribución de Costantini elogiando su "inmemnsa devoción para con este proyecto del reconocimiento del bien". "Silvia se identifica plenamente con el programa Casas de Vida y su aporte y su aliento nos facilitan seguir de lleno con esta iniciativa", concluyó.
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