Foto: Especial
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Este 20 de febrero se cumplen 77 años del nacimiento del volcán Paricutín, del purépecha Parhíkutini, que significa “lugar al otro lado”. Su nacimiento significó la destrucción de dos pueblos, que literalmente fueron borrados de la faz de la tierra para ser sustituidos por este coloso.

Fue en 1943 en un maizal de San Juan Paranguaricutiro, un pequeño poblado de Michoacán, cuando Dionisio Pulido, un campesino de la localidad, advirtió una grieta en el terreno de la que salía humo.

El 20 de febrero, este hombre se encontraba arando su terreno cuando de pronto sintió que todo se movía. Ante sus ojos se abrió la tierra y empezó a emanar un vapor espeso; el humo y las piedras que salían de lo más profundo del planeta hicieron que Dionisio saliera despavorido y diera aviso a todos en el pueblo.

Al poco tiempo, un tumulto de personas se congregó entorno de ese pedazo de tierra levantada. Testigos del acontecimiento han descrito la escena como de terror, con gigantescas rocas siendo escupidas desde las entrañas del subsuelo, exigiendo espacio para nacer.

Foto: Especial
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En las primeras 24 horas el volcán se levantó hasta 30 metros. Al tercer día era un montículo de más de 60 metros, y para el primer mes su superficie de 148 metros ya acaparaba el pueblo. Su repentina aparición cambió la vida de los habitantes de la meseta Purépecha.

La lava que expulsó recorrió cerca de 10 kilómetros y sepultó dos pueblos: Paricutín, del que no quedó vestigio al estar demasiado cerca del cráter; y San Juan, que tiempo después también fue cubierto de lava y del cual sólo se salvó la iglesia.

La erupción comenzó desde el mismo día de su nacimiento, y los derrames de lava aparecieron en las primeras horas del segundo día. Una vez que despertó, tardó 9 años, 11 días y 10 horas en cesar su actividad.

No hubo víctimas humanas pues hubo suficiente tiempo para desalojar la zona. Sin embargo, su trasladó implicó un choque emocional para estos campesinos, quienes veían en la tierra una representación de sus ancestros y su historia. Todas sus chozas fueron destruidas.

(Foto: Rafael García/SINAFO/INAH)
(Foto: Rafael García/SINAFO/INAH)

El Paricutín tuvo erupciones esporádicas por casi 10 años hasta marzo de 1952, cuando cesó su actividad de manera tan repentina como nació. Entre tantos amaneceres, su cono alcanzó los 424 metros de desnivel con relación al Valle de Quitzocho-Cuiyusuru. Sus flujos de ceniza cubrieron por años los cielos de la Meseta purhépecha y en ocasiones llegaron hasta la Ciudad de México.

La lava y los depósitos piroclásticos (ese material sólido que se genera por una erupción) cubrieron un área de 300 km cuadrados alrededor del cono, el mismo tamaño que tiene la alcadía Milpa Alta. En todo ese terreno, desapareció la vegetación, dejando un paisaje desolador para los más de 2,500 desplazados.

En menos de 10 días murió todo ser vivo a la redonda, entre ellos 4,500 cabezas de ganado y 550 caballos. Y a pesar de que no se registraron muertos por la aparición del volcán, si se registraron fallecimientos producto de problemas de salud en las vías respiratorias e infartos. Algunos otros padecieron la pérdida de sus tierras y los litigios que ello ocasionó. El gobierno no ayudó, pues la poca precisión con la que limitaron los terrenos obligó a los campesinos a involucrarse en costosas y prolongadas demandas.

En conjunto fueron 5 las localidades que se vieron afectadas: Parícutin, San Juan, Zirosto, Zacán y Angahuan. Aunque sólo de las primeras dos se produjo el éxodo de toda la comunidad.

(Foto: Rafael García/SINAFO/INAH)
(Foto: Rafael García/SINAFO/INAH)

El fenómeno ocasionó cambios sociales en las localidades. San Juan Parangaricutiro era el sitio más importante de la zona hasta que le cayó lava, y Angahuan, una población sin importancia, se convirtió en un centro turístico, donde aún hoy rentan los caballos para ir al volcán.

Un volcán con trascendencia mundial

El Paricutín es el único volcán del siglo XX que cuenta con acta de nacimiento: 20 de febrero de 1943, a las 16:30 horas. Siendo la estructura geológica más joven del continente americano. Su formación es un hecho importante para la vulcanología mundial por su rareza.

Los expertos han ahondado en las cualidades del Paricutín, el cual está catalogado como monogenético, es decir, que vive en una sola etapa. Ésta puede durar semanas o años, en su caso fue casi una década

Este tipo de volcanes crean domos, conos pequeños con flujos de lava y algunas estructuras hacia adentro que se forman en el agua. Tienen conductos estrechos y cuando la actividad baja y deja de salir lava, su potencia se vuelve de un kilómetro cúbico o poco más. A partir de su aparición se empezó a ver la trascendencia de los volcanes pequeños, que son muy abundantes en el país.

Además de los científicos e investigadores que han pasado años estudiando al coloso, escritores, cineastas y hasta pintores han dedicado parte de su vida a retratarlo. Entre ellos destaca Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl, que logró documentarlo en su libro "Cómo nace y crece un volcán. El Paricutín".

(Shutterstock.com)
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El artista mexicano que fue también filósofo, escritor y revolucionario, detalló que el surgimiento de este cráter inició como un cono casi perfecto y a los 6 días alcanzó más de 150 metros de altura por 600 metros de base.

"Es el aparato volcánico más completo que el hombre ha podido contemplar y estudiar desde su nacimiento", documentó alguna vez quien se autoproclamó como "médico partero y biógrafo del Paricutín".

Además de él, hubo un fotoperiodista que captó la erupción y los estragos causados en 1943. Su nombre es Rafael García Jiménez y su trabajo fue exhibido por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en 2014.

La exposición "El nacimiento de un volcán" estuvo integrada por 22 fotografías. Retratos de la erupción, de las vistas nocturnas, de las diurnas del cráter y hasta de la reubicación del cráter, fueron algunas de las cosas que el fotoperiodista captó.

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